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fin

Abasuly Reyes – martes, 23 de agosto de 2011, 15:08

Fuente tomada: Diccionario José Ferrater Mora

El vocablo ‘fin’ traduce los términos griego tέλος y latino finis. Según Richard Broxton Onians (The Origins of European Thought About the Body, the Mind, the Soul, the World, Time, and Fate [1951], Parte III, Cap. XII y Addenda XII), estos dos últimos términos tienen múltiples significaciones, pero todas ellas parecen centrarse en la idea de fijación y sujeción. Τέλος parece haber significado originariamente “cinta”, “venda”, “vendaje”, “ligadura”. Ciertos autores derivan finis de figo (— “fijar”, “grabar”, “sujetar”). Onians sugiere que finis era originariamente idéntico a funis ( = “cuerda” ). De ello proceden, tanto para tέλoς como para finis los significados de “frontera”, “límite”, “término”, “cesación”, y, de ello, “finalidad”, “cumplimiento”. También para tέλος, “resultado”, “salida” (en latín: eventus}. Cicerón vierte tέλος por extremum (término extremo o final), ultimum (objeto último, u objetivo) y summum (término supremo). (De fin., III, 26.) Podría decirse asimismo que el “fin” es el término en cuanto delimitación y, en cierto modo, horizonte, o) roj, de algo. El fin es, pues, lo que termina algo y a la vez aquello a que se dirige un proceso hasta quedar “acabado” o “terminado”.

Precisemos: ‘fin’ puede significar “terminación”, “límite” o “acabamiento” de una cosa o de un proceso. Puede entenderse (a) en sentido primariamente, o exclusivamente, temporal, como el momento final; (b) en sentido primariamente, o exclusivamente, espacial, como el límite; en la definición —definitio— o determinación determinatio—; (d) en sentido de “intención”, o “cumplimiento de intención”, como propósito, objetivo, blanco, finalidad. Desde Aristóteles se ha entendido con frecuencia la noción de fin (y la de finalidad) en relación con la idea de causa (Phys., II, 3, 194 b y 32 y sigs.).

El fin es “causa final”, o “aquello por lo cual (o en vista de lo cual)” algo se hace. Así, la salud es fin (o causa final) del pasear, pues se pasea con el fin de conseguir, o mantener, la salud. A veces es difícil distinguir entre el fin como causa final y la causa eficiente. A veces, en cambio, como sucede con las acciones humanas, el fin como causa final es primer principio del obrar (Eth. Nic., VII, 8, 1151 a 16). Conviene distinguir entre el ser para el cual algo es un fin y el fin mismo. Según Aristóteles, en el segundo sentido el fin puede existir en los seres inmóviles, pero no en el primer sentido. La distinción entre la causa final y el fin mismo se expresa con frecuencia en el lenguaje ordinario mediante la distinción entre el fin y la finalidad.

Aristóteles trata del problema del fin en la Física (como causa final), en la Metafísica y en la Ética a Nicómaco. Con frecuencia usa los mismos conceptos y análogas definiciones, pero no siempre los sentidos que tienen los términos usados son similares. Por ejemplo, en la Física y en la Metafísica el fin es el término a que apunta la producción de algo. En la Ética, en cambio, el fin es el término a que apunta la ejecución de algo — el propósito. La semejanza y desemejanza a la vez del concepto de fin en metafísica y en ética reaparece en los escolásticos, pero hay en éstos siempre la tendencia a entender el concepto de fin a base del examen de la idea de fin in genere tal como es realizada en la llamada doctrina de las causas. Así, en Santo Tomás: “El fin no es a causa de otras cosas, sino otras cosas a causa del fin” (In lib. II Met., lect. 4, 316). El fin es lo que explica por qué (o, mejor, para qué) opera la causa eficiente. Como escribió mucho después Wolff (Ontologia, § 932), “aquello por lo cual actúa la causa eficiente se llama fin, y también causa final”. El fin es propiamente la causa de la acción de la causa eficiente (op. cit., 5 933).

