Dimensión de la emoción o de la conducta que representa un alta carga o densidad de las vibraciones. La energía física es mas intensa cuanto más alta es la frecuencia de vibraciones, y asimismo ocurre con la energía emocional.

Palabras de la familia de intensidad: magnitud, pasión, vigor, vehemencia, fuerza, entusiasmo, energía, exaltación, potencia, grado, apasionamiento.

Intensidad puede referirse a: El grado de fuerza con que se manifiesta en un fenómeno (un agente natural, una magnitud física, una cualidad, una expresión, etc.). Vehemencia de los afectos del ánimo.

En el latín es donde se encuentra el origen etimológico de la palabra intensidad que es fruto de la suma o unión de tres partículas claramente diferenciadas: el prefijo –in que equivale a “hacia dentro”, el vocablo tensus que es sinónimo de “extendido” y finalmente el sufijo –dad que significa “cualidad”.

Nivel de fuerza con que se expresa una magnitud, una propiedad, un fenómeno, etc. Lo intenso, por lo tanto, suele hacer referencia a lo vehemente o impetuoso. Por ejemplo: “El ciclista mostró una gran intensidad en la última etapa y se hizo con la competición”“La banda tiene una intensidad especial en vivo”“Los amores hay que vivirlos con intensidad”.

Así, con respecto al aspecto sentimental o emocional es frecuente que se haga uso del término intensidad para referirse a esa fuerza que se tiene en determinados momentos en ese sentido. Un claro ejemplo puede ser el siguiente: “Juan Antonio vivió con tal intensidad su boda que no pudo evitar llorar al finalizar la ceremonia eclesiástica”.

Para la Física

Intensidad de campo –en:Field strengthpt:Intensidade de campode:Feldstärke

Intensidad de campo eléctrico | Intensidad de campo magnético | Intensidad del campo gravitatorio

4 Conceptos Asociados:

Intensidad de corriente o de corriente eléctrica, es la magnitud física que expresa la cantidad de electricidad que atraviesa un conductor en una unidad de tiempo.

Intensidad eléctrica de Planck es la unidad de intensidad eléctrica.

Intensidad de sonido es la magnitud física que expresa la mayor o menor amplitud de las ondas sonoras. Sonoridad (intensidad)

Intensidad luminosa es la magnitud física que expresa el flujo luminoso emitido por una fuente puntual en una dirección determinada, por unidad de ángulo sólido. Láser ultra intenso

El Constructo de Intensidad Afectiva:
Una Revisión en el campo de la Psicología.

Beatriz Ortiz Soria. Universidad de Murcia (Spain)

Introducción:
El establecimiento de las dimensiones generales que permitan describir el espacio afectivo ha sido una preocupación constante para la Psicología de la Emoción. Un examen inicial de este campo muestra una multiplicidad de posturas en torno a la estructura dimensional del afecto; sin embargo, las líneas fundamentales de investigación revisadas recientemente (Bradley, 1994; Diener, Smith y Fujita, 1995; Watson y Tellegen, 1985) senalan las dimensiones de valencia y arousal o intensidad como los parámetros fundamentales que caracterizan la experiencia emocional. La cualidad emocional caracteriza la emoción como agradable o desagradable, positiva o negativa, mientras que la intensidad emocional representa el grado de activación (cognitiva, fisiológica y motora) que acarrea la reacción emocional, el grado de expresión de esta respuesta, así como la fuerza con que se experimenta subjetivamente.

Pese a los datos que avalan la solidez de estas dimensiones y su implicación directa en la organización conductual (Gilboa y Revelle, 1994), la consideración del parámetro de cualidad afectiva como una dimensión bipolar (afecto positivo-negativo) o bien como dos dimensiones unipolares (positiva y negativa) es una cuestión que se debate todavía (Diener, Smith y Fujita, 1995).

