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Yo

Yo

Yo (ego). Según Freud, es el “principio de realidad”, es consciente y tiene la función de la comprobación de la realidad, así como la regulación y control de los deseos e impulsos provinientes del Ello. Su tarea es la autoconservación y utiliza todos los mecanismos psicológicos de defensa.

El concepto de yo (y su étimo latino egō) es un término difícil de definir debido a sus diferentes acepciones.1 A lo largo de la historia su definición se ha relacionado con otros términos como psique, ser, alma, conciencia. La aproximación académica hace precisiones según la disciplina desde la que se enuncie. El estudio del yo abarca tanto disciplinas de orientación biológica, (psicobiología, neurobiología, neuropsicología, etc.), como disciplinas de corte filosófico y humanista. El término yo se relacionaría con los conceptos de conciencia y cognición.

La pregunta por el yo es quizás uno de los cuestionamientos fundamentales de la humanidad, por lo que no solo ha sido enunciada en el contexto de la ciencia sino en diversos sistemas religiosos y espirituales a lo largo de la historia humana.

En los distintos períodos de la historia han existido diversas opiniones acerca de la índole del yo. Para las concepciones “clásicas”, el yo ha sido una sustancia ya sea un “alma” sustancial o meramente una cosa. Otras teorías niegan toda sustancialidad del yo, considerándole solo como un epifenómeno, una función, o un complejo de sensaciones e impresiones. Por último, han existido también teorías que buscan una solución ecléctica intermedia o que se han fundado en algún otro principio divergente.

El yo en psicología[editar]
En psicología, yo, más frecuentemente (como en antropología) referido con el universal latinismo egō; y en alemán: Ich y en francés je (yo deíctico) o moi (yo pronominal siendo actualmente usado en francés moi como equivalente a egō), se define como la unidad dinámica que constituye el individuo consciente de su propia identidad y de su relación con el medio; es, pues, el punto de referencia de todos los fenómenos físicos, psíquicos y sexuales.

El yo según el psicoanálisis[editar]
Aquí también se debe observar la definición simplista que da el DRAE en relación al egō (o yo) ya que lo define como la instancia consciente de un individuo humano, “instancia por la cual toda persona se puede hacer responsable de su identidad así como de sus relaciones con el medio”.

De acuerdo con el pensamiento de Sigmund Freud, desde la perspectiva del psicoanálisis, el yo es un probador de la realidad, la inteligencia, la razón y el conocimiento de causa y efecto para aumentar la libido, las gratificaciones y poner freno a la pulsión de muerte.8 También es la instancia psíquica que une el ello con el mundo exterior y hace de puente entre el “ello” (o id, ello -en alemán Es- es uno de los nombres que Freud da al inconsciente según sea en la primera o en la segunda tópica freudiana) y el “superyó”, el cual es la conglomeración de un conjunto de mentes grupales que forma una psique ideal. Este puente es lo que hace de una persona un “individuo”, puesto que el “ello” y el “superyó” son conceptos ejemplares. Para Freud, el yo puede estar compuesto de dos partes principales; un sistema de percepción y un conjunto de ideas inconscientes sobre la realidad que se vive. El yo utiliza los rasgos que lo identifican y los ideales del “superyó” para controlar los instintos animales del “ello”.9 Esto, y un deseo por asemejarse al “superyó” buscando terminar con los defectos y ambivalencia personal y tratando de llegar a compararse con un otro fantaseado,10 hacen que el yo se sobreimponga al “ello” y que sea una versión modificada del este. El contacto con la realidad exterior fuera de los ideales del “superyó” puede llevar a casos de manía y otras enfermedades mentales.11

Esquema de la formación del egō (moi) según Lacan, el yo deíctico -je- es el enunciado que “auto”-refiere al moi o ego.
El egō (en francés el Moi) según Lacan,12 es una instancia del registro de lo imaginario y por eso mismo una especie de alienación. El sujeto se ve en su egō. La formación del egō según Lacan implica una primer triangulación entre la madre, el infante y el objeto a . El egō del sujeto se constituye a partir de una percepción especular en un otro (casi siempre la madre o quien cumpla la función materna), la configuración del egō de cada sujeto se produciría principalmente durante el estadio del espejo. El egō no debe ser confundido con la conciencia -pese a que aparenta serla- y menos aún con el sujeto humano: el sujeto humano es $, clivado por la intervención de la función paterna que inscribe al infante en el orden simbólico del lenguaje mientras que, pese a lo aparente, el egō en cuanto imaginario surge en cada ser humano precisamente previo a lo simbólico, en cuanto el egō es algo de la dimensión de lo imaginario y así entonces pregnado por el narcisismo que proviene del otro (el otro en cuanto ese primer grado del otro es la madre, no del Otro que está más allá de la función materna) Lacan crítica a gran parte de los psicoanalistas posteriores a Freud porque estos han creído que la cura psicoanalítica se basaría en reforzar al egō cuando precisamente el reforzar al egō encubre la problemática subyacente en el inconsciente, Lacan entiende que sujeto y persona no son lo mismo y que el egō está referido a persona en cuanto la etimología de persona alude a la máscara con que se actúa.

