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El servicio de la risa

El servicio de la risa

Bajtín asegura que en el Renacimiento la risa poseía “un profundo valor de concepción del mundo” [1]. La risa era uno de las formas a través de las cuales se expresa(ba) la historia del hombre. Y es obvio que sólo “la risa puede captar ciertos aspectos excepcionales del mundo” [2]. Sin embargo, a partir del siglo XVII la risa fue exiliada del mundo culto, o de la reflexión sobre el mundo. Después del XVII lo esencial e importante no puede ser cómico.

Aristóteles, que era un genio en definir sobre la particularidad, sobre la base de las diferencias aparentes (su amplia y argumentada misoginia, lo corrobora), nos hace notar que el hombre es el único ser viviente que ríe. Y podríamos inferir que también es el único ser que piensa, que elabora, en la materia de la lengua, la forma discursiva de su lenguaje. Pero la risa ha sido postergada por largos siglos de servicio a la lógica, al pensamiento serio, desvirtuado toda la gama de matices que puede brindar el mundo de la risa, el pensamiento que recoge las muestras de la paradoja.

I know, I know. Parody.
It might be fun, if it
Were not so melancholy
In it’s aristocratic
Nihilism.
Devil’s Fausto

En el Renacimiento, la risa, extrañada del pueblo, es asumida por la gran literatura, dando como resultado obras de una profundidad impensable dentro del mundo exclusivo y limitante de la lógica. El Decamerón de Bocaccio, Gargantúa y Pantagruel de Rabelais, la novela de Cervantes y los dramas de Shakespeare. Estas obras plantean una aproximación a la totalidad de la esencia humana que les permite convivir cómodamente entre nosotros a siglos de distancia. Obviamente, esa risa no era un juego inocuo, no desde la pluma del escritor.

Hoy, un sustancioso manojo de fracasos es batido por el viento en nuestras manos. La ciudad Ideal de Leonardo es un estropicio donde debemos jugarnos la vida. ¿Cuándo empezó esa decadencia?, me pregunté un día. No iba a agotar por cierto el origen. Sólo podía pensar que crecí en un apartamento, y la naturaleza estaba habitada por el pulso de esta urbe imbuida en la idea de progreso. El afán de actualidad mudaba sus primeros dientes y afilaba con eficiencia los próximos, los permanentes. El paisaje de la memoria estaba atravesado por las grúas que contra el atardecer destruyen y construyen la ciudad.

En los últimos años hemos desarrollado la tesis del prototipo urbano. El mundo del bar, del bolero. La delincuencia, la marginalidad, el machismo, los estereotipos culturales que, tomando cuerpo, deforman en la realidad su sentido, y crean esta bufa donde representamos los hilos sueltos de su existencia. Sin embargo, la tendencia un tanto compulsiva de definir lo válido, las corrientes de la narrativa contemporánea, o la poesía de los noventa, nos encauzan hacia horizontes predeterminados, como si ya no fuésemos por naturaleza náufragos, vástagos, animales nacidos en la arena movediza de estos tiempos. En un mundo sin sujeciones formales, es evidente que la primera reacción: la que alimenta el miedo, sea definir (y casi predefinir) líneas de acción.

Sin embargo, creo entrever, fuera del prototipo, otra pirueta posible para definir el paisaje donde se sujetan las imágenes que conviven en la memoria y crean, si bien efímeramente, cierta definición de nuestra identidad. Hay, socavada, en el ejercicio ritual de las banalidades, de las ceremonias fatuas y el contacto social, una tragedia convexa que puede verse justamente desde la acritud. Desde la risa movida por la mueca, la risa del desacomodo.

Para los herederos de la ruptura formal de un siglo como este, que pudo jugar a realizar el exterminio para completar y ejecutar su idea de perfección, el humor no puede estar libre de crueldad. Nace de la escena patética inenarrable. Ante modelos que interiorizan desordenadamente la tradición, el cine mexicano y el orgullo español, por ejemplo. ¿Hasta cuándo podrá decirse estéticamente que la injusticia y la depravación del poder han llenado de miseria y hambre cada una de las calles de esta ciudad?

Nuestro humor lleva la marca del hastío, de la falta de fe. No puedo creer, a estas alturas, ni en el número de mi cédula de identidad: aunque es el mismo que el de mi pasaporte, no me hace dueño de integridad alguna. ¿Quién no ha recibido el buen trato de nuestra policía? Así es, estamos en el fin. Y el Ávila, que todas las mañanas veo llegar hasta el quisco y comprar los periódicos, es el señuelo agónico de que una forma de vida que obedece a la armonía aún persiste entre los hombres (la belleza y la crueldad en su danza).

