Hay opiniones contrapuestas acerca de si el orgullo es una virtud o un defecto… pareciera que depende de la causa. Sin embrago el término entró en el castellano a través del catalán orgull. Y su acepción no es muy positiva ya que hace mención a una autoestima exagerada o elevada,

Orgullopor lo que es tomada como sinónimo de la petulancia, el engreimiento, la jactancia o la afectación de una persona. Lo contrario al orgullo, en este sentido, es la modestia o el recato.

Si desea investigar más, su origen debe buscarse en el fráncico urgôli, del alto alemán urguol (notable). Francés : orgueil ; italiano : orgoglio ; portugués: orgulho.

“Aquel que es demasiado pequeño tiene un orgullo grande”. Voltaire.

¿Qué es el orgullo?

El orgullo es un concepto de doble filo y, como tal, su puesta en escena puede resultar muy favorable o muy desfavorable.

La cara más amable del orgullo, en su connotación más positiva, manifiesta el sentimiento de satisfacción que aparece ante algo propio o cercano que se considera meritorio. En este sentido, todo el mundo ha experimentado un sentimiento de orgullo cuando ha alcanzado una meta o cuando algún ser querido ha sido protagonista de algo loable o ha resuelto con éxito una dificultad, ya puede ser aprobar un examen o intervenir, por ejemplo, en una acción humanitaria.

Para el enfoque ontológico es una emoción básica universal a través de la cual expresamos una sobreestimación, que en muchos de los casos conlleva un desprecio sutil hacia los otros. La persona orgullosa tiene una autovaloración interna que dificulta escuchar la valoración que los otros hacen de ella. Vive como si estuviera más allá del juicio de los otros. Como si su superioridad fuera un hecho. En esto se distingue del vanidoso que vive exponiendo sus atributos buscando ser alabado.

Si decidiéramos centrarnos en una connotación positiva del término, deberíamos vincularlo al respeto y a la valoración que un ser humano tiene de su propia persona o de un ser querido, algo que está relacionado a su intención de vivir de acuerdo a valores, alineados con principios.

Orgullo: ¿Se nace o se hace?

Existen una serie de emociones básicas con las que el ser humano nace, es decir, son innatas. Estas emociones tienen una función biológica que, en un medio natural, nos ayudan a sobrevivir. Se denominan emociones primarias y las más importantes son cólera o enfado, alegría, asco, miedo y tristeza. Las emociones innatas se regulan a través de mecanismos biológicos en los que están implicados los sistemas neuroendocrinos que se activan y retroalimentan según las diferentes circunstancias vitales.

Asimismo, existen otra serie de emociones con las que no se nace, sino que se aprenden a lo largo de la vida que se denominan emociones secundarias. Algunas de las emociones secundarias más frecuentes son amor, sorpresa, vergüenza o aversión. Estas emociones secundarias o aprendidas son, en realidad, conceptos desarrollados a través de una o varias emociones innatas.

Por otro lado, existen una serie de sentimientos emocionales que surgen a raíz de nuestra percepción de las circunstancias y cómo se forma parte de ellas. Entre estos sentimientos están la autoestima, los celos, la vanidad, la compasión o el narcisismo. Estas emociones mucho tienen que ver con la propia percepción de nosotros mismos y de nuestro entorno, así como de las normas sociales con respecto a las cuales entendemos el funcionamiento del mundo.

El orgullo forma parte de este último grupo de emociones y es, por tanto, algo aprendido que se crea a través de la educación social y nuestra autopercepción.

¿Por qué somos orgullosos?

Hay personas que no manifiestan sentimientos de celos ni orgullo, pero no suele ser lo más frecuente. La mayor parte de las personas han experimentado este tipo de emociones en más de una ocasión en sus vidas. La razón es porque se aprende a emitir conductas de este tipo derivadas de circunstancias que activan una emoción.

El orgullo es el “no ceder”, “no rebajarse”, “no dejar pasar”, “no ponerse a la altura de…”, etc., a pesar de que podemos salir perjudicados con estas actitudes. Se produce una especie de “daño” personal que impide realizar una determinada conducta que, seguramente, sería mucho más lógica y sensata que el orgullo en sí mismo. Ceder, rebajarse, no dejar pasar o ponerse a la altura de son conceptos aprendidos socialmente y, además, totalmente subjetivos. En realidad, si ante una cesión se recibe una recompensa o un beneficio, sería totalmente ilógico y absurdo no ceder, puesto que nos quedaríamos sin nada.

¿Por qué entonces aparece el orgullo? De esto tienen mucha culpa determinados errores y sesgos de pensamiento por los que se cree que cediendo ante determinadas circunstancias no sólo nos estamos doblegando, sino que también nos humillamos o, incluso, perdemos estima. Se trata, por consiguiente, de una percepción errónea de la realidad objetiva.

A pesar de que el orgullo parece salvaguardar, de cierto modo, la estima, lo que ocurre es todo lo contrario. Cuando una persona cede ante una determinada situación su estima nunca se ve comprometida, ya que ésta comienza y termina en uno mismo. Por el contrario, valorarse a uno mismo por esta clase de comportamientos denota una gran falta de autoestima. La autoestima no entiende de conceptos como “rebajarse” o “ponerse a la altura”, como tampoco del sentido del ridículo. La autoestima es inmune a las opiniones ajenas.

Existen determinadas creencias erróneas que dan a entender que las personas tienen derecho a manifestar su enfado o su opinión. El derecho de manifestar un enfado u opinión es legítimo, pero no actuando de modo agresivo. El orgullo, a pesar de que se manifiesta de una forma pasiva en ocasiones, es agresivo en cuanto se cierra la posibilidad a la solución del conflicto. No solo nos priva del beneficio, sino que también priva a la otra parte.

Se trata pues de una emoción castrante, inhabilitadora e infantiloide. El orgullo es un modo pueril y poco maduro de solucionar un problema que desemboca en que nosotros mismos y la otra parte pierda en beneficios, consecuencia que a su vez dota a este sentimiento de ilógica, insensatez e irracionalidad.

El orgullo, por estas cuestiones y otras, como veremos en la segunda parte del artículo, puede ser en gran medida perjudicial, tanto para nosotros como para los demás.

Fuente: Web de Psicodifusión