Beth Ludojoski – viernes, 21 de marzo de 2008, 15:19

Globalización y Fin de siglo.
Por: Sergio Alejandro Balardini

Las nuevas tecnologías, la reorganización mundial del mercado de trabajo, también llamada globalización, afecta a todas las relaciones sociales involucradas y no solamente a las económicas; tanto a aquellas comprometidas en forma directa en la producción, distribución y comercialización de los bienes, como las comprendidas en las estructuras del consumo. Y, en esta dimensión particular, vienen a desplegarse nuevos universos simbólicos con el advenimiento de una comunidad transnacional de consumidores.

Según García Canclini, más allá de la modalidad de incorporación a la globalización de cada Estado-Nación, se obliga a una revisión de la escena sociocultural que, entre otras, incluye:

I) la reelaboración de lo «propio», «debido al predominio de los bienes y mensajes procedentes de una economía y una cultura globalizadas sobre los generados en la ciudad y la nación a las que se pertenece»;

II) la redefinición del sentido de pertenencia e identidad, «organizado cada vez menos por lealtades locales o nacionales y más por la participación en comunidades transnacionales o desterritorializadas de consumidores» (los jóvenes en torno del rock, la MTV, etc.);

En otras palabras, y según el mismo autor, si las identidades modernas eran territoriales y monolingüísticas, las identidades posmodernas son transterritoriales y multilingüísticas. En consecuencia, la identidad como acto de apropiación simbólica, abandona el domino territorial para situarse en la dimensión del consumo.

En este marco, los medios de comunicación audiovisual son las nuevas megaestrellas, en matrimonio con la publicidad, el estímulo al consumo, a las marcas, a los emblemas. Pensemos en las horas de TV que consumen los niños y los adolescentes y advertiremos que esta se ha convertido en una principal fuente de experiencias e información para organizar su mundo.

No puede faltar en el análisis de época, la clave posmoderna, expresada en la caída de los grandes relatos, que organizaban la racionalidad histórica moderna alrededor de proyectos políticos generacionales que eran marcas de época y aportaban una visión de totalidad dadora de sentido a cada experiencia particular. Hoy, en todo caso, el único gran relato que permanece parece ser el del mercado -y si es global mejor- y este hecho alienta una gran insuficiencia, ya que, entre otras cosas, en el mercado no estan todos, y, entre los que estan, suele haber una fuerte desigualdad. Si somos iguales en tanto ciudadanos -un hombre, un voto-, no lo somos en tanto consumidores. El viejo reino de la libertad frente al reino de la necesidad.

Se presenta de su mano, una crisis que muchos afirman de época, manifestada en la pérdida de peso de valores e ideales (el pensamiento débil, el relativismo cultural, más prosaicamente el doble discurso), signos de violencia crecientes, un descreimiento colectivo en la justicia de los hombres, un adelgazamiento de la perspectiva solidaria, un consumismo exacerbado como razón social hegemónica, el incentivo a la satisfacción inmediata y la cultura de vivir el momento junto a la escasez de oportunidades sociolaborales. Un sentimiento de escepticismo generalizado revela un clima de época para el que el estado de las cosas no puede ser transformado positivamente.

En definitiva, un tiempo en el que se promueve incesantemente los valores del mercado, como competencia -en este caso individual-, productividad y pragmatismo, mientras se dejan de lado o minimizan otros, de perfil social o comunitario. Al mismo tiempo, se desdeña el compromiso personal con los otros, por modelos de vida más superficiales o «light».

Esta situación, orienta hacia la instrumentalización de la vida, hacia un mundo de valores definido por la «utilidad» y «practicidad» de los bienes, ya sean materiales o simbólicos, culturales. Así, los «bienes culturales» pasan por un tamiz ideológico -la ideología mercadista- que los convierte en «bienes de mercado», generándose una «industria cultural» que pierde autonomía respecto al orden de la producción o, en el mejor de los casos, se reconstruye bajo otro concepto. En este sentido, el «paradigma eficientista», pasa a ser el valor dominante por el que se miden todas las cosas.

Así, finalmente, las personas terminan pudiéndose clasificar en dos categorías básicas: los ganadores, los que existen, y los perdedores, los que «no existen». Pero en estos términos, la mayoría no puede quedar sino del lado de los perdedores, que ya dijimos, «no existen».

En este marco, nuestros adolescentes y jóvenes aparecen como más prácticos de lo que fueron sus padres, es decir, no desdeñan un ideal, pero se preguntan por su efectividad, sin ser cínicos. La incertidumbre laboral, profesional, cómo obtener un empleo y conservarlo, pasa a ser una preocupación que carecía de tal entidad para la generación de sus padres o de sus hermanos mayores. La realidad a llevado a estos jóvenes a tener menos vocación para intentar cambiar el mundo que para luchar por integrarse a él. Son, el joven de clase media en dificultades y el joven «fogonero» que corta una ruta en Neuquén para pedir por un empleo de 2005 por mes y duración incierta.

Sin embargo, si actualmente la mayoría de los jóvenes manifiesta un menor interés por los temas públicos, no debe concluirse de ello que no experimenten disconformidad, sino que ésta se expresa de otra manera; el rock es un buen ejemplo de ello.