Fabián Sorrentino – jueves, 19 de mayo de 2011, 20:32

Fuente: José María Ferrater
Es, de un modo general, el aspecto que ofrece una cosa, a diferencia y aun en oposición a su ser verdadero. Pero el aspecto de la cosa puede ser también su verdad y la evidencia de ella. Entonces lo aparente tiene, como en el vocablo inglés apparent, los dos sentidos de aparente y evidente. Mejor aun: justamente porque hay apariencia hay en tal caso evidencia. Lo aparente revela así la verdad de la cosa, porque se supone que tras esta apariencia no hay un ser verdadero que se sirve de ella para ocultarse. En la mayoría de los casos, sin embargo, el vocablo ‘apariencia’ alude al aspecto ocultador del ser verdadero; la apariencia tiene entonces un sentido análogo al de fenómeno y puede ofrecer, como éste, tres aspectos diferentes: el de verdad de la cosa, en cuanto que ésta se identifica con el aspecto que ofrece; el de ocultación de esta verdad y el de camino para llegar a ella. En el primer caso se dice que la cosa no es sino el conjunto de sus apariencias o aspectos; en el segundo, que es algo situado más allá de la apariencia, la cual debe ser atravesada con el fin de alcanzar la esencia del ser; en el tercero, que sólo mediante la comprensión del aspecto o aspectos que ofrece una cosa podremos saber lo que verdaderamente es. De ahí que no siempre sea posible confundir la apariencia con una falsa realidad; su significación más generalmente aceptada es la de realidad aparente, es decir, empleando una expresión paradójica, la de apariencia verdadera, aspecto que encubre y a la vez permite descubrir la verdad de un ser. En rigor, los distintos grados y significaciones de la apariencia pueden entenderse según el plano buscado: en el plano vulgar, la apariencia —siempre que sea, según se ha apuntado, verdadera— es suficiente; en el plano de la reflexión y del saber, la apariencia es más bien lo que indica la dirección en que se encuentra el ser verdadero y último de la cosa, pues, como dice Husserl, “para una fenomenología de la Verdadera realidad’ es completamente indispensable la fenomenología de la ‘fútil apariencia'”; en el plano metafísico, la apariencia es el camino que puede conducir al sentido del ser examinado, es decir, al descubrimiento del puesto esencial de este ser dentro de la totalidad.

Kant discutió con frecuencia la noción de apariencia (Erscheinung) en la Crítica de la razón pura. “Apariencia —escribió— es el nombre que recibe el objeto no determinado de una intuición empírica.” Puede distinguirse entre la materia y la forma de la apariencia; la primera es lo que en la apariencia corresponde a la sensación; la forma es lo que determina la diversidad de las apariencias a disponerse en un orden según ciertas relaciones. Las apariencias se contraponen a las cosas en sí. Es cierto que “las apariencias no son solamente representaciones de cosas cuyo ser en sí es desconocido” —lo que parece indicar por un momento (aunque ésta es la doctrina de Leibniz, que Kant rechaza) que las apariencias lo son de realidades trascendentes. Pero las apariencias son, en verdad, únicamente aquello a que se aplican las formas a priori de la sensibilidad primero y luego, mediante nueva síntesis, los conceptos del entendimiento. Las apariencias no son distintas de sus aprehensiones (de su recepción en la síntesis de la imaginación), pues “si las apariencias fuesen cosas en sí, y puesto que podemos referirnos únicamente a nuestras representaciones, nunca podríamos dejar establecido, a base de la sucesión de las representaciones, de qué modo puede conectarse en el objeto su diversidad” (A 190, Β 235). Los conceptos del entendimiento son (ilegítimamente) empleados de modo trascendental (en el sentido “clásico” de ‘trascendental’) a las cosas en general y en sí, pero son (legítimamente) aplicados de modo empírico sólo a las apariencias, o a los objetos de la experiencia posible. Cuando son pensadas como objetos de acuerdo con la unidad de las categorías, las apariencias reciben el nombre de fenómenos. Kant llamó a su doctrina según la cual las apariencias son consideradas solamente como representaciones y no como cosas en sí idealismo trascendental (en el sentido más específicamente kantiano de ‘trascendental’, a diferencia del realismo trascendental y del idealismo empírico — que interpretan las apariencias externas como cosas en sí. La apariencia debe distinguirse, según Kant, de la ilusión. Esta última surge cuando, contraviniendo a la idea kantiana de la idealidad de las intuiciones sensibles, se adscribe realidad objetiva a las formas de representación (espacio y tiempo).

