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El Zoo que nos vendieron

El Zoo que nos vendieron

El padre entró de la mano de su hijo al zoo, sin saber ni imaginar que estaban a instantes de que sus vidas dieran un vuelco extraordinario, de consecuencias indelebles para el mundo conocido. Después de comprar las consabidas golosinas para los animales del parque, Rafael paseó a Agustín por innumerables pasadizos, puentes, pabellones y bulevares regodeándose ambos con las formas, los olores, los gestos y los extraños chillidos, rugidos, aullidos y alaridos de esas inocentes criaturas cautivas. Llegando la hora de partir, el niño, de 7 años, se sintió atraído por un estanque escondido detrás de una pequeña alameda y soltándose de la mano de su padre corrió, como poseído, y se trepó a la verja que protegía al pequeño pantano.

Y lo que vio lo trastornó; En medio de túrbidas aguas yacía inmóvil una inmensa e insólita bestia con unos ojos pequeños y vidriosos.

– Que es papá?

– Un cocodrilo hijo, bajate que son peligrosos!-

– y por qué está solo si hay tanta agua?-

– Jaja, nosotros también estamos solos y hay tanta gente- le contestó y se rió para sus adentros el papá, mientras descolgaba suavemente al mocoso de las rejas y lo abrazaba con ternura abrumadora.

Agustín, a partir de aquella tarde, no volvió a ser el mismo; El reptil reapareció una y otra vez en sus sueños y más tarde en pesadillas, cada vez más frecuentes. Su carácter se volvió taciturno y tenía accesos de llanto que angustiaban indeciblemente a su familia. Un domingo el niño se despertó de madrugada y corriendo enloquecido despertó a sus padres: – Quiero ser un cocodrilo! Sofía y su esposo se quedaron atónitos, como petrificados. Rafael atinó a balbucear incoherencias mientras la criatura correteaba por la habitación de sus padres repitiendo enajenado ese deseo disparatado.

Esa misma semana pactaron la primer consulta psicológica por el incipiente trastorno del niño. Agustín no concurrió por manifestar una altísima fiebre que lo retuvo en cama por tres días seguidos. Luego de varias sesiones fallidas por la ausencia del niño, siempre descompuesto a la hora de la terapia, la psicóloga recomendó a los padres una interconsulta con un psiquiatra especialista en trastornos de identidad. El Dr. Lie Wonder tenía a la sazón la clínica más prestigiosa y exitosa de la ciudad, donde sus clientes (algunos llegados de tan remotos como ignotos sitios) se contaban de a miles. Sus cirugías de cambio de sexo eran la vedette de su sanatorio, y su celebridad contaba con la fervorosa difusión de su obra y figura tanto en los medios masivos y las publicaciones especializadas como en las revistas de los centros de estudiantes de los colegios y universidades y aún en las clases de diversidad sexual de los jardines de infantes y maternales de todo el país. Ante los padres de Agustín, el Dr. Wonder fue categórico: – Jamás hay que oponerse a la identidad auto-percibida de una persona: si el niño se siente un cocodrilo es que su ser real es un cocodrilo y no nos podemos oponer a su deseo…el hecho fortuito y casual de que actualmente sea percibido, y por lo tanto tratado como un niño es una construcción tanto social como cultural y no deja de ser un condicionamiento para su propio desarrollo y salud psíquica… Sofía y Rafael se abrazaron desolados y aterrados.

El padre atinó a una tímida protesta: – Doctor, es una locura!!!, nosotros trajimos un hijo al mundo…

El renombrado científico lo cortó en seco: – Acá no es cuestión ni de opiniones, impresiones ni sentimientos a riesgo de violentar el deseo y libre albedrío de la criatura; Con solo comunicar al Ministerio Público de la Diversidad la voluntad expresa de Agustín de cambiar su identidad se darán los pasos adecuados y previstos por la ley para tal fín….Les recomiendo que gestionen un subsidio, vía el Ministerio para costear los gastos que de ahora en más van a tener que afrontar para recuperar la salud de vuestro hijo. Yo, junto con mi equipo, si bien no hemos intentado cirugías que signifiquen cambios de identidad interespecies, estamos en condiciones técnicas y científicas de lograrlo y dar un paso transcendente para la evolución de la humanidad…

Sofía reaccionó airadamente: – No vamos a permitir que sin un diagnóstico y tratam…

El grito del Dr Wonder retumbó en la sala: – Quién le dijo a usted que su hijo le pertenece? Está violando el artículo 4° de la ley 12347 respecto a la potestad en cuanto a la reasignación de sexo y/o género y/ o especie de quien lo solicite. Desde el momento en que Agustín manifestó libremente su voluntad de cambio de especie la ley lo abarca y lo protege.

