¿Cuántas veces somos conscientes de la importancia de las emociones en nuestras vidas? ¿O acaso tendemos a clasificarlas en positivas y negativas sin darnos cuenta de que las consideradas “negativas” han salvado la vida de nuestros ancestros…

En este artículo nos enfocaremos en revisar el sentido biológico de las mismas a partir de conceptos de Ekman, Levenson y el enfoque de la Bioneuroemoción.

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Cuerpo y Alma
Una forma de interpretar las emociones es creer que cuando sentimos miedo nos pasan todas estas cosas que comentamos: vaso-constricción cutánea (frialdad de manos y pies), piloerección, aumento del peristaltismo (ruidos abdominales, cólicos), etcétera. Esto implica que tomamos el miedo como un fenómeno mental o espiritual, un estado del alma, y el resto son expresiones típicas del miedo, manifestaciones somáticas.

“Cuando tengo miedo, cuando siento miedo, se me enfrían las manos”: en estas expresiones se oculta una interpretación dualista del reino de lo humano, donde hay un espíritu que, involuntariamente, se expresa por mecanismos –arcaicos– en el cuerpo.

Pero también podríamos expresarlo desde otra concepción: el miedo es la vasoconstricción, el frío en las manos, etcétera. Si tratamos de imaginar el miedo propio sin frío en las manos, sin el malestar abdominal, sin la multiplicidad de señales físicas, el miedo se desvanece. No hay otra forma de miedo que la del miedo corporal, como no hay otra forma de vergüenza que el estar colorado o ruborizado. Nuestros sentimientos surgen del reconocimiento de nuestras emociones, que son corporales.

La respuesta emocional surge en milésimas de segundo, y si el estímulo es breve, como el que se obtiene al mostrar fotografías, puede no ser reconocido. Este fenómeno subliminal, sin embargo, influye en conductas posteriores. El miedo es la vasoconstricción y todas las modificaciones corporales que hemos relatado, y puede ser percibido en forma conciente o transcurrir sin la menor conciencia. Esta concepción monista, que postula la unidad cuerpo-alma, es esencial para la hipótesis mé- dica que vamos a discutir luego, en referencia al infarto.

¿Qué es una Emoción?
Luego de esta prolongada introducción, estamos preparados para precisar un poco más qué es una emoción. Podemos definir, siguiendo a Ekman, que “la emoción es una modificación del estado del cuerpo, seleccionada filogenéticamente, que le ha servido al animal (en diferentes etapas evolutivas) para sobrevivir, como respuesta estereotípica a un estímulo que es ‘emocionalmente competente’.”.

Aun cuando en una sociedad aparentemente muy organizada e hiperracionalista las emociones, en particular las negativas, son vistas como una interferencia para el hacer y el pensar, ésta es una visión no sólo distorsionada de la realidad, sino, conceptualmente, profundamente errónea.

Nuestro sistema emocional evalúa en forma constante la información que nos llega a través de los sentidos para distinguir patrones que pueden activar emociones, es decir, ser reconocidos como hechos-elementos emocionalmente competentes que implican una acción eventual. Panksepp, en su libro Affective Neuroscience, reúne en cuatro categorías las estrategias biológicas de relación con el medio que configuran el mundo emocional:

⃞ Búsqueda: Referida a incentivos positivos: comida, agua, calor, sexo, contacto social. Nos acerca a todo lo agradable, alejándonos de todo sabor u olor que nos lleve a ingerir comidas tóxicas o peligrosas para nuestra salud. El Asco es un sentimiento de rechazo hacia olores u alimentos tenemos una salud favorable y nos rodeamos de un entorno agradable. Si no fuera por esta emoción podríamos intoxicarnos muy fácilmente y aceptaríamos toda situación sin tener en cuenta como podría perjudicarnos a nuestro bienestar.

Pánico: Permite reorganizar nuestra vida y superar los eventos traumáticos (pérdida social: soledad, malestar por la separación, tristeza). Tras un evento que nos haya afectado emocionalmente empezamos un proceso de cambio interior en el que nos recogemos, preferimos estar solos para re-inventarnos y luego salir más fuertes de aquella situación. La mayoría de personas que han hecho cambios importantes en sus vidas lo han hecho tras superar un evento traumático o una depresión, por lo tanto es una emoción fundamental para la transformación.

