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Espíritu Santo

Espíritu Santo

En la teología cristiana, el Espíritu Santo —o expresiones equivalentes como son, entre otros, Espíritu de Dios, Espíritu de verdad o Paráclito o Menahem: acción o presencia de Dios, del griego παράκλητον parákleton: ‘aquel que es invocado’, del latín Spiritus Sanctus: Espíritu Santo— es una expresión bíblica que se refiere a la tercera Persona de la Santísima Trinidad. Es, además, una compleja noción teológica por medio de la cual se describe una “realidad espiritual suprema, que ha sido interpretada de maneras múltiples en las confesiones cristianas y escuelas teológicas.

De esta realidad espiritual se habla en muchos pasajes de la Biblia, con las expresiones citadas, sin que se dé una definición única. Esto fue el motivo de una serie de controversias que se produjeron principalmente durante tres periodos históricos: el siglo IV como siglo trinitario por excelencia, las crisis cismáticas de oriente y occidente acaecidas entre los siglos IX y XI y, por último, las distintas revisiones doctrinales nacidas de la reforma protestante.

En torno a la “naturaleza” del Espíritu Santo se sostienen básicamente cuatro interpretaciones:

Según las interpretaciones de carácter modalista, el Espíritu Santo es una “fuerza o cualidad divina” al modo de la sabiduría, la belleza, el amor o la bondad. El unitarismo, si bien guarda diferencias teológicas básicas con el modalismo, comparte la visión de un Espíritu Santo impersonal, que actúa siendo el poder o fuerza activa de Dios. En cualquier caso, ambas corrientes coinciden en que el Espíritu Santo es “algo” y no “alguien”.

Según las interpretaciones de carácter arriano, el Espíritu Santo es una “entidad espiritual” o naturaleza angélica de condición excelsa, muy cercana a la divinidad, pero diferente a ella por su condición de criatura.

Según las interpretaciones de carácter triteísta el Espíritu Santo es “otro Dios”, quizá de carácter inferior al Dios principal, pero que comparte con él la cualidad de ser increado.

Las interpretaciones de carácter trinitario –mayoritarias– consideran al Espíritu Santo como una “persona divina”, noción con la que se asume la deidad del Espíritu Santo, manteniendo, sin embargo, la unicidad del principio divino. Esta doctrina es compartida por católicos, ortodoxos y la mayoría de las denominaciones protestantes.

Sobre la “procedencia” del Espíritu Santo, existe cierta unanimidad entre las diferentes confesiones cristianas. A excepción de la interpretación triteísta, que asume al Espíritu Santo como un ser increado e independiente de Dios, las otras tres interpretaciones consideran que procede de Dios, aunque se diferencian en la forma. En el modalismo, procede como “fuerza”, en el arrianismo como “criatura” y en el trinitarismo como “persona”. El trinitarismo aborda, además, una cuestión adicional propia de su marco teológico. Distingue entre la procedencia del Padre y la procedencia del Hijo, cuestión conocida como cláusula Filioque.

En lo referente a las “cualidades” del Espíritu Santo, teólogos cristianos asumen que es portador de dones sobrenaturales muy diversos que pueden transmitirse al hombre por su mediación. Si bien la enumeración de los dones puede variar de unos autores a otros y entre distintas confesiones, existe un amplio consenso en cuanto a su excelencia y magnanimidad.

Aunque la mayor parte de las Iglesias cristianas se declaran trinitarias, existen también Iglesias no trinitarias que confiesan alguna de las otras modalidades interpretativas.

Nombres, dones y frutos del Espíritu Santo

La Biblia contiene un conjunto de expresiones que aluden a una «realidad divina» en la que creen el judaísmo y el cristianismo. La siguiente es una lista de tales expresiones:

Espíritu Santo, Espíritu de santidad, Espíritu de Dios, Espíritu Santo de Dios, Espíritu de la verdad, Espíritu recto, Espíritu generoso, Espíritu de Cristo, Espíritu de adopción,​ Mente de Cristo,Espíritu del Señor, Señor mismo,Espíritu de libertad,​ Dedo de Dios,​ Paráclito

De todas ellas, «Espíritu Santo» es la expresión principal, la más conocida y la que más se usa en el cristianismo. El Libro de Sabiduría caracteriza a este Espíritu en los siguientes términos:

Espíritu inteligente, santo, único y múltiple, sutil, ágil, penetrante, inmaculado, claro, inofensivo, agudo, libre, bienhechor, estable, seguro, tranquilo, todopoderoso, omnisciente, que penetra en todos los espíritus inteligentes puros sutiles. (Sabiduría 7:22-23)

Existe una cita del profeta Isaías donde se enumeran los «dones del Espíritu Santo»:

Espíritu de sabiduría, inteligencia, consejo, fuerza, ciencia, piedad, temor de Dios. (Isaías 11:2)

Estos dones se completan con los 7 «frutos del Espíritu»​ que aparecen en la Epístola a los gálatas:

«Mas el fruto del Espíritu es: amor, gozo, paz, tolerancia [paciencia], benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.»

Gálatas 5:22-23

Todas estos «nombres», «dones» o «frutos» van implícitos en la expresión «Espíritu Santo» y hacen de ella una noción teológica muy rica. A pesar de esta diversidad de nombres, en la teología cristiana se dice, sin embargo, que no existe más que uno y un mismo Espíritu, consideración para la que los teólogos aducen una cita de Pablo de Tarso.

Representación en piedra del Espíritu Santo: su santidad queda indicada con la orla de la cabezaClave en la iglesia de San Miguel de Michaelsberg (Cleebronn, Alemania).

El pneuma divino

El vocablo «espíritu» traduce el griego «πνευμα» (pneuma) y el hebreo «ruaj». Se trata de una traducción incompleta ya que «ruaj» y «pneuma» también se traducen como «aire» (ej: pneumático). Aunque los términos “aire” y “espíritu” son cosas distintas actualmente, aparecían relacionadas en el griego y el hebreo antiguos. Lo que actualmente es una doble acepción, en estos idiomas era una identidad de conceptos.