Larsen y Diener (1987) pretenden solucionar esta controversia proponiendo un modelo alternativo del afecto que plantea una estructura compuesta por dos dimensiones independientes entre sí: frecuencia e intensidad. La frecuencia se define como el promedio de tiempo durante el cual las personas experimentan predominantemente afecto positivo o negativo, mientras que la intensidad es entendida como el grado en que las emociones son experimentadas independientemente de la valencia de éstas. Es éste el núcleo principal del constructo desarrollado por Larsen y Diener, la comprensión de las diferencias individuales en intensidad de respuesta a idénticos estímulos emocionales.

Es decir, el constructo de intensidad del afecto hace referencia a las diferencias individuales en la intensidad con que las personas experimentan sus emociones (Larsen y Diener, 1987). Esta característica es independiente de la valencia de la emoción, las personas que experimentan de manera intensa emociones positivas tienden a experimentar de la misma manera las emociones negativas (Diener, Larsen, Levine y Emmons, 1985), así como de la frecuencia y de la propia intensidad del estímulo elicitador.

Asimismo se constata que las diferencias en el constructo se mantienen estables en el tiempo y son consistentes a través de los diversos contextos situacionales como queda confirmado al enfrentar a los sujetos tanto a situaciones de laboratorio como a la realización de registros diarios del nivel de afecto en situaciones cotidianas (Diener y Larsen, 1984; Larsen et al., 1986).

Delimitación Conceptual y Tentativas Explicativas.

Pese a que han sido diversos los intentos explicativos sobre las diferencias en la intensidad con que la gente experimenta los afectos, no se ha elaborado hasta ahora un modelo teórico que dé cuenta de forma satisfactoria de estas diferencias. Así, los modelos explicativos hasta ahora desarrollados pueden estructurarse del siguiente modo:

Explicaciones basadas en la teoría de la regulación del arousal.

Derivada de los trabajos de Yerkes y Dodson (1908) sobre las relaciones entre activación y rendimiento, postula la existencia de diversos mecanismos para compensar diferencias en niveles basales de arousal y conseguir un óptimo nivel de activación que permita un correcto funcionamiento global del sistema. Los principales mecanismos identificados son la regulación de la estimulación sensorial, la actividad comportamental y las respuestas emocionales. En esta última línea Larsen y Diener (1987) que las diferencias individuales en intensidad de respuesta se derivan de la necesidad de regular diferentes niveles basales de arousal.

Explicaciones psicobiológicas.

Se centran fundamentalmente en el estudio de diferencias hormonales y en la actividad de determinados neurotransmisores, así como en conceptos como el de resistencia del sistema nervioso de Pavlov (Larsen y Diener, 1987). Más recientemente, Davidson y colaboradores (1990) senalan que las diferencias individuales en asimetría cerebral anterior están vinculadas con diferencias en reactividad emocional y disposición de humor. Sin embargo, estas tentativas explicativas aun no han aportado datos concluyentes que confirmen o refuten las hipótesis propuestas.

Explicaciones sociales.

Interpretan las diferencias en IA como el fruto del impacto diferencial de las presiones sociales que ejercen un control sobre las expresiones de las respuestas emocionales. Las explicaciones provenientes del campo social se centran fundamentalmente en la explicación de las diferencias individuales en IA en función del sexo (Diener, Sandvik y Larsen, 1985; Fujita, Diener y Sandvik, 1991), centrándose en los conceptos de estereotipos sexuales y expectativas de roles. No obstante, aunque las explicaciones elaboradas desde este ámbito pueden considerarse plausibles, es preciso realizar investigaciones que delimiten el papel de los factores sociales sobre el fenómeno afectivo.

Explicaciones basadas en el procesamiento cognitivo.

