No se trata de dilucidar si los sentidos engañan siempre y necesariamente; si los sentidos engañaron siempre, y no hubiese, por otro lado, ningún otro criterio para formular juicios estimados verdaderos que el de los sentidos, no podría hablarse de ilusión . El concept o de ilusión se origina cuando se advierte que los sentidos pueden engañar, siquiera sea una vez. Desde entonces se pregunta si no será mejor desconfiar de los sentido s de un modo metódico . Ejemplos de esta desconfianza son numerosos en la historia de la filosofía.

La distinción establecida por los filósofos griegos entre “realidad” y “apariencia” está en parte fundada en la desconfianza en la percepción sensible. El “mundo de la apariencia” es el “mundo de la ilusión”. De este mundo sólo caben “opiniones” (Parménides, Platón) y no “verdades”. Ello no significa siempre, sin embargo, que “el mundo de la ilusión” sea declarado “inexistente”. En rigor, en muchos casos no se trata de eliminarlo, sino de explicarlo , es decir , de averiguar cómo se produce la “ilusión” y de dar una explicación racional de la misma. Este es el sentido que tiene la famosa expresión platónica “salvar las apariencias” (o las “ilusiones”).

El mundo de la ilusión no es el “mundo real”, pero no es tampoco un “mundo completamente imaginario”. La ilusión no desaparece •—como ocurre con el célebre ejemplo del bastón dentro del agua—, pero se intenta mostrar en qué se funda y, con ello, mostrar cuál es la “realidad”.

Denunciar la realidad sensible como “completamente ilusoria ” es imposible a menos que se tenga un criterio por el cual se sabe, o cree saber, en qué consiste para algo “ser verdadero” o “ser real”. Gilbert Ryle ha indicado (Dilemmas, 1954, págs. 94 y sigs.) que los argumentos producidos con el fin de depreciar (y menospreciar) la percepción sensible —y especialmente los argumentos producidos con el fin de depreciar toda percepción sensible— carecen de sentido, por cuanto se fundan en el supuesto (incomprobable) de que “todo es falible”. Pero algo es falible sólo si hay algo que no lo sea y con respecto a lo cual lo sea.

La moneda falsa lo es tan sólo con respecto a la “auténtica” . Los defectos de los sentidos no permiten concluir que los sentidos no sean capaces de percibir adecuadamente; en verdad, hay defectos en los sentidos sólo en cuanto hay posibilidades para ellos de percibir de modo adecuado.

Estos argumentos de Ryle son convincentes, pero no son distintos en substancia de los producidos por la mayor parte de los filósofos que han desconfiado de la percepción sensible excepto en un punto: en que muchos de tales filósofos han tratado de establecer un criterio no sensible con el fin de denunciar —y, de paso, explicar— las “ilusiones”.

La dificultad consiste en saber sí puede establecerse un criterio no sensible para determinar el carácter adecuado o inadecuado, o a veces inadecuado, o siempre y necesariamente inadecuado, de las percepciones sensibles. Muchos filósofos modernos han tratado de mostrar que los criterios establecidos al efecto son aceptables. Así ocurre con Descartes, con Locke y, en general, con todos los filósofos que han distinguido entre cualidades primarias y cualidades secundarias (o de la sensación) (véase CUALIDAD).

La posible ilusión causada por los sentidos se debe, según tales filósofos, a que los sentidos perciben solamente las cualidades secundarias, pero no las primarias. Ello no significa que las cualidades secundarias o de la sensación produzcan siempre ilusiones del tipo de las engendradas por el bastón sumergido en el agua.

En los filósofos de que nos ocupamos ahora el concepto de “ilusión” está ligado al de “apariencia” : las cosas “aparecen” de modo distinto de como “realmente” son — si es que se supone que su ser está constituido por cualidades primarias.

Kant distinguió entre ilusión (Schein) y apariencia ( Erscheinung) (v. APARIENCIA). La verdad o la ilusión no están, según Kant, en el objeto, sino en el juicio sobre él. Por eso Kant estima que los sentidos no pueden errar, simplemente porque no pueden juzgar. Ahora bien, las ilusiones pueden ser de varias clases. Hay las ilusiones empíricas (“ópticas”); éstas se producen con frecuencia cuando la facultad del juicio ha sido descarriada por la imaginación. Las ilusiones empíricas pueden ser corregidas cuando se emplean correctamente las reglas del entendimiento (en su uso empírico). Hay también las ilusiones lógicas, las cuales son producidas por falacias.

Estas ilusiones son engendradas por falta de atención a las reglas lógicas, y pueden elimiarse cuando se presta la debida atención a tales reglas. Hay, finalmente, las ilusiones trascendentales, producidas cuando se procede a ir “más allá” del uso empírico de las categorías, es decir, cuando se intenta aplicar las categorías a “objetos trascendentes” (K. r. V., A 295 sigs. / Β 352 sigs.).

Las ilusiones trascendentale s se hallan tan arraigada s que son muy difíciles de desenmascarar. Como la dialéctica es definida como “lógica de la ilusión”, el estudio de las ilusiones trascendentales se lleva a cabo en la “Dialéctica trascendental” , la cual “se contenta con poner al descubierto la ilusión de los juicios trascendentes, a la vez que tomar precauciones para no ser engañados por ella” (A 297 / Β 354). La ilusión trascendental es “natural” e “inevitable”, por cuanto se apoya en principios subjetivos que aparecen como si fuesen objetivos.

Abasuly Reyes – miércoles, 24 de agosto de 2011, 14:19
Fuente: José Ferrater Mora