Desde Jorge Simmel y Max von Boehn hasta Roland Barthes en su Sistheme de la mode (Sueil, 1967), las manifestaciones del vestir han sido objeto de muchas reflexiones.

¿Qué es la moda? ¿Por qué existe la moda? ¿Qué significación tiene el vestir?

Seis ensayistas que colaboran tratan de dar una explicación del fenómeno de la moda. Desde el primer ensayo introductorio de Umberto Eco* se nos indica que si en muchos momentos la moda es algo funcional, muy pronto la moda pierde la funcionalidad y se convierte en un valor comunicativo. En una época en que el estudio de la semiología y de la cinésica nos lleva a la conclusión de que el mundo de la comunicación no verbal es de una extensión ilimitada, Umberto Eco puede afirmar, con razón, que «sí la comunicación se extiende a todos esos niveles, no hay que extrañarse de que pueda existir una ciencia de la moda como comunicación y del vestir como lenguaje articulado».

El vestido es expresivo, y existen códigos indumentarios que hablan con más evidente claridad que las palabras, algunos de ellos tan estrictos que una transgresión puede costar cara, por ejemplo: el traje militar. Las convenciones indumentarias se corresponden al lenguaje de la moda: «Basta con observar una revista de modas al comienzo de una témpora—dice Eco—para ver que hasta las variaciones están previstas con cierta rigidez: la cintura más alta, el botón más bajo, la combinación de un zapato determinado con un tipo determinado de pantalón pueden revelar desviaciones tan graves del uso lingüístico como el dialectalismo o el anacoluto sintáctico.»

Ahora que tanto se habla de gramática de la fantasía y gramática de la poesía, podría hablarse de la gramática de la moda. El lenguaje del vestido, como el lenguaje verbal, sirve para transmitir posiciones ideológicas, y cuando se hace coincidir un código indumentario con una opción ideológica, la moda puede resultar muy expresiva. Recuérdese en la historia política el significado del sansculotismo, de los descamisados, del sínsombrerismo, del traje chino uniforme de la revolución cultural, y en nuestros días los pies descalzos de los hippies. Sí hasta los aditamentos capilares pueden obedecer a una moda con implicaciones ideológicas (véase el caso de la barba como expresión revolucionaria a partir de 1965 y como demostración de intelectualidad en el año 27: la barbita de los intelectuales de la Institución Libre de Enseñanza), puede asegurarse, sin duda alguna, que la sociedad habla a través de la moda.

Recordemos aquel significativo principio de la novela de Galdós Fortunata y Jacinta. El escritor a través del paso del uso del mantón al abrigo—dos prendas de vestir—ha querido señalar la evolución, el cambio tremendo de la sociedad española. Y el estudio del comercio de Madrid, cuando el mantón es relegado a las mujeres de pueblo, mientras las señoras empiezan a vestir con abrigo, significa la entrada en la nueva sociedad burguesa de la Restauración, de cara a Europa. Lo mismo que en otros tiempos el castizo Mesonero en su artículo «El sombrerito y la mantilla» señalaba otra transformación de la sociedad española. Aquellas dos mujeres que se encontraban, sorprendiéndose, la una con la clásica mantilla tradicional y la otra con el sombrerito de moda, eran dos prototipos de un nacionalismo a ultranza y de un europeísmo parisién, del que Mesonero desconfiaba. Un ejemplo semejante podría señalarse en la época presente: es el momento en que la señora de cierta edad, un buen día, decide vestirse de híppy al adoptar algunas prendas de la moda juvenil, por ejemplo: el poncho, los pantalones vaqueros, las botas campestres, el bolso en bandolera, y en vez del collar de perlas, los colgajos de madera y las pulseras de artesanía barata. Y en sustitución del peinado armado y cardado por su peluquero, unas crenchas largas, en artístico despeinado, a lo que, como es natural, debe añadirse el cambio de gestos y posturas, ya que el lenguaje de las posturas coincide con el cambio de la moda. Si la señora se sentaba antes con las piernas juntas y las rodillas pegadas, ahora se extenderá en la silla o en el sillón, despatarrada, a la manera del jinete fatigado, o cruzará las piernas sin temor alguno, casi desafiante. Todo esto es interesantísimo, y a medida que pensemos sobre ello descubriremos nuevas cosas.

