Claros precedentes del mismo se encuentran en Aristóteles, cuando en su tratado De memoria et reminiscentia, II 451 b 10 sigs.) presentó un principio de asociación en las dos formas principales de la asociación por semejanza y asociación por contigüidad. Esta tesis fue aceptada y desarrollada por los comentaristas del Estagirita y por muchos escolásticos medievales. El asunto fue dilucidado, además, con considerable detalle por Juan Luis Vives en su De anima et vita. Por lo tanto, no puede decirse que solamente con los filósofos modernos y especialmente con los filósofos y psicólogos de fines del siglo XVIII y del XIX haya aparecido un concepto de asociación. Entre los filósofos modernos trataron el problema Hobbes, y especialmente Locke (con su concepción de la “asociación de las ideas”) y Berkeley. Ahora bien, es ya tradicional admitir que solamente con Hume, por un lado, y con el trabajo de análisis filosófico y psicológico de Hartley, Priestley, James Mili, John Stuart Mill y A. Bain por el otro, el concepto psicológico de asociación ha alcanzado una madurez suficiente y, además, ha permitido construir a base de él toda una teoría de contenido primariamente psicológico, pero de intención filosófica: el asociacionismo.

En su Enquiry (III), por ejemplo, Hume manifiesta que “es evidente que hay un principio de conexión entre los diferentes pensamientos o ideas de la mente, y que en su aparición a la memoria o imaginación se introducen unos a otros con cierto método y regularidad”. De hecho, hay no uno, sino varios principios de conexión, de los cuales tres son predominantes: la semejanza, la contigüidad (en el tiempo o espacio) y la causa y efecto. El principio de contraste o contrariedad es considerado por Hume como una mezcla de los principios de causación y semejanza. Esta doctrina es elaborada con más detalle en el Libro I del Treatise ( especialmente Parte I, sec. iv), pero los tipos de conexión siguen siendo los mismos. Ahora bien, aunque la base de la teoría de Hume era psicológica, su interés era predominantemente epistemológico. El giro hacia lo psicológico y el intento de fundamentar un asociacionismo en la psicología es, en cambio, evidente en Hartley ( Observations on Man, 1749, Parte I), a quien siguió James Mill (Analysis of the Phenomena of the Human Mind, 1829, passim; Cfr. sobre todo la ed. de 1869 en 2 vols., ed. J. S. Mill) y —en parte— John Stuart Mill y A. Bain. Los tipos de conexión establecidos por Hume y Hartley fueron transformados en las leyes clásicas del asociacionismo psicológico ( contigüidad, semejanza, y contraste) y ampliadas con otras leyes complementarias (frecuencia, simultaneidad, intensidad, etc.).

Hay que distinguir entre el asociacionismo psicológico, que pretende limitarse a una descripción de las conexiones entre procesos mentales, y el asociacionismo filosófico, que está relacionado con el atomismo (en sentido amplio) y se ha contrapuesto con frecuencia al estructuralismo y al totalismo. Aunque algunos asociacionistas psicológicos tendieron a ampliar sus teorías al conjunto de la filosofía, cuando menos de la filosofía natural, el primer tipo de asociacionismo no ha implicado forzosamente el segundo.

La doctrina asociacionista ha sido criticada por varios autores. Algunos (como Bradley, Adamson, Stout, James, los miembros de la Escuela de Würzburgo etc.), han aducido razones basadas en una crítica analítica de los procesos psíquicos. El argumento principal lanzado a este respecto contra el asociacionismo ha sido la advertencia de que en los procesos psíquicos hay una dirección, llevada a cabo por el pensamiento o regida por otras “tendencias determinantes”. Otros (como los psicólogos estructuralistas: Köhler, Lewin, etc.) han aducido experiencias en las cuales se ha mostrado que los hábitos no producen acción, que la conducta tiene un propósito o que hay reacciones a relaciones, cosa que no tiene en cuenta ni puede explicar el asociacionismo. Ello no quiere decir, sin embargo, que el asociacionismo haya sido enteramente abandonado en psicología. Por un lado, el behaviorismo y la llamada psicología objetiva han adoptado muchas conclusiones del asociacionismo, aun cuando refinando esta doctrina mediante experimentos y críticas analíticas. Por otro lado, el propio estructuralismo no niega totalmente el proceso asociativo, sino que rechaza los fundamentos atomistas atribuidos al mismo y especialmente la tendencia manifestada por los asociacionistas clásicos a basar sus explicaciones en puras combinaciones mecánicas sin hacer intervenir tendencias o propósitos.

Además de las obras clásicas de los autores citados en el texto del artículo, véanse:
— Ch. G. Bardili, Ueber die Gesetze der Ideenassoziation, 1796.
— Luigi Ferri, La psychologie de l’association depuis Hobbes jusqu’à nos jours, 1883.
— G. Ascnaffenburg, Experimentelle Studien über Assoziation, 1896-97.
— D. F. Markus, Die Assoziationstheorien im XVIII Jahrhundert, 1901 [Abhandlungen zur Philosophie und ihrer Geschichte, XV].
— E. Claparède, L’association des idées, 1902.
— M. Bork, Ueber neuere Assoziationstheorien, 1917.
— Howard C. Warren, A History of the Association Psychology, 192l.
— G. Lunk, Die Stellung der Assoziation im Seelenleben, 1929.
— Sobre el concepto de asociación en Leibniz, B. Franzel, Der Assoziationsbegriff bei Leibniz, 1898.

Compilado por: Abasuly Reyes – viernes, 24 de junio de 2011, 15:32
Fuente: José Ferrater Mora,