Los escolásticos han distinguido entre varias clases de “fin”. Por lo pronto, se distingue entre el fin de la operación (finis operis) y el fin del que ejecuta la operación (finis operantis). Luego se distinguen: el fin inteligente y el fin ciego; el fin interno y el fin externo; el fin inmanente y el fin trascendente; el fin principal y el fin secundario; el fin relativo y el fin absoluto; el fin natural y el fin sobrenatural. No explicaremos en qué consiste cada una de estas nociones, porque se basan en gran parte en un análisis de la noción de fin mediante el sentido común, de modo que el lector colegirá sin dificultad sus respectivos significados. En algunas ocasiones, la distinción es de índole más técnica y a la vez más fundamental. Así ocurre con la distinción entre el fin objetivo y el fin formal. El fin objetivo, llamado también finis qui, es la cosa misma querida (lo que en nuestro vocabulario hemos llamado la finalidad). El fin formal, llamado también finis quo, es la consecución o posesión del fin objetivo (lo que hemos llamado simplemente fin). Como se advertirá, esta distinción corresponde grosso modo a la establecida por Aristóteles. Todas estas especies del fin como causa final tienen, por lo demás, una condición común: la universalidad. En efecto, la causa final penetra o, mejor dicho, se entrecruza con todos los órdenes del ser y del acontecer.

Algunos autores antiguos hablaron de bienes “finales”. Así, los estoicos al llamar las actividades necesarias para el “bienestar”, (Cfr. art. de O. Rieth cit. infra).

Hemos estudiado también el problema del fin y de la finalidad en el artículo Teleología . Allí nos hemos referido a la existencia de sistemas filosóficos basados en la finalidad. Como ejemplos de ellos podernos mencionar el de Leibniz y, en menor medida, el de Lotze. Las discusiones sobre el concepto de fin han sido especialmente vivas en algunas direcciones de la filosofía contemporánea, especialmente en aquellas que se han ocupado del problema de la naturaleza de los seres vivos. Así ha ocurrido, entre otros, con Driesch, Bergson y Nicolai Hartmann. Driesch defiende la idea de finalidad, pero con matices que indicamos en el artículo sobre este filósofo, así como en los artículos sobre la causa y la entelequia . Puede hablarse en su caso de una tendencia al finalismo holológico, es decir, basado en el predominio de la noción de totalidad. Bergson, en cambio, rechaza tanto el finalismo como el mecanicismo, pues ambos son, a su entender, manifestaciones de una concepción de la realidad según la cual ésta se halla ya enteramente dada: o por el pasado (mecanicismo) o por el futuro (finalismo). “La doctrina de la finalidad —escribe Bergson en el Cap. I de L’Évolution créatrice— … implica que las cosas y los seres no hacen sino realizar un programa una vez trazado. . . Como en la hipótesis mecanística, se supone aquí también que todo está dado.

El finalismo así entendido no es sino un mecanicismo al revés. Se inspira en el mismo postulado que él, con la sola diferencia de que. . . coloca delante de nosotros la luz con la cual pretende guiarnos, en vez de colocarla detrás. Sustituye la impulsión del pasado por la atracción del porvenir.” Su única ventaja con respecto al mecanicismo es que no es una doctrina rígida y, por lo tanto, admite correcciones; por eso no puede refutarse definitivamente. En cuanto a N. Hartmann, concibe la finalidad como una categoría del entendimiento (a diferencia de la causalidad, que es una categoría real de los acontecimientos naturales).

La finalidad se contrapone no sólo al nexo causal, sino también a la acción recíproca, a la determinación actual y a la determinación por el todo. Este es el motivo por el cual el pensar teleológico o pensar según los fines es un modo de pensar último — una concepción del mundo y hasta una perifilosofía (v.). El finalismo supone, en efecto, que en la causa reside un fin (como hacía claramente Lotze). N. Hartmann percibe asimismo el entrecruzamiento de la noción de fin en diversas esferas cuando distingue entre varias nociones de finalidad, principalmente las dos mencionadas antes y que parecen seguir siendo las fundamentales: la finalidad como causa final (objeto de la ontología) y la finalidad como propósito de un agente (tema de la ética). En efecto, N. Hartmann distingue varios actos en el nexo final: (1) la posibilidad del fin en la conciencia; (2) la selección del fin por medio de la conciencia; (3) la realización por la serie de los medios fuera de la conciencia. ( 1 ) es pri-mordialmente un concepto ontológico; (2) y (3) son conceptos éticos. Una reciente manifestación del finalismo es el sistema neo-finalista presentado por Raymond Ruyer . Según este filósofo, toda substancia y todo acto pueden ser considerados como “libres”. En vez del monismo determinista y del dualismo determinismo-libertad, Ruyer defiende un monismo indeterminista y finalista. Tal indeterminismo-finalismo rige, pues, según dicho autor, no sólo en la conciencia y en la vida orgánica, sino también en la realidad inorgánica. La activitas prima rige todos los entes, si bien en una jerarquía que va de una actividad (y propósitos) disminuidos hasta una actividad (y propósitos) plenos: actividad intraatómica, actividad orgánica (instintiva), y actividad consciente (valorativa). El hombre es un compuesto de los tres citados modos de actividad.