En el mismo Galdós el estudio de la historia de la moda va unido a las transformaciones de sus propíos protagonistas de sus novelas, pues no solamente ejemplifica un cambio social, sino un cambio moral. La desmoralización de la protagonista de La de Bringas y de La desheredada está en relación directa con su afán de lujo. A medida que la de Bringas e Isidora, la desheredada, escogen y compran «moarés», rasos, sedas y tafetanes, la moral desciende, y van hacia el despeñadero, para terminar en el vulgar percal, la tela más barata de todas. Los cambios de las protagonistas se expresan a través de su vestido y su calzado. Isidora va desde las botítas de charol resplandeciente hasta las zapatillas de orillo, y su cabeza, que se cubría con sombrero y velo costoso, al final de la novela se cubre con el pañuelo blanco de la mujer de pueblo. Es la misma distancia que hay en la indumentaria masculina de la chistera y el hongo a la boina y la gorra menestral. Todo esto nos llevaría al estudio, también sumamente interesante, de la moda en la literatura.

¡Las conclusiones que se podrían sacar de aquellas maravillosas descripciones de los trajes en las novelas de caballerías y en las novelas sentimentales! Son inolvidables las páginas reverberantes de una novela como Curial y Guelfa o la Cárcel de amor, en que verdaderamente el vestido adquiere una significación alegórica, con sus cintas y adornos, como más adelante, en el siglo xvn, se añadirá el lenguaje de las flores, y en-el XVIII y el xix el lenguaje del abanico. (Todavía en el siglo xx García Lorca escribía Doña Rosita la soltera o el lenguaje delas flores.) La continua reflexión sobre el tema de la moda y el cambio social en la vida nuestra española, sin necesidad de acudir a ejemplos literarios, nos ofrece cientos de ejemplos. Voy a citar uno que he presenciado a lo largo de varios años y puede servir como botón de muestra del cambio efectuado en la sociedad española.

Concretamente, en las playas del Norte, en Santander y en San Sebastián, las normas referentes al uso del traje de baño o bañador eran severísimas. Los gobernadores, todos los veranos, promulgaban un bando con las reglas de moralidad, cuya transgresión estaba severamente castigada: el traje de baño femenino y el pantalón masculino deberían tener ciertas medidas, y la bajada de un tirante o de una hombrera para tomar el sol merecía una sanción por parte del guardia encargado de la vigilancia. En el lapso de veinte años se pasó del traje de baño con falda al traje de dos piezas y luego al bikini más reducido, y en el año 76 a la tanga, y quién sabe si en el año 77 al traje de una sola prenda, como en Saint Tropez, y al desnudismo integral. ¿Significado de todo esto? Evidentemente, las transformaciones del bañador están relacionadas con la política y el cambio de la sociedad española. La permisividad y la liberalización creciente escapan al poder dictatorial que imponía las multas contra la moral en el año 56. Un estudio de la moda comparada (como la literatura comparada) también resultaría expresivo: si comparamos este proceso hacia la desnudez con el que se produjo los años posteriores de la Revolución francesa, en que las damas iban casi desnudas, vestidas con túnicas transparentes y pies descalzados, en plena libertad de la Naturaleza.

Si el ensayo de Umberto Eco nos ha sugerido todos estos comentarios, el siguiente de Renato Sigurtá, Rasgos psicológicos de la moda masculina, es también muy sugerente. Igual que Eco, piensa también que la moda como protección tiene poca importancia. El elemento funcional a veces es lo de menos, así como el alegato del pudor. ¡Cuántas veces la moda es impúdica! Y considera más importante la razón mágica del vestido y lo decorativo, con todo lo que tiene de exhibicionismo. Ciertamente que muchos ejemplos van en contra de la funcionalidad.

Personalmente recuerdo haber visto en San Juan de Puerto Rico, a una temperatura tropical inaguantable, a las señoras vestidas con capas de pieles, y estos últimos veranos calurosos en Madrid a muchas señoras calzadas con botas altas muy ceñidas, lo que produce un malestar insufrible si no fuera porque la moda nos permite resistir toda clase de sufrimientos, Y lo mismo digo de la peluca en pleno verano y del pañuelo al cuello bien apretado que llevan algunos elegantes en agosto, sacrificando la frescura del cuello. Para qué vamos a hablar del abrigo de visón para abrigarse si muchas veces la mujer es «la portadora» del abrigo de pieles, y el abrigo es signo de un determinado «status».