Existen dos importantes clases de teologías sobre el Espíritu Santo: las que resaltan el aspecto «aire» y la que resaltan el aspecto «espíritu». Dichas teologías coinciden a grandes rasgos con la judía​ y la cristiana.

Bibliografía: Rodríguez Carmona: op. cit. pp. 347-351 ; Mateo Seco: op. cit. pp. 21-22 ; Reina Valera. Nota al pie de Ezequiel 2,2

Los dones

En el judaísmo y el cristianismo se cree que el Espíritu Santo puede acercarse al alma y transmitirle ciertas disposiciones que la perfeccionan. Estos hábitos se conocen como los «dones del Espíritu Santo». La relación de dones varía entre las diferentes denominaciones cristianas. La teología católica y la ortodoxa reconocen siete dones es siguen tradicionalmente la cita de Isaías. A continuación se enumeran estos siete dones.

Temor de Dios | Sabiduría | Entendimiento | Consejo | Piedad | Fortaleza | Ciencia

Para los cristianos, los dones del Espíritu Santo, según 1ªCorintios 12 son:

A unos Dios les da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otros, por el mismo Espíritupalabra de ciencia; a otros, fe por medio del mismo Espíritu; a otros, y por ese mismo Espíritu, dones para sanar enfermos; a otros, el hacer milagros; a otros, profecía; a otros, el discernir espíritus; a otros, el hablar en diversas lenguas; y a otros, el interpretar lenguas. (1 Co 12:8-10)

Bibliografía. Mateo Seco: op. cit. pp. 258-270

El fruto

En la teología cristiana, se dice que la cercanía del Espíritu Santo induce en el alma una serie de hábitos beneficiosos que se conocen como «el fruto del Espíritu Santo» y que consta en la Epístola a los gálatas 5, 22:

[…] el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí, contra tales cosas no hay ley.

Amor | Gozo o alegría | Paz | Paciencia | Benignidad o afabilidad | Bondad | Fidelidad|  Mansedumbre | Dominio de sí.

El fruto es producto de la obra del Espíritu. El número de nueve citado en el Nuevo Testamento es simbólico pues, como afirma Tomás de Aquino, «son frutos de cualquier obra virtuosa en la que el hombre se deleita».

Bibliografía. Mateo Seco: op. cit. pp. 270-274; Ver Dones del espíritu ; Ver Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 390

El Espíritu Santo en la Biblia

En esta sección están reunidos los pasajes bíblicos básicos que hablan acerca del Espíritu Santo. Los tres primeros pertenecen al Antiguo Testamento y son comunes, por tanto, al judaísmo y al cristianismo. Los siguientes pertenecen al Nuevo Testamento, en concreto a los evangelios y a los Hechos de los apóstoles. Por último, hay un breve apartado dedicado a las epístolas.

Poder creador y fuerza vital

Separación de los cielos y la tierraMiguel ÁngelCapilla Sixtina.

El libro del Génesis menciona varias veces el “espíritu de Dios” o el “aliento de Dios”. Para el judaísmo se trata de una cualidad de Dios, no de un ser autónomo pero para la teología cristiana estas son las primeras intervenciones del Espíritu Santo en la historia bíblica. En el relato de la creación del mundo el versículo Gen 1:2 dice que «el espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas». Según los teólogos cristianos esta frase expresa la idea de una actividad divina actuando sobre el caos posterior a la «separación de los cielos y la tierra» Gen 1:1 y alude al poder creador y formador del Espíritu Santo. Sin embargo, la palabra hebrea traducida por “espíritu” puede significar también “viento”, “soplo” o “aliento”​ por lo que otros autores han traducido este pasaje como «un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas»​ o incluso «un fuerte viento iba y venía sobre las aguas».

Este relato culmina con la creación de Adán. Dios modela su cuerpo del barro e insufla en su rostro el «aliento de la vida» Gen 2:7. Este «aliento de vida» se refiere a la cualidad animadora del Espíritu. Por otro lado, en el libro de Job este afirma que «El espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida» Job 33:4. Por ello el Credo niceno dice del Espíritu Santo que es «señor y dador de vida».

Los exegetas cristianos también identifican al Espíritu Santo en la expresión «dedo de Dios», que aparece en varios lugares del Antiguo Testamento. Las tablas de la ley, por ejemplo, fueron escritas por el «dedo de Dios» Éxodo. También en Éxodo, al hilo de la tercera plaga de Egipto. Dicha plaga se produce cuando Aarón golpea la tierra con su cayado y todo el polvo se convierte en mosquitos o piojos. Dicha expresión simboliza la fuerza o el poder de Dios obrando con imperio sobre la naturaleza. Aparece también en el Nuevo Testamento Lucas en relación con la expulsión de demonios.

Además de todo esto, el Espíritu Santo tiene una virtud santificadora que «penetra en todos los espíritus inteligentes, puros, sutiles» (Sb 7, 23), es decir, en los ángeles y, por extensión, todo hombre que alcance cierta pureza de ánimo.

Citas bíblicas: Génesis;GénesisÉxodo; (Sabiduría 7,23) ;Lc 11:20
Bibliografía. Granado Carmelo: op. cit. pp. 33-36 ; Mateo Seco: op. cit. pp. 21-23, 152

Espíritu guía de los Reyes

Coronación del rey David, miniatura de un salterio medieval conservado en la Biblioteca Nacional de Francia.