Miedo: Al dolor o daño (ansiedad, alarma). Es el responsable de hacernos huir de forma automática en una situación de peligro. Nuestros ancestros se enfrentaron constantemente a peligros de los que era complicado salir ganando. Al exteriorizar esta emoción comunicamos rápidamente a nuestros semejantes de dicho peligro y a la vez salimos sanos y salvos de una situación difícil a la que preferimos no enfrentarnos. Esto explica en muchos casos el miedo automático a acercarnos a un león, a una serpiente o en otros casos a una persona que consideremos más fuerte que nosotros.

Rabia: Odio, enojo, indignación, ante irritación de la superficie corporal, restricción o frustración. Aparece cuando nos sentimos atacados por alguien. Hacemos uso de ella para defender nuestros valores, hacernos respetar o para enfrentarnos a peligros. Si no fuera por la rabia nuestra autoestima quedaría desprotegida totalmente y nunca nos enfrentaríamos a ningún ataque externo que fuera peligroso para nuestra vida. Así pues, esta es otra emoción básica que nos permitió sobrevivir como especie y lo sigue haciendo hoy en día.

La intensa actividad que en nuestro mundo psíquico evoca cada una de estas percepciones, mediante recuerdos, asociaciones, en su inmensa mayoría inconscientes, es paralela también al funcionamiento predominantemente inconsciente del sistema emocional.

La Emoción como Anticipación
La emoción implica una anticipación, una modificación corporal global que activa mecanismos que han sido seleccionados por su utilidad evolutiva en la resolución de esa situación. Así, el enojo redistribuye sangre a los miembros superiores (pelea) y el miedo la envía a los miembros inferiores (huida) o la detección de una eventual pareja al área genital. Se trata de fenómenos reflejos en el sentido de que no requieren la participación de la conciencia y son previos a ella.

La reacción de miedo, por ejemplo, gatilla respuestas corporales al integrar la información en la amígdala cerebral aún antes de que la información haya llegado o sea procesada por la corteza cerebral.

Estímulos emocionalmente competentes
La respuesta del miedo es innata y estereotípica, pero los estímulos emocionalmente competentes, aunque en algunos casos son innatos, en su mayoría son aprendidos sobre un patrón previo. Los mamíferos tenemos miedo innato a las víboras, aunque podemos aprender a no tenerlo.

El miedo a las armas no es innato, pero lo aprendemos, de tal manera que nuestra respuesta frente a un arma puede aparecer también en milisegundos. Así como cuando nos entrenamos para manejar comenzamos a reconocer conductas de otros autos que nos asustan, vamos incorporando estímulos emocionalmente competentes. La respuesta al miedo, sin embargo, será estereotípica, biológica, estándar.

Esto no implica que no podamos reprimir la manifestación de nuestras emociones, aunque a costa de un gran esfuerzo. Con frecuencia las personas que nos rodean perciben nuestro estado emocional y pueden interpretarlo con mayor precisión que nosotros mismos (“¡Te pusiste celoso!” “¿Celoso yo?”).

La supresión o el desvío de las emociones tienen un papel crucial en el pensamiento psicoanalítico, tema que luego se desarrolla en relación con las enfermedades sobre la base de las ideas de Luis Chiozza.

Definimos antes el sentimiento como reconocimiento en la conciencia de un particular estado del cuerpo. En algunos estudios se ha observado, por ejemplo, que tendemos a utilizar palabras más cargadas de descripciones acerca de las características físicas de cada una de las emociones cuando más intensa es la modificación biológica.

No es lo mismo estar enfadado que estar caliente o recaliente, o cuando decimos me quedé helado, me puse colorado o estaba rojo de ira.

Estas manifestaciones expresan en el lenguaje cotidiano lo que al cuerpo le está ocurriendo, muchas veces, en forma muy precisa.

Emociones básicas, sociales y humanas
Algunas emociones son fáciles de investigar, las denominadas básicas o primarias: el miedo, el enojo, la tristeza, la alegría. Es sencillo inducirlas en diferentes especies animales, así como emularlas o interpretar las caras; son expresiones faciales fáciles de reconocer cuando se expresan plenamente.

Es un poco más complejo cuando queremos investigar la biología de emociones que podemos llamar sociales, las que se generan en la interacción no con el medio sino sólo entre pares, como la culpa, la vergüenza, el sometimiento, el orgullo.

En general, no se expresan tanto en una cara estereotípica, sino que suman aspectos de la posición y de la actitud del cuerpo. Una persona muestra su orgullo levantando la cabeza y mirando desde arriba, y la expresión inversa se presenta cuando se somete: agacha la cabeza y mira hacia abajo; toda la actitud de su cuerpo lo indica.

