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la Alegría de Vivir

la Alegría de Vivir

El impacto de la primavera no se hace esperar: así como los árboles, el corazón también quiere soltar sus corazas, despabilarse el sueño y reverdecer. La sumatoria de sol, azul, tibieza, aroma a jazmines y a paraíso tarde o temprano convoca a una emoción que pocos consideran necesario cultivar, y de la que algunos desconfían o hasta reniegan: la alegría.

Los que crecimos en tiempos de Mafalda, psicoanálisis, películas de Woody Allen y un globo terráqueo siempre al borde de estallar, tendemos a pensar que vivir con la alegría como norte es cosa de niños o de locos. O, al menos, una ilusión de frívolos e insensatos. Sobre todo, si aceptamos la noción de que, al decir del neurótico neoyorquino: “La vida está llena de desdicha, soledad y sufrimiento – y termina demasiado rápido”.

Pero hasta en las mismísimas huestes del existencialismo, Albert Camus admitió (en su libro más autobiográfico, El verano) que en el corazón del invierno supo hallar, en su interior, “un verano invencible”. Dijo más: que para hacer frente a la injusticia era necesario “guardar intactas dentro de uno mismo una frescura, una fuente de alegría; amar el día que escapa a la injusticia y volver al combate con esa luz conquistada”.

¿Por qué resulta imperiosa esta emoción? Los seres humanos albergamos un rico abanico de vivencias y cada cual cumple (al menos) un propósito: el enojo resguarda nuestras fronteras, la tristeza nos recuerda el dolor de las pérdidas y nos ayuda a llorarlas, el miedo nos alerta de potenciales peligros, la indignación nos da coraje para batallar contra los males del mundo, el asombro nos mantiene la mirada fresca. ¿Y la alegría? La alegría tiene una sola función: ¡darle sentido a todo lo anterior!

Cada cual siente la alegría a su manera propia: para los temperamentos tranquilos se parece a un sutil contento; para los más fogosos, roza con el éxtasis. Pero todos compartimos algunas señales inequívocas: la boca se distiende en una sonrisa, las arrugas de la frente se aplanan, el pecho se expande, los hombros se enderezan, el paso se aliviana. Mientras dura la emoción, o el sentimiento (el resabio de la emoción, atravesado por el procesamiento cognitivo), experimentamos una gozosa conexión con el todo que es -como con otras emociones esenciales- indistinguible de la espiritualidad.

No estamos hablando aquí del principio de placer de Freud (aunque algunos placeres ciertamente abonan la alegría), ni tampoco de la felicidad pasajera asociada a un suceso positivo, sino de la alegría que surge de las entrañas y nos conecta con la más primaria de las experiencias: estar vivos en este planeta asombroso que gira en el infinito, junto con otros seres con quienes compartir la aventura.

¿Cómo sabemos que existe esta sencilla “alegría de vivir”? 

Observemos a un bebé que ha dormido, ha comido y ha recibido cuidados amorosos. Su estado será de un dulce sosiego (o curiosidad, o asombro), puntuado con gorjeos de júbilo ante la menor caricia. ¿Y un adulto? Un estudio de la felicidad citado en el libro Awakening joy, de James Baraz, revela que el cerebro de una persona libre de estrés físico o emocional (en estudios de resonancia magnética) se distingue por “el contento, la calma, la creatividad, la consciencia y el cuidado (amor por otros)”.

He aquí la pregunta del millón: si el contento es nuestro estado natural, ¿cómo es que sentimos esta emoción en frecuencia tanto menor que otras más aflictivas? La explicación es sencilla: a nuestros antepasados de las cavernas les resultó más útil desarrollar un cerebro atento al mamut que podía salir de la espesura que a la belleza de las flores o al brillo del sol por la mañana. Por lo tanto, nuestro cerebro es hoy, al decir del psicólogo Rick Hanson, “como teflón para las emociones positivas y velcro para las emociones negativas”.

Podemos revertir este giro evolutivo.Los budistas hablan de “inclinar la mente hacia el bien”, para aludir a las prácticas que nos ayudan a contrarrestar la tendencia negativa de la mente, y a tomar conciencia de las muchas bondades que nos rodean.

Un artículo de Fabiana Fondevila, para el diario La Nación. Ver artículo completo en medio original.

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