Según el relato bíblico, el Espíritu Santo guio al pueblo judío eligiendo e inspirando a sus gobernantes. El primer libro de Samuel 1Sa 8:4-5 relata que los ancianos de Israel exigieron un rey que los gobernase. Samuel, que era juez, consultó a Dios, quién señaló a Saúl con el gesto de derramar sobre él su Espíritu 1Sa 10:6-7. Saúl fue aceptado por el pueblo convirtiéndose así en el primero de los reyes de Israel. Después de eso, Saúl fue reprobado por Dios a causa de su mal comportamiento, y se le retirará el Espíritu 1Sa 16:13-14 en favor de David. El Rey David es el arquetipo de gobernante predilecto por Dios. En el Salmo 51 Sl 51, David se lamenta de que puede perder el favor de Dios a causa de sus pecados e implora que no se le retire el Espíritu Sl 51:12-14. El pecado al que se refiere es el de inducir la muerte de Urías en el campo de batalla para quedarse con su mujer Betsabé (2 Samuel).

El Nuevo Testamento afirma en los evangelios sinópticos que el espíritu inspirador de los reyes es el mismo Espíritu Santo de la tradición cristiana. Mr 12:36.

Citas bíblicas: 1 Samuel;1 Samuel;1 Samuel;Sl 51;Marcos;Mateo;Lucas;
Bibliografía. Mateo Seco: op. cit. pp. 23 ; Rodríguez Carmona: op. cit. pp. 347-351

Espíritu de profecía

 El Libro de Isaías en una Biblia inglesa.

La teología judeocristiana afirma que el Espíritu Santo inspiró los dichos y las acciones de los profetas bíblicos.

Los principales profetas bíblicos son IsaíasJeremíasEzequielDaniel. Además, están los conocidos como profetas menores

OseasJoelAmósAbdíasJonásMiqueasNajumHabacucSofoníasAgeoZacarías y Malaquías.

El siguiente ejemplo está sacado del libro de Ezequiel:

Después de hablar esa voz, el Espíritu entró en mí y pude escucharle. (Ez 2,2)

Este otro ejemplo es del Nuevo Testamento:

Mientras celebraban el oficio, dijo el Espíritu Santo: Reservadme a Pablo y Bernabé para la obra que les voy a encomendar. (Hch 13,2)

La tradición cristiana hereda del judaísmo esta tradición. En los Hechos de los apóstoles, el Espíritu Santo inspirará en numerosos pasajes a los apóstoles. Pablo hablaba del Espíritu Santo en sus epístolas. En la primera epístola a los corintios recomendaba alcanzar, por ejemplo, el don de profecía antes que el de lenguas, y ello por ser más provechoso 1Co 14:1.

La creencia en el don de profecía del Espíritu queda reflejada en el credo cristiano cuando dice «…y que habló por los profetas».

Citas bíblicasIsaías;Isaías;Mateo;Marcos;Lucas;Lucas
Bibliografía. Rodríguez Carmona: op. cit. pp. 347-351; Granado, Carmelo: op. cit. pp. 36-37

El Espíritu Santo durante la natividad e infancia de Jesús

La anunciación de Fra Angélico (Museo del PradoMadrid).

Lucas y Mateo, los evangelistas de la infancia de Jesús, comienzan sus escritos con los relatos de la natividad y la infancia de Jesús, donde se recogen varias intervenciones del Espíritu Santo. La más importante de todas es la «Concepción del Verbo» en el seno de María. En torno a este suceso, Lucas se extiende con la narración de la concepción y nacimiento, también extraordinarios, de Juan el Bautista. Mateo, más escueto, se limita a informar del suceso a través de un sueño que tiene José de Nazaret.

En el relato de Lucas, además de las dos anunciaciones que realiza el ángel Gabriel a Zacarías (Lc 1:11-17) y a María (Lc 1:26-38), el Espíritu Santo obra la concepción de esta última (Lc 1:35), y asimismo las inspiraciones que reciben Isabel, durante el episodio de la «Visitación» (Lc 1:39-42), y Zacarías, tras la elección del nombre de su hijo (Lc 1:67). Este relato se completa con la inspiración que recibe el sabio Simeón, quién reconoce en el niño Jesús durante su presentación en el templo al «Cristo del Señor» (Lc 2:25-32). En general, el relato de Lucas tiene muchas menciones al Espíritu Santo descritas con un estilo propio que se mantiene también en los Hechos de los apóstoles.

Citas bíblicasMt 1:18;Mt 1:20;Lc 1:15;Lc 1:35;Lc 1:41;Lc 1:67;Lc 2:25;Lc 2:26;Lc 2:27

Bautismo en el Jordán

Bautismo de Cristo, pintura de Piero della Francesca (National GalleryLondres).

El Bautismo de Jesús en el río Jordán da comienzo a su vida pública. Los cuatro evangelios dicen que, estando Juan el Bautista bautizando, se acercó a él Jesús para que le bautizase. Después de alguna vacilación, Juan accedió y, en el momento del bautismo, descendió sobre Jesús el Espíritu Santo en forma de paloma. Este pasaje proporciona el motivo iconográfico más utilizado para representar al Espíritu Santo (la paloma).

Después del bautismo, el Espíritu Santo inspira todas las palabras y acciones de Jesucristo. La primera decisión del Espíritu es retirar al desierto a Jesús durante cuarenta días, donde será tentado en tres ocasiones Lucas. También por inspiración suya vuelve a Galilea Lucas donde tendrá lugar el episodio de la sinagoga de Nazaret.

La relación entre Jesucristo y el Espíritu Santo se prolonga más allá de la vida de este, pues el Espíritu Santo resucita a Cristo. Una vez resucitado, los evangelios narran que Cristo da su «Espíritu» a los apóstoles.

Citas bíblicasLc 3:16;Lc 3:22;Mt 3:11;Mt 3:16;Mr 1:8;Mr 1:10;Jn 1:32;Jn 1:33;Mt 4:1;Lc 4:1;Lc 4:14;Mr 1:12
Bibliografía. Mateo Seco: op. cit. pp. 50-53

La transfiguración

Transfiguración de Jesús, por Rafael y Giulio Romano(Museos VaticanosRoma).