El rostro dice algo, pero más lo hace la postura del cuerpo, ya que son emociones vinculares en las que el sentido biológico es que el mensaje sea muy bien interpretado por el que lo está mirando. Las expresiones de culpa o vergüenza son sin duda útiles para evitar agredirse mutuamente, elementos básicos de supervivencia.

Por encima de estas emociones sociales, que pueden ser evocadas en experimentación animal, tenemos las que podemos llamar emociones humanas, emociones muy complejas, lo que nos acerca a aquella situación emocional que podría estar vinculada con el infarto.

¿Con qué palabra definiríamos nosotros la emoción de la frase de Borges “He cometido el peor de los pecados, no he sido feliz”? Nostalgia, tristeza, no es tan fácil de describir. Todas las expresiones artísticas nos conmueven emocionalmente de un modo complejo, y lo que generan no se puede expresar con claridad con palabras.

Sabemos que disfrutamos o sufrimos, pero nos resulta difícil adjudicarle un nombre. Esto es lo que Damasio describe metafóricamente como la ramificación del árbol de las emociones. En la medida en que se hace más complejo, más humano, es más difícil ponerle un nombre. Así, hay emociones que sólo tienen nombre propio en algunos idiomas.

arbol-emociones

Paul Ekman ha señalado, por ejemplo, que la sensación de triunfo absoluto, como al ganar un torneo deportivo importante, se dice en italiano “bravo”, pero no tiene equivalencia en inglés. La emoción que se identifica con el orgullo por el éxito de los hijos tiene una palabra en idish, najes, sin equivalente en inglés ni en castellano, aunque no dejan por eso de ser emociones reconocibles universalmente.

La universalidad de la expresión facial de las emociones
Estos autores han podido confirmar la presunción de que las emociones se manifiestan facialmente en forma estandarizada en los seres humanos, de manera independiente respecto de aspectos antropológico-culturales; es una clave que refuerza la comprensión de la fisiología de las emociones.

Diferentes investigadores han confirmado que la expresión de las emociones es universal. Aun en poblaciones que nunca han visto una fotografía o desconocen la televisión, si se exhibe un rostro que representa una emoción básica como, por ejemplo, la de una persona triste, no tienen dificultades en expresar en su lenguaje un relato vinculado con esa imagen que explica la situación de tristeza; esto ocurre incluso con emociones que no tienen un equivalente o nombre claro en esa lengua.

El tema de las expresiones faciales de las emociones fue explorado en forma creativa y profunda por Charles Darwin. Fue el primero que trabajó sobre la expresión de las emociones en la cara de los animales e intentó analizar su sentido y evolución a través de diferentes especies. Su publicación original, (1873) La expresión de las emociones en el hombre y los animales, contaba con múltiples fotografías.

Un ejemplo de las reflexiones y observaciones de Darwin lo constituye que, en la evolución biológica, el enojo que llevaba a morder en algunas especies se ha transformado en otras en la emoción que denominamos rabia, de la que sin duda mostrar los dientes ha quedado como una expresión remanente. Este mostrar los dientes recuerda una etapa biológica en la construcción de esta emoción, que ha persistido probablemente por su valor comunicacional en otros mamíferos.

Darwin se detuvo en el análisis de cada uno de los músculos para investigar qué utilidad tuvieron originariamente y rastrear por qué la expresión se construyó de esa manera. Biológicamente, en algún momento tenía sentido morder, y en otra etapa se lograba el fin deseado con sólo mostrar los dientes. Esta expresión se constituye en parte de un diálogo: un animal se acerca con la intención de disputarle la hembra a otro animal más grande que él. Éste último le muestra los dientes y ruge, y el primer animal tiene la opción de rugir más fuerte o contraer su cuerpo para achicarse a lo mínimo. De esta manera queda definida la situación a través de un juego comunicacional-emocional donde ninguno saldrá lastimado si el animal desafiante decide renunciar a la pelea.

La comunicación rápida del estado emocional contribuye a pacificar al grupo, y este nivel comunicativo es específico para cada una de las emociones. Probablemente, cada uno de los componentes faciales tiene una explicación filogenética, así como su especificidad biológica. Por ejemplo, la expresión de disgusto, vinculada obviamente al rechazo de los alimentos en mal estado, se manifiesta elevando el labio superior tendiendo a ocluir las fosas nasales, es decir, a evitar la percepción del mal olor.

Emoción, estado de ánimo y carácter
Es conveniente distinguir entre las emociones que, por de- finición, son respuestas breves, y otras formas de respuesta más prolongadas.