Y si no hay nada allá afuera que me explique y paradójicamente no hallo otra manera de explicarme que bajo las formas que otros habitan, lo paródico es la resultante previsible. Pero no la parodia literaria ni aquella que brillantemente define Linda Hutcheon [3], sino el tono de una representación que llevará al extremo la carencia o el sufrimiento vividos por personajes presos ante la nada, personajes que reproducen modelos deformes. Lo parodiado, o mejor, lo paródico será justamente la herencia de la tradición cultural (“Horacio, Ovidio y Propecio, incorporan también —según verifica Bajtín— la parodización de las formas heroico-públicas” [4]), a través de las situaciones de vida que propone una ciudad como Caracas, donde lo impensable ocurre en cada esquina, donde conviven corrientes disímiles, donde la muerte y el goce se parecen de una forma ridícula, donde la banalidad es un espectáculo grotesco de la idea de sofisticación, etc…. Este “pastiche” inorgánico, como la arquitectura de Caracas, crea una sugerente complejidad, registra numerosas manifestaciones y ansias que pueden conformar el giro de la materia narrativa de nuestro tiempo. Cómo hay que ver lo hiriente. Cómo se exorcizan los odios, la pérdida. Cómo hablo de un mundo que quisiera diferente, cómo se dice que duele.

La risa es una fórmula, esa risa que permite plasmar un profundo sentido del mundo. La respuesta de esta mueca amarga donde sostengo sin asombro y con poca paciencia mi vida.

A veces los signos de esta realidad final conservan sentidos no expresados. A veces desde el rincón de los impotentes jugamos a hacer abstracciones del dolor de ser de estas tierras, hechas en la dificultad, en el desarraigo; estas tierras eternamente descubiertas, donde el foco posible aún es la mirada del otro.

Cuando se escribe desde el margen, el tono es indirecto. El humor surge para radicalizar más aún el mundo que pretendemos representar, la ciudad perdida. La misma que nos habita y sin la cual no sabríamos existir. El humor sirve para distanciar e identificar los elementos de una modernidad agotada. Donde el valor de lo nuevo no reporta sino otra coloratura para amasar la acritud y dibujar, parodiando, o más bien, aunque moleste, el neologismo nos permite ser exactos, parodizando, como una pincelada de barniz en sus uñas recién pintadas, Madame, el mundo que expresa su contradicciones, sus ternuras y sus sentimientos en el rodaje inarmónico de los desencuentros y la carencia, de la injusticia y la opresión, desde el sostenido saqueo histórico que nuestras élites han cometido cíclicamente contra nuestro pueblo. Allí, donde nace la fatuidad, crece también secretamente la herida mortal, la ponzoña que ha engendrado esta poblada decadencia, o más bien, este fin irresoluble, este pasmo ante el nuevo milenio, con la voz exangüe de los rendidos en el último bastión de la esperanza, hablando con holgura, en algún funeral impagable, del Nuevo Mundo, de la Libre Competencia.

Si ahora no le abrimos paso a la risa, no escucharemos el planteamiento mordaz que rueda desde las calles hasta la sabida contienda de nuestras ideas con la realidad —siempre más insalvable. (La utopía se ha agotado, sólo nos queda la parodia y la invención). Cómo se hila entonces la secuencia de esas pequeñas derrotas, de nuestras miserias, dónde va quedando la huella indeleble de ese gesto que repetimos en la historia con la fugacidad de los pájaros y la sagrada permanencia de los siglos.

Lo parodiable arranca cuando un modelo y un estereotipo se enfrentan y corroboran la falta de vigencia de ambos en un mundo que perdió para siempre, como se debe perder uno de los cinco sentidos, la eficiencia de las ideas para forjar el orden, para mantener el sistema, para movilizar y redimensionar las estructuras. En el mundo de los buenos negocios, sin un sentido firme de algo sobre los hombros, la nueva generación puede decir que no se parece a nada y que ya no tiene espacio donde proyectarse.

La parodización del ambiente, que reproduce la narrativa expuesta a una memoria que contextualiza sus imágenes en el entorno de una ciudad como Caracas, funciona como crítica y autocrítica. Es denuncia. El juego delator en el paisaje del fin, el consuelo legítimo del ahora.

Hay risa cuando escribimos esos textos que retratan figuras abstractas que padecen la realidad. Una risa y la viva angustia desmenuzando su bistec diario. Porque ni siquiera la materia de la literatura ofrece concreción suficiente para suponer de antemano que la voz que registramos no sea otra fatuidad literaria, otra bienhechuría del género.

La prosa que tiene la facultad de seguir el pulso del humor posee por reflejo también la capacidad de desenmascarar, de delatar las envolturas verbales e ideológicas que embrollan al objeto. Es un modo de recuperar y actualizar ciertos verdaderos sentidos en este laberinto de falsas máscaras.

No creo que el humor sea un género, no creo que la ciudad sea un tema. Creo que el humor es una cualidad de cierto tipo de prosa, y la ciudad es el paisaje imposible de nuestra memoria fragmentada. Ambas sustancias necesitan una forma. El lenguaje, esa fuerza que Gadamer [5] sabía atávica, va a ser el río donde se dibujan las siluetas forjadas en la risa, como materia viva de la pulsión de un sobreviviente pesimista y trivial, propio de su tiempo.

Fuentes:

[1] Mijail Bajtín, La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento, Alianza Editorial, Madrid, 1987, p.65.

[2] Ibíd., p. 205.

[3] Linda Hutcheon, A Theory of Parody, Methuen, New York and London, 1985.

[4] Bajtín, p. 266.

[5] H. G. Gadamer, Veritá e Metodo, Adelphi, 24, Milano, 1972.

* Stefanía Mosca, “El servicio de la risa”, en El suplicio de los tiempos, Caracas, Fundación Esta tierra de gracia, 1999, pp. 47-52.

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