Larsen, Diener y Copranzano (1987) sugieren que las diferencias en IA están relacionadas con determinadas operaciones cognitivas que acaecen durante la exposición a estímulos emocionales y que introducen sesgos en la evaluación de éstos. Estas operaciones, que discriminan a las personas cuyas puntuaciones se sitúan en los polos extremos del constructo, se ponen en marcha predominantemente ante estímulos de valencia emocional y no ante estímulos neutros, son estables en el tiempo y no dependen del tono emocional de la estimulación presentada. Los principales sesgos cognitivos directamente implicados en el procesamiento de la información emocional (positiva o negativa) en las personas que obtienen altas puntuaciones en el constructo son la personalización, la abstracción selectiva y la sobregeneralización. Es decir, las personas que reaccionan intensamente a los estímulos emocionales otorgan una importancia crucial a los sucesos considerándolos fundamentales para sí mismo, muestran un alto nivel de empatía, realizan asociaciones globales basándose en datos particulares además de construir elaboraciones fantasiosas basadas en éstos.

Actualmente, pese a que ninguno de estos modelos han dado cuenta de forma satisfactoria de las diferencias en la intensidad con que se experimentan los afectos, quizá de la integración de las perspectivas anteriormente esbozadas pueda extraerse una explicación más satisfactoria.

A la hora de delimitar conceptualmente el constructo de IA se plantea la distinción entre la concepción de éste bien como una dimensión de temperamento o un rasgo de personalidad. Para dar respuesta a esta cuestión Larsen (1991) distingue entre los conceptos de “contenido emocional” y “estilo emocional”, bajo el primer concepto incluye las típicas emociones que probablemente una persona experimentará durante el tiempo (afecto positivo o negativo), mientras que el segundo se refiere al modo en que son experimentadas; es decir, si nos referimos al estilo emocional el concepto fundamental es el de IA o nivel de reactividad o variabilidad de la reacción emocional de un sujeto (Larsen y Diener, 1987). Es decir, mientras que las dimensiones básicas en personalidad, extroversión y neuroticismo, representan diferencias en vulnerabilidad a diversos estados afectivos, así como la disposición a responder con emociones específicas a idénticos estímulos emocionales (Rusting y Larsen, 1997; McFatter, 1998), la IA se identifica como un estilo emocional, una forma peculiar de experimentar y responder ante las situaciones.

Finalmente, la intensidad afectiva se distribuye de forma desigual entre los sexos y los diversos grupos de edad (Fujita, Diener y Sandvick, 1991; Diener, Sandvik y Larsen, 1985). Así, las mujeres difieren de los hombres en la intensidad con que experimentan sus emociones, las mujeres se manifiestan emocionalmente más intensas que los hombres, pero no en lo que se refiere a la frecuencia con que éstas se experimentan o a su tono emocional; del mismo modo, se observa un efecto significativo entre los niveles de intensidad afectiva y la edad, ya que a medida que aumenta la edad los niveles en el constructo disminuyen, si bien las personas que se han manifestado como emocionalmente más intensas lo continúan siendo en referencia a los sujetos de su mismo grupo de edad. No obstante, resulta necesario en el primer caso el abordaje de estudios transculturales que permitan delimitar la universalidad o especificidad cultural de estas diferencias, y en el segundo el desarrollo de modelos longitudinales de investigación que permitan determinar la relación intensidad afectiva y edad.

Pese a estos datos que parecen avalar su validez, el desarrollo del constructo de intensidad afectiva ha recibido diversas críticas provenientes fundamentalmente de los trabajos de Cooper y McConville (1989, 1993, 1995) quienes discuten tres aspectos básicos del desarrollo del mismo, a saber: la relación entre intensidad del afecto positivo y negativo de la que se infiere el constructo de intensidad afectiva es considerada por estos autores carente de rigor estadístico, rechazan la validez de las dimensiones de afecto positivo y negativo por considerarlas equivalentes a los constructos de ansiedad y extroversión y por tanto innecesarias, así como la validez de la escala disenada por Larsen (AIM; 1984) a la que achacan el no proveer de una medida pura de intensidad afectiva sino de una mezcla de frecuencia e intensidad. No obstante, no abogan por el abandono del constructo sino por la elaboración de instrumentos de evaluación válidos y fiables que permitan comprobar la validez y utilidad del mismo.