Este es un ejemplo donde, a pesar de no existir ninguna mención explícita al Espíritu Santo, el pasaje es interpretado como tal. La narración bíblica coincide en los evangelios sinópticos. Pedro, Santiago y Juan acompañan a Jesús de Nazaret hasta la cima del monte Tabor. Una vez allí, la figura de Jesús se transfigura, quedando envuelta en una aureola resplandeciente. A su lado, aparecen Moisés y Elías. Entonces, una nube los envuelve y se oye una voz que dice: «Este es mi hijo amado, escuchadle».

En todo el pasaje no se menciona al Espíritu Santo. Sin embargo, la Iglesia Ortodoxa interpreta el pasaje en un sentido trinitario, asumiendo que la voz que se oye es la del Padre y la nube que los envuelve, el Espíritu Santo. La nube sería en este pasaje el Espíritu Santo de forma análoga a la paloma en el Bautismo del Jordán. La transfiguración es una fiesta muy estimada en la liturgia ortodoxa como manifestación plena de la trinidad.

La transfiguración es un ejemplo de experiencia mística.​ Expresiones como «la subida al monte» o «el matrimonio espiritual» tienen un largo arraigo que se remonta a los Padres de la Iglesia. La «nube» es otro de esos símbolos.

Citas bíblicasMt 17:5;Lc 9:34;Mr 9:7

Fórmula bautismal

Cada evangelio sinóptico concluye con la misión evangélica última que Jesús da a los apóstoles. Donde Lucas habla veladamente diciendo: «Vosotros daréis testimonio de esto» (Lc 24, 48), Marcos aporta un mandato firme: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15) que Mateo concreta en lo que se conoce como «la fórmula bautismal»:

«enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19)

Esta fórmula tiene una importancia capital ya que se trata de una enumeración que, al menos en apariencia, parece equiparar el papel del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en el Bautismo. Su importancia en los primeros siglos del cristianismo queda atestiguada por su mención explícita en la sección litúrgica de la Didaké, en concreto en (VII, 1-4). Tres siglos después, esta fórmula proveerá a los trinitarios de uno de sus más sólidos argumentos.

La fórmula trinitaria convivió con la fórmula bautismal cristológica. Esta última se acuñó en el relato de la conversión del eunuco de Etiopía (Hechos). Es allí donde se pronuncia la versión más antigua del llamado símbolo de los Apóstoles.

Yo creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. (Hch 8,37)

A lo largo de los siglos se impusieron las fórmulas trinitarias.

Citas bíblicasLc 24:48;Mc 16:15;Mt 28:19
BibliografíaEl símbolo de los apóstoles en el Quasten ; La didaké en el Quasten ; Mateo Seco: op. cit. pp. 235-239 ; Basilio de Cesárea: op. cit. pp. 144-145

Día de Pentecostés: una representación ortodoxa.

El libro de los Hechos de los apóstoles ha sido llamado «el Evangelio del Espíritu Santo» por su profusión y abundancia de citas.​ El capítulo 2 relata el acontecimiento de Pentecostés:

En el día de Pentecostés, y estando reunidos en un lugar, sucedió de repente que se produjo un ruido como del cielo parecido a un viento. Aparecieron entonces lenguas de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos, llenándose todos del Espíritu Santo. Comenzaron a hablar en lenguas extrañas. (Hch 2, 1-4)

La entrega a los discípulos del «Espíritu de Dios» supone que, a partir de ese momento, el Espíritu Santo guiará sus palabras y sus actos, por lo menos en los momentos capitales.

Hay precedentes de la entrega del Espíritu Santo en los Evangelios, por ejemplo, en el evangelio de Juan, donde se dice:

Recibid el Espíritu Santo. A quién perdonareis los pecados, les serán perdonados. A quienes se los retuviereis, les serán retenidos.

Jn 20, 23

Las numerosas recepciones del Espíritu que se narran en los hechos de los apóstoles son acompañadas en general de la administración del bautismo. Es frecuente que bautismo y Espíritu lleguen juntos aunque no necesariamente. En la predicación realizada por Felipe en Samaria, este solo bautiza. Han de venir después Pedro y Juan para infundir el Espíritu (Hch 8, 12-17). La conversión del centurión Cornelio sucederá justo al revés: primero se recibirá el Espíritu y luego se administrará el bautismo.

Citas bíblicasHch 1:2;Hch 1:4;Hch 1:8;Hch 1:56;Hch 2;Hch 2:33;Hch 2:38;Hch 4:7;Hch 4:31;Hch 5:1-11;Hch 5:32;Hch 6:5;Hch 6:10;Hch 7:51;Hch 7:55;Hch 8:15-18;Hch 8:29;Hch 8:39;Hch 9:17;Hch 9:31;Hch 10:19;Hch 10:38;Hch 10:44;Hch 11:12;Hch 11:24;Hch 13:1;Hch 13:4;Hch 13:9;Hch 13:52;Hch 15:8;Hch 15:28;Hch 16:6;Hch 16:7;Hch 19:2;Hch 19:6;Hch 20:22-23;Hch 20:28;Hch 21:4;Hch 21:11;…

El Espíritu Santo y la gentilidad

El capítulo 10 de los hechos de los apóstoles relata la historia del centurión Cornelio. Cornelio fue el primer cristiano no judío en recibir el Espíritu Santo y ser bautizado.

Aún estaba Pedro diciendo estas palabras cuando descendió el Espíritu Santo sobre todos los que le oían, quedando fuera de sí los circuncidados de que el don del Espíritu se derramase sobre los gentiles porque les oían hablar en varias lenguas y glorificar a Dios.

Hch 10, 44-46

Con independencia de que este episodio sea histórico, alegórico o cualquier otra cosa, sí es cierto que a partir de cierto punto, el cristianismo rebasó la esfera de influencia de la sinagoga judía y llevó la predicación a los ámbitos paganos. Esta decisión, que el libro de los Hechos atribuye a Pedro, fue desarrollada típicamente por Pablo de Tarso, quién a través de sus viajes por Asia y Europa, fundó las primeras comunidades cristianas no judías. También, como consecuencia de esto, se produjo la separación e independencia del cristianismo respecto del judaísmo.

