Abasuly Reyes – jueves, 1 de septiembre de 2011, 18:41

Según el diccionario José Ferrater Mora, muchos escolásticos usaron el término máxima en la expresión propositio máxima, por la cual entendían una proposición a la vez evidente e indemostrable por no haber otra anterior en la cual apoyarse.

Para distinguir entre la propositio máxima y cualquier otra proposición expresando una notifia intuitiva y directa de una realidad particular que también podía ser considerada como evidente e indemostrable se indicaba que la propositio máxima es una proposición de alcance universal, es decir, un principio. La propositio máxima era, por tanto, equivalente a un axioma , tal como se desprende de la definición dada de tal proposición por Santo Tomás en su comentario a los Pr. An. (l anal, 5 e): la propositio máxima es aquella quam necessere est höhere in mente et ei assentire quemlibet, qui doceri débet.

Más tarde se entendió por propositio máxima un principio de la ciencia, el cual puede ser obtenido por medio de una generalización de hechos particulares y puede poseer, por tanto, un carácter de máxima probabilidad. Tal es el caso de las axiomata generalissima de que habla Francis Bacon a diferencia de las axiomata media, que son intermedias entre aquellas y los hechos particulares ( Novum Organum, II, 5 ). Leibniz se refiere a una distinción entre proposiciones evidentes exterminis y máximas. Estas últimas “son consideradas a veces como proposiciones [bien] establecidas, tanto si son evidentes como si no lo son”. “Ello puede ser bueno agrega para los principiantes, pero cuando se trata de establecer los fundamentos de la ciencias es otra cosa. Es así como son consideradas a menudo en la moral e inclusive entre los lógicos en sus tópicos. .. Por lo demás, hace tiempo que he anunciado públicamente y en privado que sería importante demostrar todos nuestros axiomas secundarios, de los cuales nos servimos de ordinario, reduciéndolos a los axiomas primitivos, o inmediatos, e indemostrables, que son los que llamaba hace poco los idénticos” (Nouveaux Essais, IV, vii, 5 1). Locke habla de “las máximas” en el Essay, IV, viii, diciendo que “hay una clase de proposiciones que, bajo el nombre de máximas o axiomas, han sido consideradas como principios de la ciencia, y por ser evidentes por sí mismas se ha supuesto que eran innatas, sin que nadie, que yo sepa, se haya tomado nunca la pena de mostrar la razón y el fundamento de su claridad o validez”. Pero es menester, arguye Locke, preguntarse por la razón de su evidencia. A este respecto Locke estima que el ser evidentes por sí mismos no es algo peculiar a los axiomas admitidos, pues en lo que toca a la identidad y diversidad todas las proposiciones son igualmente evidentes por sí mismas.

La razón de ello es que “la percepción inmediata del acuerdo o desacuerdo de identidad se halla fundado en el hecho de que el espíritu posee ideas distintas”, de modo que “hay tantas proposiciones evidentes por sí mismas como ideas tenemos”. Por otro lado, en la coexistencia tenemos sólo algunas proposiciones evidentes por sí mismas; en otras relaciones podemos tener muchas, y en lo que toca a la existencia real no tenemos ninguna. Las “máximas o axiomas” no son las verdades que conocemos primero. No pueden usarse para probar proposiciones menos generales que ellas ni pueden servir de fundamentos inconmovibles de las ciencias, o de puntos de partida para encontrar verdades todavía no conocidas. Sin embargo, no son totalmente inútiles, pueden usarse para enseñar las ciencias y para las disputas (razón por la cual estuvieron tan en boga entre los escolásticos). Pero de ninguna manera pueden reemplazar las ideas claras y distintas que empleamos en nuestras pruebas.

‘Máxima’ puede ser también empleado, y ha sido empleado cada vez más en el sentido de ‘principio moral’: las máximas fueron entendidas ya desde el siglo xvn también, y hasta sobre todo, como “máximas morales”.

Importante es en este respecto el uso que hizo Kant del término ‘máxima’. En la Fundamentación de la metafísica de las costumbres Kant presenta dos clases de principios: (1) el principio objetivo o ley práctica y (2 ) el principio subjetivo de la volición o máxima. Las máximas son, pues, una clase de principios. A su vez, el llamado principio objetivo puede servir también subjetivamente como principio práctico de todos los seres racionales si la razón teórica alcanza a ejercer poder completo sobre la facultad del deseo. En la Crítica de la razón práctica Kant distingue entre el imperativo, que es objetivamente válido, y la máxima o principio subjetivo, que determina la voluntad sólo en tanto que es o no adecuada al efecto. Las máximas son, pues, principios, pero no imperativos . En cierto modo las máximas pueden considerarse como reglas intermedias entre la ley moral universal abstracta y las reglas de acción concreta para el individuo. Las máximas son a su vez materiales o formales. Las máximas materiales, llamadas también empíricas o a posteriori, están basadas en inclinaciones y se refieren a los fines que constituyen su materia. Las máximas forma les , llamadas también a priori, no dependen, en cambio, de los deseos. Kant se refiere con más frecuencia a las primeras que a las segundas.

En las máximas materiales se manifiestan, en efecto, los principios, de tal modo que puede verse por las primeras cuáles son estos últimos. Por eso Kant parte en sus ejemplos de máximas y habla de “Obrar según máximas tales, que. ..” . Las máximas materiales, en suma, consideran las circunstancias que concurren en nuestros juicios morales, mientras que las máximas formales consideran los motivos y las consecuencias.