Para Bradley, la apariencia “existe”, pero es contradictoria consigo misma por el hecho de no ser absolutamente subsistente. Sólo lo absolutamente independiente puede eludir las contradicciones de la apariencia, pero ello no significa que la apariencia no sea. En cierto modo, de ella se puede decir que es. Mas este “ser” de la apariencia tiene distinto sentido que el ser de la realidad. En efecto, mientras la realidad es un ser en el cual “no hay ninguna división entre el contenido y la existencia, ningún aflojamiento (loosening) o distensión entre el qué y el que?’ (Appearance and Reality, — Apariencia y realidad, trad. esp., 3 vols., 1961), la apariencia es el aflojamiento o distensión del carácter de ser, “la distinción de la unidad inmediata en dos aspectos, un que y un qué” (ibíd., págs. 187-8). La apariencia ofrece una forma de “ser” en el cual el “es” implica una distinción real entre la esencia y la existencia, pues la apariencia es lo contradictorio y representa en el juicio la máxima desviación entre el sujeto y el predicado. Sin embargo, esta desviación no anula la apariencia; la teoría de Bradley supone así una ontología de lo real en la cual la apariencia queda salvada en su “ser”.

La teoría de la apariencia como una forma de ser no es admitida por todos los filósofos. Para algunos, como Whitehead (Adventures of Ideas, 1933, pág. 309), no tiene sentido preguntar si una realidad es verdadera o falsa, auténtica o aparente, pues la realidad es lo que es, y ello de tal modo que la verdad es justamente la conformidad de la realidad con la apariencia o, en otros términos, la manera de manifestarse la realidad a sí misma. Para otros, como C. D. Broad, aun si el cambio se contradice consigo mismo (cuando menos para aquellos filósofos que creen que sólo lo inmutable es real y que identifican la realidad con la existencia), de tal modo que todos los cambios son declarados aparentes, resultará que “las mismas cosas que son condenadas como apariencias, porque cambian, deben cambiar verdaderamente si se pretende que el argumento contra su realidad sea válido” (Perception, Physics, and Reality, 1914, cap. II, págs. 73-4). Así, la apariencia del cambio implica la realidad del cambio, aun cuando es obvio que en este contexto ‘apariencia’ designa algo distinto de lo que significa cuando se contrapone a “realidad verdadera”. En este último caso, el propio movimiento es declarado irreal; en el primero, en cambio, se identifica la realidad con el cambio. Broad intenta solucionar estas dificultades declarando que tanto las realidades intemporales (ejemplo: las proposiciones de la geometría) como las temporales (ejemplo: las “apariencias verdaderamente cambiantes”) existen. El conflicto entre el ser y el aparecer es negado asimismo por los fenomenólogos, para quienes el ser se da en las “presentaciones” o Abschattungen de las “apariencias”, de modo que, como señala Jean-Paul Sartre al adoptar este supuesto, el fenómeno es un “relativo-absoluto” (L’Être et le Néant, 5a ed. 1943, pág. 12 ), que puede ser estudiado como tal en tanto que “absolutamente indicativo de sí mismo”. Otros, como Dewey (Expérience and Nature, 1925, pág. 137), declaran explícitamente que la apariencia no es un modo de ser o un modo de existencia, sino un “estado funcional”. La diferencia admitida en tal caso no se refiere a la apariencia y a la realidad, sino al aparecer y al no aparecer; la distinción es, en suma, de carácter “físico” o “empírico”, de suerte que “vincular entre sí las cosas que son inmediata y aparencialmente, por medio de lo que no es inmediatamente aparente, creando así nuevas sucesiones históricas con nuevas iniciaciones y terminaciones, es algo que depende, a su vez, del sistema de sistemas matemático-mecánicos que forman los objetos propios de la ciencia como tal”.

Una doctrina filosófica donde la noción de apariencia —en cuanto apariencia del ser, es decir, en cuanto aparición— ha sido desarrollada por Mariano Ibérico (VÉASE). Nos hemos referido a ella más extensamente en el artículo sobre este filósofo. Apuntemos aquí sólo que en la citada doctrina de la aparición, ésta es la forma como el ser se manifiesta o refleja en el yo o la conciencia. El ser deja entonces de permanecer en sí mismo, pero a la vez la aparición no es una “mera apariencia”, sino que también se puede decir que es.

Además de las obras mencionadas en el texto: Ilse Tönnies, Kants Dialektik des Scheins, 1933. — Karl Lugmayer, Sein und Erscheinung, 1947. — M. Vincent, De l’apparence vers l’absolu. Essai sur la connaisance, 1955.