Citas bíblicasHch 13;Hch 14;Hch 15;Hch 16;Hch 17
Bibliografía: Becker, Jünger: op. cit. cap. 5

Las epístolas

Las epístolas son un conjunto de escritos bíblicos de transición. Contienen las primeras reflexiones sobre el cristianismo y gozan de carácter y autoridad apostólicos. De especial importancia son las epístolas de Pablo de Tarso que, auténticas o no, desarrollan los primeros gérmenes de la teología cristiana.

La epístola a los romanos contiene la principal exposición de la teología paulina y numerosas menciones al Espíritu Santo. Es uno de sus principales escritos.

La primera epístola a los corintios contiene unas reflexiones muy tempranas que tendrán una fuerte influencia en autores posteriores. Los capítulos 2, 12 y 14 son textos clásicos en lo que al Espíritu Santo se refiere.

2 Corintios tiene la bendición más antigua en la que aparecen el amor del Padre, la gracia del Hijo y la comunión del Espíritu Santo.

La epístola a los gálatas contiene la cita sobre los frutos del Espíritu.

La epístola a los efesios tiene una mención sobre la acción del Espíritu Santo como un sello y una advertencia para no entristecer al «Espíritu Santo de Dios».

La epístola a los filipenses se refiere al Espíritu Santo como «Espíritu de Dios» y habla de la «donación del Espíritu de Jesucristo». También habla de aquellos que reciben «alguna comunicación del Espíritu».

1 Timoteo tiene un par de menciones.

2 Timoteo menciona al Espíritu Santo en relación con las virtudes cristianas.

Tito tiene una referencia a la regeneración por el Espíritu Santo.

La epístola a Filemón no tiene menciones. La epístola a los colosenses tiene una mención menor aislada.

Hebreos, por tratarse de una epístola dirigida a una comunidad próxima al judaísmo, pone con frecuencia por testigo al Espíritu Santo. El capítulo primero debate la cuestión de si Cristo es superior a los ángeles.

La primera epístola de Pedro menciona que la resurrección de Cristo es obra del Espíritu.​ La segunda epístola de Pedro reafirma el carácter profético del Espíritu Santo.

La primera y segunda epístola de Juan contienen algunas fórmulas que excluyen al Espíritu Santo. Dice en otro punto que Cristo «..nos dio de su Espíritu».​ Asimismo, el Espíritu da testimonio porque «el Espíritu es la verdad».Nada menciona la tercera epístola de Juan, muy sucinta ella.

La epístola de Judas tiene una sencilla recomendación de orar en el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo en el judaísmo

En la teología judía, el Espíritu Santo es mentado como «Ruaj Hakodesh», expresión que puede traducirse como el «aliento de Dios» o «Espíritu de Dios». Dicho Espíritu es una personificación del poder creador y vital divino a través del cual Dios participa en la creación y opera sobre ella. Nunca se trata de algo autónomo e independiente, que tenga voluntad propia, sino de una cualidad de Dios, al modo que la belleza o la sabiduría de una persona opera y actúa como fuerza efectiva, sin que se puedan separar empero de su portador. En tanto que aliento, se puede decir figuradamente que «habla». En tanto que fuerza creadora y vivificante, se puede decir que «crea» y «mantiene creado» el mundo.

Tal como se ha mencionado anteriormente, otro aspecto de su «economía» es la de dirigir a reyes y profetas. Por él, los reyes son ungidos y capacitados para gobernar. Por él, los profetas son inspirados y comunican el mensaje de Dios. Dado que el Espíritu Santo lo conoce todo, se le atribuye el don de profecía. Asimismo es el vehículo de la revelación. En consecuencia, el Espíritu Santo es el inspirador de la Biblia hebrea.

El Espíritu Santo, cuando habita en una persona, la purifica elevando su condición moral. En este sentido, la persona es «santificada» por su acción. Asimismo, puede perderlo a causa de su debilidad.

Bibliografía: Rodríguez Carmona: op. cit. pp. 347-351

La frase en Idioma hebreo Ruaj ha-Kodesh (escrito en alefbethרוח הקודש ,en español pronunciado: Ruaj ha Kodesh en inglés aproximadamente como :Ruah (h)a Kodesh); siendo la palabra Ruaj o Ruah equivalente a EspírituHa al artículo español El y Kodesh el adjetivo que significa -en sentido positivo- Santo o Sagrado], “espíritu santo” y también transcrito ruaḥ ha-qodesh) es un término usado en la Biblia hebrea (El Tanaj) y los escritos judíos para referirse al espíritu de YHWH (רוח יהוה). Literalmente significa “el Espíritu de Santidad” o “el espíritu del lugar santo”. Los términos hebreos ruaḥ qodshəka, “tu santo espíritu” (רוּחַ קָדְשְׁךָ) y qodshō ruaḥ, “su espíritu santo” (רוּחַ קָדְשׁ֑וֹ) también se producen (cuando se añade un sufijo posesivo al artículo definido). El en el judaísmo en general, se refiere al aspecto divino de la profecía y la sabiduría (חכמה jojmá) cuyo resultado es la conciencia o דעת daath (la principal riqueza que Dios donó al humano). También se refiere a la fuerza divina, la calidad, y la influencia santa de Dios, el universo o sobre sus criaturas, en determinados contextos

El Espíritu Santo en la teología cristiana

En contra de lo que se pudiera suponer, esta cuestión no fue una mera controversia entre especialistas. Un autor del siglo IV, Gregorio de Nacianzo, comentaba al respecto:

En Constantinopla, si entrabas en una tahona para comprar un pan, el panadero, en vez de deciros el precio, se ponía a argumentar que el Padre es mayor que el Hijo; el cambista discutía del Engendrado y del Eterno en vez de contarte el dinero; y si querías tomar un baño, ¡el bañero te aseguraba que el Hijo procede de la nada!.

Esta situación puede dar idea del ambiente tan distinto y de la importancia que esta cuestión tuvo para propios y extraños.