El yo según la psicología analítica
Desde la psicología analítica de Carl Gustav Jung debe entenderse por «yo» el factor complejo al que se refieren todos los contenidos de la consciencia.

Constituye en cierto modo el centro del campo de la consciencia y, en la medida en que este campo comprende la personalidad empírica, el yo es el sujeto de todos los actos conscientes. La relación de un contenido psíquico con el yo representa el criterio de la consciencia, pues no sería consciente ningún contenido que no se hiciera presente al sujeto.

Aún cuando teóricamente el campo de la consciencia es ilimitado, empíricamente se ve limitado desde el terreno de lo desconocido, que comprende tanto el mundo exterior como el interior o inconsciente. Añade Jung que el yo no es un factor sencillo sino complejo, no pudiendo describirse exhaustivamente. Tendría dos fundamentos: uno somático y otro psíquico.

Somático: se desarrolla a partir de percepciones endosomáticas, ya de por sí de índole psíquica y unidas al yo, siendo conscientes. Dichas percepciones tienen su base en estímulos endosomáticos que pueden ser tanto conscientes como inconscientes.

Psíquico: el yo se basa en todo el campo de la consciencia y en la totalidad de los contenidos inconscientes. Éstos últimos se dividen a su vez en tres grupos:
Contenidos temporalmente subliminales, o reproducibles a voluntad por medio de la memoria.
Contenidos no reproducibles voluntariamente, inconscientes, deducibles por irrupciones espontáneas de contenidos subliminales en la consciencia o también llamados complejos.
Aquellos contenidos que no pueden en absoluto acceder a la consciencia, son contenidos que todavía no han irrumpido o no irrumpirán nunca en ella.

Debe diferenciarse el yo del campo de la consciencia, siendo únicamente su punto de referencia.18 El yo es un factor por excelencia de la consciencia, siendo incluso una adquisición empírica de la existencia individual. Al principio surgiría del choque del factor somático con el medio, desarrollándose posteriormente a partir de nuevos choques tanto con el mundo exterior como interior.19 La totalidad de la personalidad, que abarca también lo inconsciente, no coincide con el yo o personalidad consciente, debiendo diferenciarse de él.

Jung denomina sí-mismo a la personalidad total, subordinándose el yo al sí-mismo y comportándose en relación con éste como una parte con el todo. En el ámbito del campo de la consciencia el yo dispone de libre albedrío. Sin embargo, dicha libertad tropieza tanto con las limitaciones propias del mundo exterior como con las del mundo interior subjetivo o sí-mismo.

El yo es una unicidad individual que se mantiene idéntica a sí misma, aunque dicha durabilidad es relativa, puesto que pueden producirse alteraciones profundas de la personalidad, no necesariamente patológicas, pudiendo estar circunscritas a una evolución normal.

Aún cuando es el yo el sujeto de todas las adaptaciones y desempeñe un significativo papel en la economía anímica, el descubrimiento a finales del siglo XIX de una psique extraconsciente ha relativizado la posición absoluta que hasta entonces ocupaba. Desde entonces el yo mantiene su carácter de centro del campo de la consciencia, no así como punto central de la personalidad. El yo participa en ella pero no es su totalidad. Su libertad es limitada y su dependencia decisiva.

Finalmente, debe añadirse a la división tripartita anterior de lo inconsciente desde el punto de vista de la psicología de la consciencia, otra división en dos partes desde la psicología de la personalidad:24

El yo en la filosofías místicas orientales
En las filosofías místicas orientales, particularmente en el budismo se considera al yo como una ilusión. El yo se presenta como un velo de la mente que induce al sujeto a identificarse con su experiencia provocándole sufrimiento. El Budismo también contrasta fuertemente con otras religiones porque no afirma la existencia del alma, ni de un “sí mismo” o “yo” duradero en el ser.

Referencias
Freud, S. (1949). El ego y el id. El ego y el id (pp. 19-33). Londres
Golding, R. (1982). Freud, Psicoanálisis y sociología: Algunas observaciones sobre el análisis sociológico del individuo. The British Journal of Sociology, 33, 545-562. Londres.
Freud, S. (1922). Estableciendo diferencias en el ego. Psicología de grupo y análisis del ego. Londres
Lacan : Écrits (Escritos), París, Le Seuil, 1966.