Sigurtá estudia las connotaciones sexuales que puede tener la moda al señalar determinadas partes del cuerpo o al tratar de ocultarlas. Y, en efecto, si observamos la moda a través de los siglos veremos que unas veces destaca el busto, las caderas, el vientre (en el gótico), el pie, las manos, la cintura (cintura de avispa en el Romanticismo), la nuca, o como en nuestra época, los glúteos con los pantalones ceñidos, que también sirven para señalar la parte viril que protegían las «bolsas genitales» de los gentilhombres del siglo xv,. estuches que pintó Tizíano en el retrato del emperador Carlos V (Museo del Prado),

El poeta Tassara escribió en el poema «El descote» la más desenfadada parodia de esta moda de 1843 al comparar la rutilante ostentación de los pechos de la dama a la exhibición de un pavo feriado. Asimismo en las variaciones del maquillaje—que debe considerarse moda—también se destacan una vez los ojos, o las cejas, o la boca, o las orejas, o las mejillas. ¡Qué decir de la moda del peinado! En el abanico, el bastón, la cadena del reloj, la espada (añadimos nosotros), el paraguas, la sombrilla, el pañuelo, ve Sigurtá connotaciones significativas. La calificación del estamento según el vestido es motivo de reflexión. Según el traje, se puede y se podía conocer la casta, el rango, la clase y el oficio. En nuestra sociedad actual la diferenciación por medio de los trajes casi se ha perdido, ya que la moda ha igualado a las personas. La gente se diferencia por medio de la cultura, pero en tiempos de nuestros abuelos el traje diferenciaba no sólo las clases sociales, sino la forma de trabajo: existía hasta el traje de modistilla. En el traje militar antiguo y en el moderno, los yelmos, los penachos, los alamares y los distintivos de la graduación son muy explícitos, así como en el traje de los clérigos también es evidente la graduación de cura, obispo, cardenal y Papa. De ahí que tanto Eco como Sigurtá saquen la conclusión de lo que significaba el traje gris masculino en los años 60; era una exigencia igualitaria en una época gris, y al mismo resultado llega

Mariano Livolsi en su ensayo Moda, consumo y mundo juvenil. Este último estudia los cambios de la moda en la sociedad de consumo. Si el cambio sociocultural coincide con la adopción de un estilo diferente de la moda, entonces «es fácil decir que el traje gris de los años 50 y 60 era sinónimo de integración plena en la llamada sociedad del bienestar» y «era funcionalidad, profesionalidad y autoritarismo», por lo cual la moda de los jóvenes es esencialmente una forma de manifestar un rechazo de esa misma sociedad. Livolsi se plantea problemas que solamente esboza: el vestir como representante de barreras en la historia de la indumentaria, la diferencia y el rechazo, y se pregunta: ¿Quién dicta la moda, los estratos superiores o desde abajo?, para pasar a la afirmación de que en nuestros días coexisten dos culturas, la cultura juvenil y la de las personas mayores.

El fenómeno de los hippies, beats o melenudos es analizado con sagacidad. Superada la época del traje gris, ahora el cambio social y cultural se manifiesta en que todo el mundo se viste de forma diferente de los demás. En este caso la moda se entiende como posibilidad de expresividad, de autorrealización de sí mismo, de independencia del control social, como una capacidad de innovación y de creatividad. A continuación Francisco Alberoni en sus Observaciones sociológicas sobre el traje masculino contrasta, asimismo, la seriedad del traje completo de 1960 con el traje disfraz que se usa en el tiempo libre. Añadiremos nosotros la sensación de carnaval que produce la moda de nuestros días, que corrobora el último ensayista Gillo Dorfles en sus Factores estéticos en el vestido masculino, en sus comentarios sobre el lenguaje indumentario. Junto al deseo de diferenciación social, funcionalidad o exhibición de «status», Dorfles cree que podemos considerar el vestido del hombre como un factor estético de nuestra civilización—el deseo de realización estética—y señala la relación entre la moda y las artes puras (influencia de pintores en diseños y telas estampadas). Piensa que la elección del vestuario representa a un individuo o a una nación, y señala la vulgaridad del vestir de Alemania, de Rusia y de Estados Unidos, frente a la elegancia de España, de Francia y de Italia.

