El término humildad (deriva del latín «’hŭmĭlĭtas, ātis, f. humilis’»,) tiene varias acepciones: como virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades, como bajeza de nacimiento -de clase baja u origen pobre-, y como sumisión.1 se aplica a la persona que tiene la capacidad de restar importancia a los propios logros y virtudes y de reconocer sus defectos y errores.

El problema con la mayoría de los negocios en problemas no es que sus dueños no sepan de finanzas, mercadotecnia o administración no lo saben, pero eso se aprende-, sino que pasan demasiado tiempo y gastan mucha energía defendiendo lo que creen que saben. Los hombres de negocios realmente exitosos no son los que saben más sino los que siempre están dispuestos a aprender más: Michael Gerber

Humildad como virtud
El término no solamente se traduce como humildad sino también como bajo o de la tierra y humus, ya que en el pasado se pensaba que las emociones, deseos y depresiones eran causadas por irregularidades en las masas de agua.3 Debido a que el concepto alberga un sentido intrínseco, se enfatiza en el caso de algunas prácticas éticas y religiosas donde la noción se hace más precisa.

Miguel de Cervantes dice en el famoso Coloquio de los perros que:
“La humildad es la base y fundamento de todas las virtudes, y que sin ella no hay alguna que lo sea.”

Opina así el príncipe de los ingenios que la modestia y la discreción mejoran las demás virtudes y enriquece la personalidad.
Desde el punto de vista virtuoso, consiste en aceptarnos con nuestras habilidades y nuestros defectos, sin vanagloriarnos por ellos. Del mismo modo, la humildad es opuesta a la soberbia. Una persona humilde no es pretenciosa, interesada, ni egoísta como lo es una persona soberbia, quien se siente auto-suficiente y generalmente hace las cosas por conveniencia.