Contexto histórico

El cristianismo nació en el seno de la religión judía y se extendió por la zona de influencia del Imperio romano. Estos dos términos condicionan su teología. Por una parte, heredó del judaísmo un fuerte sentimiento monoteísta, que podría traducirse en una formulación: «Existe un único Dios y, ese Dios, es creador de todas las cosas». Su expansión, sin embargo, se produjo en un entorno marcado por la proliferación de religiones politeístas y sistemas filosóficos, frente a los que el cristianismo tuvo que definirse y distinguirse. Los tres siglos que van desde el comienzo de la predicación cristiana hasta su institución como religión del imperio pueden interpretarse como la forja lenta y paulatina de una teología que exploró todas las variantes permitidas por sus fuentes teológicas y que fue decidiendo, caso a caso, lo que, a juicio de aquellas comunidades, estaba en consonancia con el sentimiento cristiano. La prolongada tensión entre ortodoxia y heterodoxia fue el mecanismo selectivo que, en el siglo IV, dio lugar a la concreción de fórmulas concisas, los símbolos o credos, que hoy conocemos como la base teológica, más o menos estable y mayoritaria, de la religión cristiana. Al lado de dicha ortodoxia, que también presenta sus matices entre las principales denominaciones cristianas (católicos, ortodoxos y protestantes), subsisten hoy por hoy comunidades cristianas afincadas en alguna de aquellas heterodoxias o nuevos movimientos religiosos que reeditan algunas de ellas.

Bibliografía. Quasten: Patrología I y II ; Trevijano Ramón: Patrología

Interpretación modalista

En las Escrituras Hebreas, llamadas también Antiguo Testamento por los cristianos, hay referencias al Espíritu Santo (el de Yavé) Sal 51:11 Joe 2:28,29 donde se dice que alguien puede llenarse de Espíritu Santo, que este puede venir sobre la persona y envolverla Ex 31:3Jue 3:10Jue 6:34, que parte del Espíritu Santo de Dios se le puede quitar a alguien y dar a otra persona Nú 11:17,25, y que el Espíritu Santo puede actuar en alguien y facultarlo para hacer obras sobrehumanas Jue 14:61Sa 10:6.

Todas estas declaraciones dificultaban la concepción de tal espíritu como una persona ya que no resulta razonable dar parte de una persona a otra. Además, no existen pruebas de que los judíos fieles consideraran al Espíritu Santo como una persona igual al Padre cuando Jesús estuvo en la tierra. No adoraban ningún Espíritu Santo. Más bien adoraban únicamente a Jehová o Yavé.

La teología modalista, defendida principalmente por Sabelio (y llamada a menudo por ello sabelianismo), afirma que no hay distinción entre las personas divinas, y por tanto el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una única entidad, Dios, que se manifiesta de diversas maneras (modalidades). Por tanto, según esta teología, el Espíritu Santo no es más que una manera de expresar la acción de Dios mismo en el mundo. Así, Sabelio quería aclarar la relación entre Padre, Hijo y Espíritu Santo sin contradecir el estricto monoteísmo judío.

Interpretación arriana

En la biblia aparecen entidades sobrenaturales que intervienen en los acontecimientos históricos. En ella, se reserva el término ángeles para referirse a aquellos seres que se hallan en armonía con Dios y el de demonios para los que están en oposición. En la teología cristiana, todos estos seres, a pesar de su elevada o degradada dignidad comparten con el hombre y el resto de los seres naturales su condición de «criaturas», término que alude a su carácter de seres creados, de seres que comienzan su existencia en un cierto momento del tiempo y antes del cual no existían. Dicho comienzo ontológico puede ser muy remoto, ciertamente, pero esa apreciación cuantitativa pierde su importancia frente al modo intemporal de existencia que se le atribuye a Dios. Lo característico de Dios sería una cualidad dual. Por una parte, la de ser un principio increado, eterno, y, por otro, un principio creador de otros seres. Santo Tomás lo expresaba, diciendo: «Dios es aquel en quien ser y existir no están separados».

Una distinción temprana, común a la teología judía y a la cristiana fue el rechazo del culto a los ángeles, por considerarlo una forma de idolatría. Aunque los templos cristianos y su liturgia abundan en muestras de alabanza y reverencia a los ángeles, ambas teologías consideran que el culto se debe únicamente a Dios.

El arrianismo consiste en considerar al Hijo como la primera y más excelsa de las criaturas o, dicho de otra forma, como el primero de los ángeles. El dilema que plantea el arrianismo es, por tanto, si el hijo es creado o engendrado. Ambos términos expresan una procedencia del principio Padre creador, pero en un caso dicha procedencia se produce inmersa en la existencia temporal y en el otro no. La criatura supone que el tiempo ha comenzado. No así en el otro caso donde la procedencia se realiza en un estado que la liturgia y la literatura cristianas han descrito con la fórmula: «antes de todos los siglos». Dicho estado atemporal sería previo a la creación misma del tiempo.

El enfrentamiento entre las tesis arrianistas y las encarnacionistas se desarrolló a lo largo del siglo IV. Inicialmente el Concilio de Nicea (325) adoptó un credo encarnacionista pero más tarde el sínodo de Rimini-Seleucia (359) se decantó por un credo arriano y el emperador Constancio II hizo oficiales sus tesis. El arrianismo se propagó a los pueblos germánicos, entre los que prosperó hasta el siglo VI. Sin embargo, en el Imperio el arrianismo fue perdiendo adeptos en favor de las tesis trinitarias y terminó siendo proscrito por el Concilio de Constantinopla (381).50

Una vez derrotado el arrianismo en el Imperio, el debate se centró en la segunda parte de la cuestión, que estaba implícita y a la espera de que se resolviese la primera. Esa segunda cuestión consistía en inquirir con cuidado de qué naturaleza era el Espíritu Santo y cuál era la dignidad que se le debía. La teología judía transmitía una interpretación del tipo «fuerza divina», pero la tradición lucana y litúrgica sugerían cierta divinidad del Espíritu. Era obvio para los Padres de la Iglesia que si el arrianismo era cierto y el Hijo era la primera criatura, al Espíritu Santo no le quedaba más remedio que ser cualidad divina, como afirmaba el modalismo o, como mucho, segunda criatura o segundo ángel. Al imponerse las tesis encarnacionistasy por tanto resuelta la polémica del Hijo en favor de su divinidad, quedaron expeditas las cuatro interpretaciones mencionadas al comienzo del artículo. La interpretación arriana, referida al Espíritu Santo en vez de al Hijo, se desató en la segunda mitad del siglo IV y sus partidarios fueron denominados por sus adversarios «pneumatómacos», los que «matan al Espíritu».