No tuvieron tiempo de reaccionar los padres del niño; De inmediato el afamado cirujano se comunicó con la línea directa de la Secretaría General del Ministerio de la Diversidad que en forma perentoria abrió un expediente con el caso de Agustín Pereyra, de 7 años de edad.

Los días subsiguientes fueron un infierno para la familia, que vio alterada su rutina cotidiana y debió seguir aplicadamente las disposiciones que emanaron de un comité ad hoc (dada lo extraordinario del caso) integrado por especialistas designados por el Ministerio, colaboradores del Dr Wonder, el propio científico y observadores designados por las Naciones Unidas con el fin de establecer y regimentar un protocolo de uso internacional para futuras intervenciones similares en los países adherentes. Si bien hubo cierta oposición inicial ante los tratamientos requeridos para con el niño por parte de sus progenitores, la presencia constante e intimidante de funcionarios y especialistas de toda laya, que prácticamente asediaban la casa familiar, fue desalentando poco a poco toda resistencia. Se dispuso un monitoreo las 24 horas del día, con cámara Go Pro para seguir todos y cada uno de los movimientos de Agustín y, eventualmente, desalentar cualquier alteración al tratamiento dispuesto. En pocas semanas la casa de los Pereyra alteró su disposición, además de instalar en lo que antes era una sala de estar, una pequeña unidad de cuidados intensivos de última generación, por cualquier emergencia; También hubo que reacondicionar y habilitar un cuarto de servicio para albergar los meses subsiguientes a un reconocido endocrinólogo, a la sazón titular de la cátedra homónima en la Universidad Nacional, quien tenía a su cargo la enorme responsabilidad de controlar y verificar las mutaciones en el organismo de Agustín, luego del suministro en forma asaz intensiva de todo tipo de hormonas. El niño dejó la escuela a los dos meses de iniciado el tratamiento de reasignación de especie y se vio inmerso de golpe en un drástico cambio de estilo de vida. Tuvo que someterse a todo tipo de pruebas: desde maratónicas sesiones de inmersión en piscinas públicas, buscando aumentar radicalmente su capacidad pulmonar para poder sostener a futuro su vida anfibia, hasta habilidades sensomotoras que lo asemejen al reptil elegido.

Los primeros y alentadores cambios llegaron con las iniciales escamas en las piernas y los brazos del niño a principios de la primavera, lo que motivó al equipo médico y científico a aumentar el ritmo de las intervenciones químicas y hormonales. Ya comenzado el verano, en tanto que Rafael y Sofía se hundían en una oquedad de muerte, la vida de Agustín mudaba de forma ineluctable; Y así para las navidades, otrora el único hijo de la familia ya reptaba con incipiente cola alrededor del árbol colmado de luces. La Cirugía de reasignación de especie fue pactada para el mes de mayo del año siguiente. Fue todo un éxito, y el Dr Wonder fue deificado como el más grande reformador de la humanidad de la última centuria. Le fue ofrecido por parte del gobierno, el ministerio de salud, cargo que declinó, dadas sus responsabilidades ( y ganancias) en su clínica, devenida a partir de ésta epopeya en Fundación Intercontinental Para la Evolución de las Especies.

Olvidado prontamente por el gran público, el alma y la psiquis de Agustín zozobró poco tiempo más en el menudo cuerpo de un raro anfibio, símil cocodrilo, que en sus últimos instantes de su vida solitaria, en un abandonado pantano a las afueras de una lejana ciudad, rememoró con cruel melancolía la tarde en que de la mano de su padre entró al zoo. Y las imágenes de su pasado, de su familia, de sus amigos, de sus juegos se sucedieron en tropel y lo desbastaron. Y una lágrima inmensa y total brotó de sus ojitos pequeñitos. Y con una última imagen de su padre en su mente se sumergió en el agua turbia del pantano definitivamente.

Jorge Nicolás Dela Rosa julio 2017

2 Comments

  1. Muy interesante el cuento. Te reconozco por tus precisas metáforas.

    • Muchas gracias Fabiàn, abrazos!

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