PROCEDIMIENTOS DE EVALUACIÓN
   Para dar cuenta de la complejidad de la experiencia emocional se hace necesario el empleo de diversos procedimientos entre los que destacan la observación facial, los registros fisiológicos y los autoinformes que, dado su escaso coste y su facilidad de aplicación se constituyen en el principal método de evaluación, a pesar de las distorsiones que pueden provocar en los datos derivados de ellos fenómenos como la simulación, la deseabilidad social o tendencias de respuesta como la aquiescencia o los errores escalares (Fernández Ballesteros, 1980). A este grupo pertenecen los principales instrumentos de evaluación empleados en la medida de la IA, en los que nos detendremos brevemente:

Registros diarios de afecto

Se basan en la consideración de que la intensidad emocional nos permite predecir la reacción emocional a los sucesos cotidianos (Larsen, Diener y Emmons, 1986). Supone solicitar al sujeto el registro de sus experiencias emocionales cotidianas mediante la selección de un adjetivo por día que muestre la intensidad con que experimentó cada afecto.

La IA positiva se evalúa como el promedio de los días en que predomina el estado afectivo positivo, mientras que la intensidad afectiva negativa será el promedio de los días predominantemente negativos. El nivel general de IA se computa en base al promedio entre la intensidad afectiva positiva y la intensidad afectiva negativa (Larsen y Diener, 1987). Pese a presentar unas propiedades psicométricas aceptables, buena fiabilidad test-retest y alta validez ecológica, los inconvenientes derivados de su aplicación (técnicas de muestreo de tiempo intrusivas, influencia de sesgos de memoria, así como la necesidad de su prolongación durante un periodo suficiente para garantizar su fiabilidad) hacen que no sea el procedimiento de evaluación más indicado, sobre todo si la intensidad afectiva es un constructo a emplear en posteriores análisis y su evaluación no constituye el objetivo central de la investigación.

Schimmack y Diener (1997) proponen recientemente una nueva aproximación que trata de evitar los problemas derivados de la confusión entre frecuencia e intensidad que pueden conllevar este tipo de procedimientos. Con esta nueva aproximación se pretende disponer de una medida independiente de la intensidad de afectos discretos, de la frecuencia de estos afectos así como de las interrelaciones entre ambos. Es decir, el objetivo es pedir a los sujetos información independiente sobre la frecuencia e intensidad de sus experiencias afectivas (Reisenzein, 1995).

Affect Intensity Measurement: AIM (Larsen, 1984)

La Escala de Intensidad Afectiva de Larsen (1984) es un autoinforme que mide la intensidad de la reacción afectiva de los sujetos ante los sucesos y situaciones emocionales. Consta de 40 ítems mediante los cuales los sujetos deben valorar su reacción ante las diferentes situaciones que se proponen en una escala tipo Likert de 6 niveles: Nunca (1), casi nunca (2), a veces (3), regularmente (4), casi siempre (5), siempre (6).

Los ítems recogen un amplio abanico de reacciones emocionales tanto positivas como negativas, presentan situaciones definidas y abiertas así como las diferentes vías por las que se pueden manifestar estas respuestas (reacciones corporales específicas, aspectos relacionados con el procesamiento cognitivo, etc.).

