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¿Para qué nos Enojamos con el Cuerpo?

¿Para qué nos Enojamos con el Cuerpo?

Es importante distinguir el síntoma de la enfermedad. El síntoma puede decirnos qué es lo que nos falta, pero para entenderlo tenemos que aprender su lenguaje. El lenguaje es psicosomático, es decir, sabe de la relación entre el cuerpo y la mente. Esto desde luego, supone una sinceridad muy incómoda de soportar, declara Fernando Gasparoni en los Entrenamientos de Coaching de la Escuela: Ser Oportunidad.

Aquí está la diferencia entre combatir la enfermedad y transmutar la enfermedad. La curación se produce exclusivamente desde una enfermedad transmutada, nunca desde un síntoma derrotado, ya que la curación significa que el ser humano se hace más sano, más completo. La curación no es posible sin una expansión de la conciencia. Enfermedad y curación son conceptos que pertenecen exclusivamente a la conciencia, por lo que no pueden aplicarse al cuerpo, pues un cuerpo no está ni enfermo ni sano. En él sólo se reflejan, en cada caso, estados de conciencia.

“El que ha visto la trampa del juego no tiene por qué seguir jugando (… aunque nada se lo impedirá, desde luego), pero no tiene derecho a estropear la partida de los demás, porque, a fin de cuentas, también perseguir una ilusión nos hace avanzar”.

La enfermedad no es un obstáculo que se cruza en el camino, sino que la enfermedad es el camino por el que el individuo va hacia la curación.

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El papel de la Sombra:
El individuo dice “yo” y con esta palabra entiende una serie de características: “varón, alemán, padre de familia y maestro. Soy activo, dinámico, tolerante, trabajador, pacifista, etc”. A cada una de estas características precedió, en su momento, una decisión, se optó entre dos posibilidades, se integró un polo en la identidad y se descartó el otro. Así la identidad “soy activo y trabajador” excluye automáticamente “soy pasivo y vago”.

De una identificación suele derivarse rápidamente también una valoración: “en la vida hay que ser activo y trabajador, no es bueno ser pasivo y vago”. ¿Qué pensaríamos de una rosa roja que proclamara muy convencida “lo correcto es florecer en rojo. Tener flores azules es un error y un peligro”.

El repudio de cualquier forma de manifestación es siempre señal de falta de identificación. Por lo tanto cada identificación que se basa en una decisión descarta un polo. Todo lo que nosotros no queremos ser, lo que no queremos admitir en nuestra identidad, forma nuestro negativo, nuestra Sombra. Porque el repudio de la mitad de las posibilidades no las hace desaparecer sino que sólo las destierra de la identificación o de la conciencia. El “no”, el polo descartado, vive desde ahora en la sombra de nuestra conciencia… no fue eliminado. Del mismo modo que los niños creen que cerrando los ojos se hacen invisibles, las personas imaginan que es posible librarse de la mitad de la realidad por el procedimiento de no reconocerse en ella. Y se deja que un polo salga a la luz de la conciencia mientras que el contrario tiene que permanecer en la oscuridad donde uno no lo vea. El no ver se considera tanto como no tener y se cree que lo uno puede existir sin lo otro.

Naturalmente somos seres bipolares y nos cuesta llegar a la conciencia de la unidad de todas las cosas.

Llamamos sombra (en el decir de Jung) a la suma de todas las facetas de la realidad que el individuo no reconoce o no quiere reconocer en sí y que, por consiguiente, descarta. La sombra es el mayor enemigo del ser humano: la tiene y no sabe que la tiene, ni la conoce. La sombra hace que todos los propósitos y los afanes del ser humano le reporten, en última instancia, lo contrario de lo que él perseguía.

Los seres humanos proyectamos, cuando rechazamos en nuestro interior un principio determinado, cada vez que lo encontramos en el mundo exterior desencadena una reacción de angustia y repudio. Proyección significa, pues, que con la mitad de todos los principios fabricamos un exterior, puesto que no lo queremos en nuestro interior.

El Yo es responsable de la separación del individuo de la suma de todo el Ser. El Yo determina un Tú que es considerado como lo externo.

Nuestra sombra nos angustia. La sombra es la suma de todo lo que estamos firmemente convencidos que tendría que desterrarse del mundo, para que éste fuera santo y bueno. Pero lo que ocurre es todo lo contrario: la sombra contiene todo aquello que falta en el mundo, en nuestro mundo, para que sea santo y bueno. La sombra nos hace enfermar, es decir, nos hace incompletos: para estar completos nos falta todo lo que hay en ella.

La sombra produce la enfermedad y el confrontarse con la sombra cura. Ésta es la clave para la comprensión de la enfermedad y la curación. Un síntoma siempre es una parte de la sombra que se ha introducido en la materia. Por el síntoma se manifiesta aquello que falta al ser humano. Por el síntoma el ser humano experimenta aquello que no ha querido experimentar conscientemente. El síntoma, valiéndose del cuerpo, reintegra la plenitud al ser humano. Si una persona se niega a asumir conscientemente un principio, este principio se introduce en el cuerpo y se manifiesta en forma de síntoma. Entonces el individuo no tiene más remedio que asumir el principio rechazado. Por lo tanto, el síntoma, completa al hombre.