Bibliografía: Mateo Seco: op. cit. cap 4 ; Trevijano, Ramón: op. cit. pp. 189-200; Arrio en el Quasten; Gregorio Nacianceno: op. cit. 5º discurso teológico;

Interpretación triteísta

El triteísmo es exactamente un politeísmo de tres dioses. Se sobreentiende que no valen tres dioses cualesquiera sino que deben ser los de más alto rango y los responsables, en definitiva, de la creación del mundo. Triteísmo y trinidad son dos términos teológicos muy precisos que suelen de todos modos confundirse. BrahmāShivá y Visnú son los dioses de un sistema triteísta, pero no forman una trinidad. La diferencia es que en el sistema triteísta hay tres naturalezas bien distintas y en el trinitarismo hay tres personas. De ahí que el triteísmo sea considerado como una forma de politeísmo, pero el trinitarismo no. El triteísmo apareció en la Iglesia en el siglo III, en varios autores cuyas doctrinas la Iglesia rechazó.

BibliografíaEl triteísmo en la GER ; 5º párrafo

Interpretación trinitaria

Santísima Trinidad de Andrei Rubliov (Galería TretyakovMoscú).

El dogma trinitario fue fijado mayormente en el siglo IV por Atanasio y los Padres Capadocios a raíz de la controversia arriana. Dicha controversia fue el motor de una profundización sobre la naturaleza de la divinidad, a partir de las fuentes teológicas cristianas y la tradición de las comunidades. El dogma trinitario quería, por una parte, dar respuesta a las dificultades planteadas y, por otra y en igual medida, proteger el cristianismo contra tres tendencias que, en opinión de los Padres, amenazaban al cristianismo.

La primera tendencia era el monoteísmo judío. La noción de Dios hecho hombre, Dios muerto y Dios resucitado era de partida incompatible con dicho monoteísmo, de marcado carácter patriarcal. Los intentos por conciliar ambas visiones se traducían en diversas variantes teológicas que rebajaban la dignidad de Jesucristo, considerándolo un hombre muy evolucionado (ebionismo) o un ángel excelso (arrianismo). Este menoscabo de la dignidad del Hijo y, como añadidura, de la del Espíritu Santo, es la primera tendencia que se quiso evitar.

La segunda tendencia que se quiso sortear fue el politeísmo pagano, habitual en las religiones caldeas, egipcia y grecorromana. Desde sus comienzos, el cristianismo quedó expuesto a la acusación de politeísmo por parte de los círculos judíos debido a la afirmación de que existe un Dios Padre, un Dios Hijo y un Dios Espíritu Santo. Refutar tal acusación era una prioridad para los Padres.

La tercera tendencia fue la excesiva intelectualización del cristianismo como consecuencia de su contacto con la filosofía griega. Comprender o desentrañar el misterio divino hubiese significado subordinar a Dios a la razón, algo inaceptable para el sentido teológico de los Padres.

Con este fin, la formulación del dogma trinitario fue realizado utilizando dos términos provenientes de la filosofía griega, a los que se dio un significado teológico muy preciso. Dichos términos fueron «ousía» (naturaleza o sustancia) e «hipóstasis» (persona). De forma muy sencilla se podría decir que «ousía» alude a lo general e «hipóstasis» a lo particular. Si se tratase, por ejemplo, de caballos, la «ousía» del caballo sería más o menos la esencia, la idea o la especie caballo, mientras que sus «hipóstasis» serían cada uno de los ejemplares de caballo que existe. Si se tratase de hombres, la «ousía» del hombre sería lo que hoy se entiende por «humanidad», mientras que las «hipóstasis» serían cada una de las personas o individuos.

Es importante notar que estos términos fueron formulados en una época que tenía otro contexto intelectual. Hoy en día, la humanidad o el género caballo son abstracciones intelectuales carentes de realidad. Lo real, en cambio, es la persona con la que se habla o el caballo que se ve. Este posicionamiento vital contrasta fuertemente con el platonismo para el que las ideas eran la verdadera realidad y los ejemplares, su sombra.

Entre estas dos posturas extremas, los Padres de la Iglesia escogieron un punto intermedio, atribuyendo plena realidad a la idea y al ejemplar, a la ousía y a la hipóstasis. La realidad de la humanidad quedó reflejada en el término «Iglesia». La «Iglesia» era la «comunidad en Cristo» y representaba ese vínculo esencial interior que unificaba la diversidad de comunidades y personas. De ahí que, con la mayor naturalidad, se hablase de ella como única y católica (universal). En este sentido, la Iglesia, además de una institución, era una realidad espiritual intangible pero efectiva. Por otro lado, en relación con el pecado original, se entendía dicho pecado como una corrupción de la «ousía» o naturaleza humana, heredada después por todos sus ejemplares, las distintas personas. Esta noción modeló la soteriología cristiana de la siguiente manera. No importa cuán virtuosa fuese una persona. Dicha persona no podía salvarse mientras la naturaleza humana no quedase redimida o liberada de su falla, quiebra, pecado o corrupción, lo cual era inasequible a las personas y solo posible a Dios. Por medio de Cristo, Dios restituye a la naturaleza humana su dignidad espiritual haciendo posible, ahora sí, que cada persona, por un esfuerzo personal, se salve. En este trabajo personal es donde, según los Padres, interviene de manera decisiva el Espíritu Santo.