Las propiedades psicométricas de la escala son satisfactorias; Larsen (1984) senala una alta consistencia interna (coeficiente alfa en el rango de 0.90 a 0.94) y una fiabilidad test-retest muy satisfactoria (r=0.75; p<.01) en un intervalo de dos anos entre ambas aplicaciones, mostrando correlaciones superiores a 0.80 en intervalos temporales inferiores. Además numerosos datos empíricos apoyan su validez de constructo (Larsen et al., 1986; Larsen, 1987; Larsen et al., 1987). Los resultados obtenidos por la AIM no se solapan con los obtenidos en pruebas que miden ansiedad, depresión o frecuencia de hechos vitales (Larsen et al., 1987), no se observan efectos de un “set de respuesta extrema” o tendencia a responder con valores extremos (Larsen, 1984), ni relación con medidas de mentira (Eysenck y Eysenck, 1964), de deseabilidad social (Crowne y Marlow, 1964), de fingimiento (Cattell, Eber y Tatsnoka, 1970) y de defensividad o infrecuencia (Jackson y Messick, 1970).

Si bien como senalábamos anteriormente, se dispone de datos que avalan sus propiedades psicométricas, en la actualidad no se ha alcanzado aun consenso en torno a su composición factorial. Mientras que para Larsen (1984) la estructura factorial de la escala queda satisfactoriamente representada por cinco factores de primer orden que se reducen a la unidimensionalidad en un análisis de segundo orden, diversos trabajos posteriores cuestionan esta estructura (Williams, 1989; Weinfurt, Bryant y Yarnold, 1994; Ortiz, 1997) proponiendo un modelo alternativo de 4 factores (afectividad positiva, serenidad, intensidad negativa, reactividad negativa), prácticamente coincidentes en los tres modelos, dos relacionados con el afecto positivo y dos con el negativo. Asimismo Bryant y colaboradores (1996) plantean una estructura de tres factores basada en la diferencia entre los conceptos de reactividad e intensidad.

Actualmente el problema de la composición factorial de la AIM permanece inconcluso, de hecho prácticamente todas las investigaciones recientes la emplean asumiendo su supuesta composición unidimensional (Blankstein, Flett, Koledin y Bortolotto, 1989; Emmons y King, 1989; Flett, Blankstein, Bator y Pliner, 1989; Larsen, Diener y Copranzano, 1987). No obstante, el AIM continúan siendo el principal instrumento de evaluación de la intensidad afectiva y el que parece poseer propiedades psicométricas superiores.

Emotional Intensity Scale: EIS (Bachorowski y Braaten, 1994)

Autoinforme de 30 ítems que pretende dar respuesta a las críticas lanzadas a la AIM. El formato de presentación y respuesta de los ítems consiste en la elección de una opción entre varias alternativas representadas por proposiciones situadas una a continuación de otra. El rango de puntuación de cada ítem varía de 1 a 5. El rango total de la escala oscila de un mínimo de 30 a un máximo de 150 puntos.

Pese a que los autores senalan una consistencia interna satisfactoria (a =0.90), así como una buena fiabilidad test-retest (r=0.83; p<.001), esta escala es criticada por centrarse sólo y de manera redundante en ciertos estados emocionales; es decir, sus ítems no constituyen una muestra representativa de la variedad y complejidad de la experiencia emocional.

Escala de Reacciones Emocionales a Contingencias Externas: ERECS (Braaten y Rosén, 1997)

Autoinforme de 26 ítems que pretende medir mediante una escala tipo Likert de 7 niveles, la fuerza (vigor) de las reacciones emocionales de una persona a situaciones determinadas que implican recompensa o castigo; es decir provee de una medida de las reacciones emocionales subjetivas de una persona a determinadas consecuencias. La puntuación total en el autoinforme oscila desde un mínimo de cero a un máximo de 78.

La escala presenta una alta consistencia interna a = 0.88 (Braaten y Rosén, 1997); resulta resenable también la aparición de diferencias significativas en las puntuaciones entre hombres y mujeres, datos consistentes con otros estudios del funcionamiento emocional que muestran que las mujeres son emocionalmente más intensas que los hombres (Bachorowski y Braaten, 1994; Fujita et al., 1991; Larsen y Diener, 1987). No obstante, el empleo de este autoinforme no es aconsejable si se pretende obtener un índice global de intensidad emocional, aunque sí puede resultar útil como instrumento para medir la intensidad de las reacciones emocionales en situaciones muy específicas.