Precisamente en el síntoma podemos aprender a reconocernos, podemos ver esas partes de nuestra alma que nunca descubriríamos en nosotros, puesto que están en la sombra. Nuestro cuerpo es espejo de nuestra alma; él nos muestra aquello que el alma no puede reconocer más que por su reflejo.

La mayoría de la gente tiene dificultades para hablar de sus problemas más íntimos de forma franca, espontánea y sincera; los síntomas, por el contrario, los explican con todo detalle a la menor ocasión. La enfermedad hace sincera a la gente y descubre implacablemente el fondo del alma que se mantenía escondido. Esta sinceridad es sin duda lo que provoca la simpatía que sentimos hacia el enfermo. La sinceridad lo hace simpático, porque en la enfermedad se es auténtico. La enfermedad deshace todos los sesgos y restituye al ser humano al centro de equilibrio. Entonces, bruscamente, se deshincha el ego, se abandonan las pretensiones de poder, se destruyen muchas ilusiones y se cuestionan formas de vida. La sinceridad posee su propia hermosura, que se refleja en el enfermo.

Resumiendo: el ser humano, como microcosmos, es réplica del universo y contiene latente en su conciencia la suma de todos los principios del ser. la trayectoria del individuo a través de la polaridad exige realizar con actos concretos estos principios que existen en él en estado latente, a fin de asumirlos gradualmente. Porque el discernimiento necesita de la polaridad y ésta, a su vez, constantemente impone en el ser humano la obligación de decidir. Cada decisión divide la polaridad en parte aceptada y polo rechazado. La parte aceptada se traduce en la conducta y es asumida conscientemente. El polo rechazado pasa a la sombra y reclama nuestra atención presentándosenos aparentemente procedente del exterior. Una forma frecuente y específica de esta ley general es la enfermedad, por la cual una parte de la sombra se proyecta en el físico y se manifiesta como síntoma. El síntoma nos obliga a asumir conscientemente el principio rechazado y con ello devuelve el equilibrio al ser humano. El síntoma es concreción somática de lo que nos falta en la conciencia. El síntoma, al hacer aflorar elementos reprimidos, hace sinceros a los seres humanos.

El Bien y el Mal:
Si en la enfermedad hemos descubierto la acción de la sombra, ésta debe su existencia a la diferenciación del ser humano entre BIEN y MAL. Verdad y Mentira. La sombra contiene todo aquello que el ser humano consideró malo, luego la sombra tiene que ser mala.

Para ejercitar nuestro discernimiento, necesita-mos siempre dos polos pero no debemos quedarnos atascados en su antagonismo, sino utilizar su tensión como impulso y energía en nuestra búsqueda de la unidad.

1ra Regla: en la interpretación de los síntomas, renunciar a las aparentes relaciones causales en el plano funcional. Éstas siempre se encuentran y su existencia no se discute. Sin embargo, no son aptas para la interpretación de un síntoma. Nosotros interpretamos el síntoma únicamente en su manifestación cualitativa y subjetiva. Las cadenas causales fisiológicas, morfológicas, químicas, nerviosas y demás, que puedan utilizarse para la realización del síntoma son indiferentes para la explicación de su significado. Para reconocer una sustancia sólo importa que algo es y cómo es, no por qué es.

2da Regla: analizar el momento de la aparición de un síntoma. Indagar en la situación personal, pensamientos, fantasías, sueños, acontecimien-tos y noticias que sitúan el síntoma en el tiempo.

3ra Regla: hacer abstracción del síntoma convirtiéndolo en principio y trasladarlo al plano psíquico. Escuchar con atención las expresiones idiomáticas, las cuales pueden servirnos de clave, ya que nuestro lenguaje es psicosomático.

4ta Regla: las dos preguntas: ¿qué me impide éste síntoma? Y ¿qué me impone éste síntoma?, suelen revelar rápidamente el tema central de la enfermedad.

Como conclusión podemos afirmar que la curación apunta a la consecución de la plenitud y la unidad. El hombre está curado cuando encuentra su verdadero Ser y se unifica con todo lo que es.

Ruediger Dahlke en su libro “la enfermedad como símbolo” dice: El lenguaje corporal, del que el lenguaje de los síntomas sólo representa una forma derivada, aunque importante, es el más hablado del mundo. Todos los seres humanos lo hablan, aunque no siempre sean conscientes de este hecho y muchos ya ni comprendan su propio lenguaje corporal.

Esta nota forma parte de una serie de artículos ofrecidos en la Carrera de Coaching & Mentoring de Ser.Red. Y que forman parte del Manual del Mentor del Dr Fabián Sorrentino.

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