La palabra “avaricia” viene del latín avaritia y esta de avārus (avaro) la cual proviene del verbo avēre (desear, querer, anhelar, con sutil significado de ansia) y está relacionado con el sánscrito av- amar, querer. – Gracias: Jayro Enrique Chàvez Pèrez

La avaricia (Latin, avaritia), es el afán o deseo desordenado de poseer riquezas, bienes, posesiones u objetos de valor abstracto con la intención de atesorarlos para uno mismo, mucho más allá de las cantidades requeridas para la supervivencia básica y la comodidad personal. Se le aplica el término a un deseo excesivo por la búsqueda de riquezas, estatus y poder. La codicia, por su parte, es el afán excesivo de riquezas, sin necesidad de querer atesorarlas. La codicia (o a veces la avaricia) se considera un pecado capital.

Como concepto psicológico y secular, la avaricia es un deseo desordenado de adquirir o poseer más de lo que uno necesita. El grado de alteración mental está relacionado con la incapacidad de controlar la reformulación de “deseos” en el momento que las “necesidades” son eliminadas. Erich Fromm describe la avaricia como “un pozo sin fondo que agota a la persona en un esfuerzo interminable de satisfacer la necesidad sin alcanzar nunca la satisfacción.” Por lo general el término se utiliza para criticar a aquellos que buscan la riqueza material excesiva, pero también es aplicable en situaciones donde la persona siente la necesidad de sentirse por encima de los demás desde un punto de vista moral, social, o de otra manera.

En el Catolicismo, la codicia es un término que describe muchos tipos de pecados. Estos incluyen deslealtad, traición deliberada, especialmente para el beneficio personal, como en el caso de dejarse sobornar. Búsqueda y acumulación de objetos, estafa, robo y asalto, especialmente con violencia, los engaños o la manipulación de la autoridad son todas acciones que pueden ser inspirados por la avaricia. Es de destacar también la corrupción y desigualdad social. Tales actos pueden incluir la simonía.

Los budistas creen que la codicia está basada en una errada conexión material con la felicidad. Esto es causado por una perspectiva que exagera los aspectos de un objeto.

Simbología

Se le da por atributo un lobo hambriento. Entre los poetas, Tántalo es el emblema del avaro. Para expresar que solo hace bien cuando muere, los italianos la han dado por divisa una víbora, con estas palabrasOffende viva, e risana morta, Hiere cuando vive y después de muerta cura. Se la puede también representar con una mujer que se aparta de un cuerno de la abundancia.

Para la iglesia, la avaricia es una degradación del alma. Falta de de carácter o rasgos de personalidad oscuros. Todas las personas tenemos el potencial para las tendencias avariciosas, pero en las personas con un fuerte temor o carencia de algo, la avaricia puede convertirse en un patrón dominante.

Son muchas las consecuencias negativas detrás de un sentimiento de avaricia, en la mayoría de los casos, suele originar rencor en el entorno, desavenencias y desgracias a niveles alarmantes.

Una actitud avariciosa, puede aportar una “felicidad” falsa o momentánea, la cual simplemente desaparece cuando la necesidad vuelve a estar presente.

Explotación indiscriminada de los Recursos Naturales

Desde el principio de su vida en la Tierra, el ser humano ha sentido respeto y hasta veneración por la casa que le acogía. Con el paso del tiempo, y según se fue afirmando en su capacidad para transformar y dominar el entorno, su manera de relacionarse con el medio ambiente ha sido, con frecuencia, la propia de un depredador, con consecuencias nefastas para todos los seres vivos y, sobre todo, para las personas que viven en condiciones de pobreza y exclusión. La voracidad de nuestro mal llamado progreso provoca el gemido de la madre tierra y de los más empobrecidos. Beneficiándose de la industrialización, los países económicamente desarrollados agotaron primero sus propios recursos naturales y energéticos para, después, consumir los de los países empobrecidos.

¿Es la avaricia un trastorno mental?

Los antiguos tenían una palabra precisa para nombrar a la persona consumida por el vicio de la avaricia, el afán de tener más y más, el tener más de lo que uno se merece o le corresponde: Pleonexia. Los medievales lo consideraron un pecado capital junto a la soberbia, la gula, la ira, la lujuria, la pereza, y la envidia. De alguna manera, todos los pecados capitales –excepto la avaricia— pasaron a considerarse un trastorno mental en la modernidad. ¿Qué pasó con la avaricia? ¿Podríamos considerarla un trastorno mental? Yo sostengo que sí. Examinemos primero en qué consiste la pleonexia/avaricia.

Para antiguos y modernos, una persona es virtuosa en lo que hace porque logra maximizar bienes internos a la actividad que desempeña. El futbolista, el músico, o el político virtuoso es bueno porque juega bien al fútbol, hace buena música, o buena política, no por el hecho contingente que genere otros bienes que son externos al fútbol, la música, y la política (dinero, fama, status, poder, etc.). Uno puedo decir que un buen político es probable que tenga bastante dinero, status,  y poder, pero decir que alguien es buen político porque tiene dicha situación es no entender lo que es, al menos teóricamente, la buena política.