Emociones: Las emociones surgen del escaneo permanente del medio que nos rodea y de nuestro organismo, con modificaciones permanentes, breves y autolimitadas. Existen mecanismos sencillos que permiten prolongar lo suficiente la emoción a fin de que sea operativa; dos de estos son muy conocidos: el período refractario y el refuerzo evocativo. Sería verdaderamente muy peligroso que, frente a una amenaza, el animal se distrajera por la presencia de un alimento o de una potencial pareja. Las emociones tienen un período refractario, es decir, un período breve en el que no son reversibles. A su vez, las emociones buscan en el organismo y en los recuerdos confirmaciones que las ayuden a sostenerse por un período suficiente.

Esto es fácil de ejemplificar imaginando una discusión en la cual uno de los participantes entra en ira y la única forma de pararlo es sujetándolo: no está en condiciones de escuchar razones. A su vez, durante el enojo, acuden a su memoria todos los factores negativos que la otra persona le ha hecho, reales o exageradas, en ese código emocional: “vos no te ocupaste de mi madre cuando fue necesario”, “te olvidaste de nuestro aniversario”, entre otras. Aun con estos refuerzos, si el estímulo no persiste o no es muy intenso, la emoción tiene duración breve.

Estados de ánimo: (mood en inglés). Son circunstancias emocionales de características propias: una tendencia a evaluar todo con un cambio de umbral en la emoción debido a un hecho reciente. Así, si hemos tenido una noticia triste absorbemos habitualmente de nuestra exploración del mundo los hechos más tristes y deprimentes, de la misma manera que, cuando estamos enamorados, vemos el mundo color de rosa.

Carácter: Respecto de la respuesta emocional, podríamos definir el carácter como la tendencia al predominio de algunas emociones, sobre otras. Así, podríamos definir un carácter hostil cuando la ira surge frente al menor obstáculo; depresivo cuando todo resulta entristecedor y ansioso cuando todo produce miedo. En sonria.com vemos este concepto de forma muy diferente a la descripción del autor.

Emociones breves y estados de ánimo prolongados
En las investigaciones sobre respuestas emocionales a estímulos competentes de baja intensidad (exposición a imágenes, sonido evocador corto), la duración de la activación es muy breve, lo que tiene un sentido claro para la utilidad funcional de las emociones.

Cuando alguien maneja el auto desde su casa al trabajo, en el camino, deberá estar permanentemente escaneando, manteniendo la atención en las señales y en los otros vehículos, para percibir alguna amenaza u otro estímulo emocionalmente competente, de una manera inconsciente.

Es crucial detectar si alguien va a frenar bruscamente: si esto llega a pasar, va a aparecer el miedo, pero durará pocos segundos, en la medida en que el estímulo sea menor. Hay filmaciones de las caras de las personas en las que se ve que, en fracciones de segundo, expresiones de miedo que se desvanecen en un período muy breve, por lo que en muchos casos son casi imperceptibles.

Sin embargo, en determinadas circunstancias se produce una prolongación de la emoción: si un auto se cruza y obliga al conductor a frenar súbitamente, se expone a un riesgo grave. El enojo ya no será breve, y puede teñir la respuesta emocional por varios días: “apenas lo tocan estalla”.

¿Por qué? Se ha entrado en lo que denominamos estado de ánimo (mood), una modificación del umbral de la respuesta a una o varias emociones del mismo grupo, es decir, un estado de fuerte predisposición a que esa emoción se manifieste.

Todas las personas padecen estados de ánimos diversos en varios momentos: pasamos días enojados, asustados, enamorados o amargados. También es evidente que algunos aspectos de la respuesta emocional son propiamente caracterológicos.

Hay personas que tiene una gran predisposición a la hostilidad, a la ira, –lo que llamamos carácter hostil–, que se enoja por cualquier motivo (“vive enojado”), o presenta un carácter ansioso –todo da miedo–, o depresivo –todo está mal y entristece–.

Se trata de una sobresimplificación, a los fines de comprender cómo, por diferentes motivos –circunstancias recientes, aspectos caracterológicos, etcétera–, podemos entrar en una forma de funcionamiento emocional predominante, es decir, que nuestra mente-cuerpo tiende a reconocer como estímulos competentes de la emoción predominante circunstancias que en otro momento serían triviales o no reconocidas.

De Carlos Tajer: El Corazón Enfermo, con aportes integrados del blog: Línea Cuerpo y Mente. Introducción y Compilación de Fabián Sorrentino.