Tarea de evaluación de escenarios: SRT (Schimmack y Diener, 1997)

Consta de 30 descripciones (30-60 palabras) elicitadoras de emociones, previamente seleccionadas de un total de 460 escenarios recogidos de Reisenzein y Hoffman (1993). La tarea consiste en evaluar la presencia e intensidad de 10 emociones en una escala de 7 puntos, en la que el cero implica la ausencia de afecto y las restantes categorías indican su presencia así como la intensidad con que se produce. Todos los sujetos deben evaluar los mismos escenarios. Presenta dos ventajas fundamentales frente a otros procedimientos de evaluación de la intensidad afectiva puesto que estandariza las situaciones que elicitan emociones y admite que las emociones tienden a concurrir durante los sucesos; es decir obtener diversos juicios de afecto para cada escenario hace más probable que se capte la intensidad de la reacción, independientemente de la cualidad de la reacción emocional elicitada. Pese a esto todavía no se dispone de datos que avale su validez y fiabilidad como instrumento de evaluación de la intensidad afectiva.

LA INTESIDAD AFECTIVA EN EL ÁMBITO APLICADO

Revisaremos el papel de las diferencias en la intensidad con que la gente experimenta las emociones en tres áreas fundamentales: el ámbito psicológico, de la salud y en el comportamiento social tanto de los individuos como de los grupos.

Efectos emocionales

Experimentar intensas emociones positivas no sólo no está vinculado con un aumento de la percepción subjetiva de felicidad, sino que además conlleva consecuencias emocionales para la persona que las experimenta (Diener, Colvin, Pavot y Allman, 1991). Este hecho es explicado por los autores por la existencia de una especie de fenómeno rebote entre la experiencia emocional positiva y negativa, provocado porque la experiencia de intensas emociones (positivas o negativas) sirve de contexto en el que se evalúan las situaciones posteriores influyendo en estos juicios. De este modo, la experiencia de intensas emociones positivas llevará asociada la experiencia de emociones negativas de mayor intensidad.

Las personas que experimentan sus emociones de forma intensa pagan, por tanto, un precio psicológico por sus experiencias, que se manifiesta en buena medida cuando se ven enfrentados a situaciones de estrés. El empleo de una forma desadaptativa del afrontamiento centrado en la emoción (dimensión de autoculpa) unido a la creencia en la incapacidad de controlar los propios estados emocionales, rasgos característicos de estos sujetos, les provoca dificultades de ajuste ante situaciones en las que se les demanda una respuesta de afrontamiento adaptativa. En esta línea, constatamos recientemente (Ortiz Soria, 1998) que los sujetos que experimentan sus emociones intensamente presentan niveles superiores de activación autónoma que los sujetos con puntuaciones bajas en el constructo ante tareas de inducción experimental de estrés en laboratorio. No obstante, son necesarios posteriores estudios que permitan delimitar el papel de la intensidad afectiva en el grado de adaptación de los sujetos a situaciones estresantes.

Del mismo modo, la importancia de los niveles de intensidad emocional en el área de los trastornos psicológicos queda ya de manifiesto en 1974 en los trabajos de Fahy, quien senala este factor como uno de los criterios considerados por los médicos británicos para derivar a los pacientes ambulatorios a especialistas en salud mental.

Esta línea es desarrollada posteriormente por Flett y Hewit (1995) quienes analizan la vinculación entre la IA y diversos trastornos catalogados en los ejes I y II del DSM-III-R (APA, 1987). Así en lo que se refiere al eje I fundamentalmente, la IA aparece vinculada con hipomanía, ciclotimia, formas moderadas de trastorno bipolar o riesgo de desarrollarlas, síntomas somatoformes o tendencia a experimentar trastornos psicosomáticos, abuso de alcohol y pensamientos o ilusiones psicóticas, además de con medidas de potencial abuso de drogas y depresión psicótica. Dentro de este mismo eje diagnóstico, la relación entre IA y depresión ha merecido un especial interés por parte de los investigadores, siendo estudiado su papel en el desarrollo de modelos mediacionales de depresión (Mongrain y Zuroff, 1994), si bien no ha sido posible establecer una vinculación directa entre el constructo y esta patología.