En contraste, la persona pleonéxica es aquella que se motiva en la vida por bienes externos a la actividad que se desempeña (dinero, estatus, poder). El pleonéxico puede deciro incluso creer que le interesa otros bienes sociales. Podría, por ejemplo, creer que su motivación es generar empleo o riqueza para aumentar el bienestar social; pero aquello es más bien un autoengaño (o en el peor de los casos, una estrategia deliberada para no manchar su imagen pública y así seguir acumulando riqueza).  En efecto, si al pleonéxico le ofrecieran quitarle la mitad de su riqueza a cambio de la generación del doble de empleos que él mismo cree que podría llegar a generar con dicho capital, éste se rehusaría.  El autoengaño se haría evidente.

¿Puede considerarse la pleonexia un trastorno mental?

Cuando la psiquiatría recién comenzaba a principios del siglo pasado se describían unos 40 trastornos (en ese entonces mal llamados “enfermedades” mentales), mientras que a principios de este siglo ya vamos en cerca de 400. No hace mucho tiempo atrás la homosexualidad se consideraba (equivocadamente) un trastorno mental. Por otro lado, el tener ciertos sentimientos de desesperanza asociados al período menstrual sólo se considera un trastorno mental después de la aparición de la última edición publicada del manual de psiquiatría más influyente en EEUU (DSM-V). Qué se considera como trastorno mental ha sido y sigue siendo una pregunta compleja, que no está ausente de polémica entre los “expertos”.

Lo que está medianamente claro es que un trastorno es mental en el sentido de que no puede reducirse a una enfermedad física del cuerpo. Algunos hablan de discapacidad, otros de disfunción evolutiva, otros de irracionalidad, otros de distorsión del sentido/significado, y todavía otros de desviación frente a modos de vida deseables (tal vez culturalmente impuestos). Sea como fuere, me parece que la pleonexia es un “todas las anteriores”. Poner siempre la necesidad propia (dinero, status, poder) por encima del resto puede verse como una discapacidad, como algo que va en contra de nuestra historia evolutiva de colaboración como especie, en contra de nuestra naturaleza humana (“animales políticos” o “animales racionales” en la jerga aristotélica), cómo distorsión del sentido del dinero (o del emprendimiento), o como algo que se escapa a lo socialmente deseable.

A decir verdad, tal vez esta última categoría sea la más controversial de todas –y sea tal vez también la razón por la cual la pleonexia aún no entra en los manuales de psicopatología. Es decir, a lo mejor la pleonexia no es socialmente deplorable. Tal vez hemos caído en la ilusión de que es, como muchos han sostenido, una virtud. Quiero creer que es una ilusión, un autoengaño de nuestra parte. Claro está, a uno le puede gustar ganar dinero, status, o poder, en la medida de lo merecido, y en especial cuando esto permite realizar mejor la contribución que uno quiera hacer con su vida. Querer ganar dinero no es un signo de trastorno mental. Sin embargo, quiero creer que hay otros – ¿tú tal vez? – a quienes también les parece que la pleonexia es socialmente indeseableMi apuesta es que sí hay masa crítica para decir fuerte y claro que la gente que organizasu vida en función de cuánto dinero, status, o poder es algo intrínsecamente indeseable. Y es todo lo que necesitamos para meter a mucha gente que tiene que ir al hospital a tiempo, y prevenir así desastres sociales provocados por gente loca.
Acepción por: Joaquín Gaete Escuela de Psicología

Éxodo 18.17-2

Todos en algún momento deseamos algo que no está en el plan de Dios para nosotros.

Sin embargo, los cristianos que son consumidos por la codicia han dejado de depender de Dios. Para lograr un objetivo, algunos manipularán las circunstancias porque han perdido la fe en la capacidad que tiene el Señor de saber qué es lo mejor, y de darlo. Esa actitud indica un rechazo de la soberanía de Dios. Entonces el temor se convierte en un problema, ya que la persona persigue cada vez más con intensidad el objeto de su deseo.

Las consecuencias de la envidia son dolorosas: la sensibilidad espiritual de un creyente puede debilitarse hasta el punto de no escuchar cuando Dios le habla. Cuando un cristiano se distancia del Señor, su actitud codiciosa probablemente generará ingratitud. Es difícil ser agradecidos por las cosas que se tienen, cuando el enfoque está puesto en las que no están a nuestro alcance.

La codicia lleva a una vida de tensión y ansiedad. Jetro aconsejó sabiamente a su yerno Moisés que buscara colaboradores que aborrecieran la avaricia. Estos hombres estaban más interesados en lo que Dios les daba, que en lo que podían adquirir por sí mismos. Si queremos ser como ellos, debemos concentrarnos en el propósito de Dios para nuestra vida. Si somos sensibles a su voz, Él nos enseñará a distinguir entre los deseos que están dentro de su voluntad, y los que están más allá de ella. Como creyentes, tenemos el poder del Espíritu Santo que habita en nosotros para ayudarnos a rechazar la tentación de los malos deseos. Ver desarrollo completo del Término.

Fuentes: Wikipedia. Etimologías de Chile y Diccionario de Emociones, Actitudes y Conductas de la Universidad Bolivariana.