El empobrecimiento del gusto tiene relación con el empobrecimiento de la individualidad de la persona. «Lo que sí es cierto—dice—es que sería absurdo no tener en cuenta la importancia que el factor “estética del vestido” tiene en nuestra civilización y puede tener para una evolución futura de ella.»

Como el ensayismo muchas veces es divagación, Dorfles se pregunta cuál será la evolución del traje masculino. Frente al frac, la pajarita, el sombrero de copa, aparecen los jerseys, las camisetas, trenkas y anoraks, que demuestran el deseo de libertad expresiva, equivalente al pelo con fijador o gomina frente a las cabelleras hippies. Aunque es necesario terminar esta nota sobre un libro tan interesante, no queremos dejar en el tintero otras cosas más que se nos ocurren, y de nuestra propia experiencia. ¿Se ha pensado en la semiología del calzado? Sigurtá se refirió a los «poulains», zapatos en punta, pero ¿y los tacones, los zapatos planos y las sandalias? Hubo una época saludable en que la sandalia iba unida al naturismo y los zapatos de tacones afilados, de punta, a una determinada sofisticación, como la boquilla de fumar (el fumar en pipa pudiera tener significación deportiva, tal que ahora el que las mujeres fumen puritos habanos tiene relación con el movimiento «lib»).

Pensemos lo que significa el código del bolsillo en nuestros días. El hombre que lleva la cartera de ejecutivo también puede hacer uso del bolsillo, y en la mujer recordemos el bolso de diario, el bolsillo de vestir, el bolsillo de cocodrilo (equivalente al abrigo de visón), el bolso de estudiante y el bolso de la compra. Recordemos la aventura del que pretende entrar sin corbata al teatro Real la tarde de un concierto y le es negada la entrada, o al hotel Ritz, donde se le proporciona una corbata prestada para tener acceso. Pensemos por qué nuestras madres tenían tobillos finos y nosotros alardeábamos de tobillos de elefante, con calcetines de lana doblados, mientras paseábamos por la Castellana con el «stick» de «hockey».

El pelo largo, el pelo corto, el pelo liso, el pelo rizado con permanente o cardado a lo negro (y aquí el dato de la discriminación racial), el traje de boda, el traje de noche, el traje de caza, el traje regional, la flor en la solapa, el salto de cama, el nacimiento del pijama masculino frente a la camisa de noche, el corsé, la ropa interior blanca de otros tiempos sustituida por la estrambótica ropa de colores chillones, el color del traje según la edad (recordemos a las señoras vestidas siempre de negro en España y de rosa y colores pálidos en Estados Unidos), el traje de chaqueta de la recién casada de pueblo, que duraba toda la vida, y el traje azul marino de él.

Pensemos en la explotación de la moda por el comerciante, en las revistas de modas y en los cronistas de modas, y cuando vayamos a los museos bástenos echar una mirada a los cuadros para notar la inmensa variedad de ese fenómeno artístico que es la moda. Desde la antigüedad, la Edad Media, el gótico, el barroco, hasta el fin de siglo en los cuadros de Gustav Klimpt, la moda nos habla con su lenguaje extraordinario. Y todavía más, salgamos a la calle y miremos a la gente cómo va vestida. Luego abramos nuestro armario y contemplemos los vestidos y los abrigos y los zapatos y todos los aditamentos que nos hablan en su lenguaje maravilloso. Si escogemos una determinada indumentaria es porque ese día queremos decir algo muy especial: el traje serio y el traje insinuante sirven a diferente propósito.

Extracto del Libro de CARMEN BRAVO VILLAS ANTE (Arrieta, 14. MADRID-13).

* Eco, DORFLES, ALBERONI, LIVOLSI, LOMAZZI, SIGURTA: Psicología del vestir, Editorial Lumen, Barcelona, 1976. Ediciones de bolsillo, 101 págs.