Junto con la necesidad de posteriores estudios que confirmen la vinculación de la intensidad afectiva con estos trastornos, parece útil el desarrollo de modelos comprehensivos de psicopatología que incorporen las diferencias en la intensidad con que la gente experimenta los afectos como factor premórbido en el desarrollo de determinadas patologías, siempre que aparezca conjuntamente con otros factores ya que su presencia aislada no implica necesariamente la existencia de desajuste (Ortiz Soria, 1998)

Intensidad afectiva y salud

El afecto juega un papel importante en el estatus de salud percibido por las personas (Salovey y Birnbaum, 1989). Afecta al proceso de evaluación de los síntomas, a las expectativas acerca de la propia habilidad para desarrollar conductas promotoras de salud, así como en la creencia en la propia vulnerabilidad a la enfermedad.

Dada esta vinculación entre estado afectivo y salud, Larsen y Diener (1987) examinan las relaciones entre la intensidad afectiva y los autoinformes de sujetos acerca de problemas somáticos. De este examen se deduce que si bien no es posible establecer una relación entre IA y un nivel objetivo de salud, sí lo es vincularla con una dimensión de distrés somático que se manifiesta en el número de síntomas de los que se quejan los sujetos así como en un rasgo de sensibilidad al dolor que hacen que las personas con niveles altos en el constructo sean especialmente propensas a ser diagnosticadas de ciertos desórdenes (dolores leves, problemas gástricos, dermatológicos, etc.) por su tendencia a manifestar síntomas físicos.

Paradójicamente esta dimensión de distrés somático no parece afectar a los niveles de satisfacción con la vida que presentan estas personas. Es decir, aunque informan de un mayor número de síntomas somáticos, éstos no parecen hacerles menos felices o influir en su nivel general de bienestar (Larsen y Diener, 1987).

Área social

Las personas con niveles altos de IA son más sociables, tienden a preferir relacionarse con otros a estar solos, presentan mayor expresividad y sensitividad social; es decir, son más hábiles socialmente y asertivos, tienen más habilidad para decodificar las expresiones emocionales de otros, a la vez que poseen vidas sociales más complejas. Es decir, aparecen vinculados con mayor frecuencia y de forma exitosa en conductas que implican ricas interacciones sociales (Larsen y Diener, 1987).

El papel de la IA en el campo social no sólo está limitado a las relaciones interpersonales, la influencia del constructo en los procesos de formación de actitudes se refleja en terrenos como el de la formación de estereotipos, el desarrollo de conductas intergrupales (Haddock, Zanna y Eses, 1994), o en la susceptibilidad al contenido de los mensajes publicitarios (Moore, Harris y Chen, 1995).