Los Padres traspusieron los términos «ousía» e «hipóstasis» a la divinidad afirmando, que existe una única ousía, naturaleza o esencia divina, pero tres personas o hipóstasis: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Dichas personas eran «consustanciales» o «de la misma naturaleza» (homoousios), de modo que, en su esencia, eran el mismo y único Dios. Por el contrario, como personas o hipóstasis eran distintas y distinguibles, de una parte por su «economía»51​ y, de otra, por tres cualidades intrínsecas: «ser ingénito» (el Padre), «ser engendrado» (el Hijo) y «proceder del Padre» (el Espíritu Santo).

La afirmación de una única «ousía» o esencia divina permitió evitar el politeísmo triteísta. De ahí que el cristianismo se considere una religión monoteísta. La existencia de tres personas divinas permitió sortear el monoteísmo judío y afirmar la plena divinidad del Hijo y del Espíritu Santo. La idea de tres personas divinas en una sola naturaleza, por su misma esencia contradictoria, blindó el misterio divino contra la especulación filosófica.

En el pensamiento teológico sobre la Trinidad, la acción del Hijo y del Espíritu Santo son inseparables y complementarias. El Hijo dirige su obra hacia lo general del hombre, a su «ousía», mientras que el Espíritu Santo obra sobre cada persona en particular. Cristo presta su persona divina a la naturaleza humana, haciéndose «cabeza de la Iglesia». El Espíritu Santo presta su naturaleza divina a cada persona humana, divinizándola a través de la comunicación de dones sobrenaturales.

Interpretación unitarista

La teología unitaria clásica se basa en el rechazo del dogma de la Trinidad. Aunque algunos de los pioneros del Unitarismo, como Miguel Servet, defendían una interpretación modalista de la divinidad cristiana, a partir de Fausto Socino se va imponiendo la concepción de que Dios es una única persona, el Padre, por lo que ni el Hijo ni el Espíritu Santo pueden considerarse entidades divinas ni modalidades de Dios. Así, el Espíritu Santo es interpretado en el Catecismo Racoviano (1605) como el poder de Dios (Cap. VI, sección V), procedente de Dios, y no Dios mismo. Esta enseñanza se ha preservado en las Iglesias unitarias de Europa Central, mientras que la Asociación Unitaria Universalista de Estados Unidos da libertad a sus miembros en cuestiones teológicas.

El Espíritu Santo en la teología mística

Una de las ramas tradicionales de la teología cristiana es la teología mística. En ella, se tratan aquellos aspectos de la teología que tienen que ver con el perfeccionamiento y la deificación del hombre, entendiendo por deificación su restitución a la dignidad espiritual perdida a raíz del pecado original. En la mística cristiana, la deificación es el acercamiento entre dos términos, si no contrarios, por lo menos muy alejados entre sí, como son la naturaleza humana y la divina. El hombre debe recorrer la parte del camino que está en su mano recorrer y que consiste en purificar el alma («vía purgativa»). Los distintos ejercicios espirituales de meditación cristiana y la vida monástica en general proveen de técnicas y medios para realizar dicha purgación. Del lado divino se proveen dos ayudas para completar el camino, que son el Hijo y el Espíritu Santo. La obra del Hijo, a través de su encarnación, muerte y resurrección restituye la naturaleza humana a su dignidad original, dirigiendo su acción (su economía) a la humanidad en conjunto y, no tanto, a cada persona individual. Se puede decir que el Hijo asume como propio el arquetipo de la humanidad y se hace modelo de imitación para todo hombre. Sobre la obra del Hijo y, solo porque dicha obra se cumple, puede actuar en plenitud el Espíritu Santo. Su acción complementa la del Hijo porque se dirige a cada persona individual y, no tanto, a la humanidad en general. La obra conjunta del Hijo y del Espíritu es la que, como acto de gracia, permite la deificación. Recibir el Espíritu Santo a través del bautismo, en el contexto de la teología mística, es pasar de la vía purgativa a la «vía iluminativa», ascenso que será completado con la ulterior deificación o «vía unitiva». En el momento de la iluminación, y por medio del Espíritu, el hombre recibe dones espirituales diversos. El siguiente pasaje está extraído de la obra de Basilio, uno de los tres Padres Capadocios.

La relación del Espíritu con el alma no es cercanía […] sino alejamiento de las pasiones, que más tarde atacaron al alma por su amor a la carne y la privaron de la intimidad con Dios. Solamente se acercará al Paráclito si se purifica de la malicia que adquirió por la maldad, y si se levanta hasta la belleza de la naturaleza y si restituye a esa imagen real su forma primigenia a través de la purificación. Pues aquel, como un sol, capturado por una mirada purificada, te muestra en sí mismo la imagen de lo invisible. En la bienaventurada contemplación de la imagen verás la inefable belleza del arquetipo. Por Él (recibimos) la elevación de los corazones, la asistencia de los enfermos, la perfección de los proficientes.

Este iluminaba a los purificados de todas mancha y por la misma comunión con él los vuelve espirituales. Y como (las partes) brillantes y diáfanas de los cuerpos, al caerles un rayo de luz se vuelven resplandecientes y difunden otro resplandor pro sí mismas, así las almas que llevan al Espíritu, iluminadas por el Espíritu, ellas mismas se hacen espirituales y emiten la gracia para los demás. Por tanto, el conocimiento previo de las cosas por venir, la ciencia de los misterios, la percepción de las cosas ocultas, la repartición de los carismas, la ciudadanía celestial, la danza coral con los ángeles, el gozo sin fin, la permanencia en Dios, la semejanza con Dios, la excelencia de las cosas deseadas, (la) vuelven dios.

Basilio de Cesarea. El Espíritu Santo cap IX parr. 23.

Bibliografía. Lossky: op. cit. ; Teófilo Martín: op. cit. pp. 196-200 ; Basilio de Cesárea: op. cit. 143-144

Fuentes: Wikipedia.

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