CONCLUSIONES

A pesar de la evidente importancia de los aspectos cuantitativos en el análisis de la experiencia emocional (los sujetos generalmente realizan sus juicios sobre emoción en términos de duración, intensidad, frecuencia, etc.) la tradición investigadora en este terreno se centra fundamentalmente en la realización de distinciones cualitativas (diferenciación entre varios estados afectivos) prestando escasa atención a las dimensiones cuantitativas de la experiencia emocional. El estudio de una dimensión general de intensidad supone, por tanto, una ampliación de las perspectivas tradicionales de análisis de la experiencia emocional; no obstante, los problemas inherentes al modelo de la experiencia afectiva propuesto por Larsen y Diener (1987) plantean dificultades derivadas del propio concepto de intensidad. En este sentido se sitúan las aportaciones de Fridja y colaboradores (1992) quienes proponen la necesidad de distinguir múltiples aspectos de la intensidad emocional como la amplitud de la reacción o su duración; en la misma línea, y posteriormente, Gilboa y Revelle (1994) afirman que resulta imposible asumir que los sujetos usan criterios estables en su elaboración de juicios emocionales sobre intensidad. Estos autores identifican dimensiones como pico de intensidad, duración, rumiación, vigor del cambio cognitivo, etc., como aspectos relativamente independientes de la dimensión de intensidad. Es decir, es posible que al evaluar una emoción como la tristeza los sujetos se centren fundamentalmente en la duración, mientras que si el juicio se realiza sobre la ira, quizá el criterio más saliente sea el del pico de intensidad.

Nos encontramos aquí con una cuestión fundamental, todavía no resuelta que constituye un aspecto controvertido en el desarrollo del constructo de intensidad afectiva. De este modo, las discusiones suscitadas en torno a la composición factorial de la AIM no son sino un reflejo del enfrentamiento entre la visión global y unidimensional defendida por Larsen, y una visión más compleja del constructo que se manifiesta en la estructura multifactorial que aparece en investigaciones posteriores (Williams, 1989; Weinfurt, Bryant y Yarnold, 1994; Ortiz, 1997).

Por tanto, pese a que si bien no es posible, ni parece razonable ignorar el volumen de investigación hasta ahora desarrollado sobre la base de un modelo global de intensidad, sí parece urgente dar respuesta a diversas cuestiones que permitan dar cuenta de la riqueza y complejidad de esta dimensión, evitando así la formulación de hipótesis y conclusiones parciales o erróneas que dificulten el avance de la investigación:
?La investigación debe continuar asumiendo una noción global y general de intensidad, o los esfuerzos deben centrarse en el análisis de los posibles subconstructos que encierra esta dimensión? La utilización de un modelo multidimensional favorecería la validez de constructo, facilitando una mejor comprensión no sólo de lo que es la intensidad afectiva sino también de lo que no es (Yarnold y Bryant, 1988); no obstante esto no significa que los investigadores deban abandonar el concepto global de intensidad afectiva ya que desvirtuaría la importancia global del constructo de intensidad e ignoraría como subrayábamos anteriormente una literatura extensa que ha documentado diferencias individuales en intensidad afectiva empleando el modelo global de intensidad (Ortiz Soria, 1997).

En el ámbito de la evaluación surge asimismo una cuestión importante; si tal como indican Thomas y Diener (1990) existe una tendencia de los sujetos a confundir la frecuencia de sus emociones con la intensidad de las mismas cuando se les solicita juicios de intensidad, y teniendo en cuenta como indican Schimmack y Diener (1997) que los sujetos cuando responden a los autoinformes tienden a valerse de las experiencias personales del pasado pudiendo reflejar entonces no sólo diferencias en disposición para experimentar intenso afecto sino también diferencias en los eventos que manejan cuando elaboran sus juicios de intensidad, ?resulta adecuado el empleo de autoinformes como procedimiento de evaluación de la intensidad afectiva? , ?los procedimientos de evaluación hasta ahora empleados proveen de una medida pura de intensidad afectiva o resultan afectados de forma significativa por los posibles sesgos anteriormente senalados?

Finalmente posteriores estudios que confirmen nuestros resultados iniciales (Ortiz Soria, 1998) que sugieren la existencia de un patrón diferencial de reactividad al estrés en los sujetos que experimentan intensamente sus emociones, podrían abrir una interesante línea de investigación en el marco del interés por el papel del procesamiento de los afectos en la etiología de los trastornos psicofisiológicos (Martínez-Sánchez y Fernández Castro, 1994), que determine si los sujetos que experimentan sus emociones de forma intensa son más propensos o padecer a medio o largo plazo los efectos patógenos de estrés.

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