Designa el proceso mediante el cual se des-envuelve lo que estaba envuelto, se hace presente lo que estaba latente.

Al explicar algo lo desplegamos ante la visión intelectual, con lo cual lo que aparecía oscuro y confuso aparece claro y detallado. Meyerson ha puesto de relieve que este sentido general del término “explicación” se revela en varios idiomas.

“El italiano spiegare —escribe dicho autor— es etimológicamente idéntico al verbo francés expliquer, y el inglés to explain es tributario de la misma imagen. El alemán erklären, aclarar, esclarecer, iluminar, procede de una imagen física diferente, pero desemboca, finalmente, en una concepción muy análoga, pues el aumento de luz está evidentemente destinado a permitir la percepción de detalles que han podido escapar a un examen más superficial. A la misma figura del aumento de iluminación recurren los términos rusos y polacos obiasnif y objasnic’, en tanto que los otros dos verbos que emplean estas lenguas eslavas ( rastolkovat’ y wytlomaczyc’) expresan más bien la idea de una traducción, significación que, por lo demás, asume también el verbo explicar, en francés, cuando se habla, p. ej., de ‘explicar un texto’.” (De l’explication dans les sciences, I.)

El problema de la explicación ha sido examinado sobre todo al hilo del contraste entre la explicación y la descripción (ν.) ο la comprensión (v.). Ya Leibniz afirmaba (Teodicée. Discours prel., § 5) que explicar y comprender difieren en principio, por cuanto los misterios de la fe, por ejemplo, pueden explicarse, pero no comprenderse, y aun en la ciencia física ciertas cualidades sensibles se explican de un modo imperfecto y sin comprenderlas. La diferencia entre explicación y comprensión ha sido dilucidada en otro sentido por dos tendencias filosóficas contemporáneas. Una, constituida por Dilthey y los filósofos de las ciencias del espíritu, según la cual hay que distinguir rigurosamente entre la explicación y la comprensión . La explicación es, según ello, el método típico de las ciencias de la Naturaleza, que se preocupan por la causa, en tanto que la comprensión es el método típico de las ciencias del espíritu, que se preocupan por el sentido. Otra, constituida por positivistas y fenomenistas, según la cual es menester distinguir entre la explicación y la descripción. La primera es considerada con frecuencia como una especulación ilegítima sobre causas últimas; solamente la segunda es admitida como auténtico método de la ciencia.

Entre las investigaciones sobre la explicación durante el presente siglo que merecen atención particular se hallan las de Meyerson, Lalande, Brunschvicg, K. Popper., H. Feigl, Cari G. Hempel, Paul Oppenheim, R. B. Braithwaite y E. Nagel. Los tres primeros autores citados han subrayado la necesidad que la ciencia tiene de la explicación. Oponiéndose al positivismo y al fenomenismo, han indicado —como lo ha expresado claramente Meyerson— que la ciencia busca las verdaderas causas de los fenómenos, y que la busca de estas causas se hace posible mediante un proceso de asimilación de la realidad a la razón constituyente (como proclama Lalande) o mediante un proceso de identificación (como señala Meyerson). Los autores restantes se han ocupado más bien de precisar el significado de ‘explicar’ y, sobre todo, de ‘explicar causalmente’. Así, Popper ha indicado que ‘explicar causalmente’ un proceso significa poder derivar deductivamente de leyes y condiciones concomitantes (a veces llamadas causas) una proposición que describe tal proceso. En toda explicación hay, ante todo, una hipótesis o una proposición que tiene el carácter de una ley natural, y luego una serie de proposiciones válidas solamente para el caso considerado. La explicación causal está, pues, ligada a la posibilidad de pronosticar la aparición de fenómenos. Como puede advertirse, este análisis —lo mismo que los que señalaremos a continuación— no se basa en una oposición a la descripción, pues considera a ésta como formando parte del proceso explicativo. Con esto se abandonan anteriores simplificaciones, que se limitaban a reducir la explicación a la indicación del “porqué” y a contrastarla con la descripción en tanto que indicación del “cómo”. El peligro de esos análisis reside en que las definiciones presentadas sean tan estrechas y rígidas que acabe por olvidarse toda distinción entre la explicación y la comprensión. El operacionalismo extremo, sobre todo, incurre en este defecto. Para oponerse a él H. Feigl propone que la explicación sea definida como “la derivación inductivodeductiva o (en niveles superiores) hipotético-deductiva de proposiciones más específicas (últimamente descriptivas) a partir de supuestos más generales (leyes, hipótesis, postulados teóricos) en conjunción con otras proposiciones descriptivas (y frecuentemente junto con definiciones)”. Por su lado, Carl G. Hempel y Paul Oppenheim han propuesto un modelo esquemático umversalmente válido de explicación científica. Según el mismo, toda explicación se divide en dos elementos constitutivos principales: el explanandum (o sentencia que describe el fenómeno que deberá ser explicado) y el explanans (o clase de sentencias que tienen que dar cuenta del fenómeno). Este último ingrediente contiene dos subclases: una de ellas contiene ciertos enunciados C1 C2 … Ck, que señalan condiciones específicas antecedentes; la otra es una serie de enunciados L1, L2 .. .Lr, que representa leyes generales. A partir de esto se señalan ciertas condiciones lógicas y empíricas para que una explicación sea adecuada. En términos generales, Hempel y Oppenheim señalan que estas condiciones son: (1) Condiciones lógicas. (Rl.) El explanandum debe ser una consecuencia lógica del explanans. (R2.) El explanans debe contener leyes generales, y éstas deben ser efectivamente requeridas para la derivación del explanandum. (R3.) El explanans debe poseer contenido empírico, es decir, debe ser capaz, por lo menos en principio, de prueba mediante experimento u observación (condición implícita en Rl). (2) Condiciones empíricas. (R4.) Las sentencias que forman el explanans deben ser verdaderas. Con esto se evitan, según Hempel y Oppenheim, ciertas consecuencias, que incitarían a afirmar en un estadio de la ciencia la verdad de una explicación y a pronunciarse luego acerca de su falsedad o, si se quiere, a afirmar sucesivamente su corrección e incorrección. Finalmente, R. B. Braithwaite ha propuesto una teoría de la explicación basada en una concepción de la ciencia como modo de ordenar coherentemente nuestras experiencias. Ahora bien, esta ordenación coherente no consiste tan sólo en el establecimiento de ciertas leyes que reúnan un cierto número de hechos y los expliquen. Las leyes científicas y explicativas están organizadas en una jerarquía, según la cual hay leyes primarias que explican hechos observados, leyes secundarias, o leyes de leyes, que explican conjuntos de leyes primarias, leyes terciarias, o leyes de leyes, que explican conjuntos de leyes secundarias, y así sucesivamente (los términos ‘primario’, ‘secundario’ y ‘terciario’ son nuestros). Con ello se refina el concepto de explicación y se hace posible ver que ciertas leyes que reúnen entre sí conceptos muy generales puedan ser consideradas como explicativas y no sólo, según argüían los positivistas del siglo XIX, como especulativas.

Ernest Nagel ha investigado las diferencias fundamentales en explicaciones científicas, indicando que hay cuatro tipos de explicación: (1) las que siguen el modelo deductivo ( como en lógica y matemática); (2) la explicación probabilística (o, mejor, explicaciones probabilísticas), donde las premisas son lógicamente insuficientes para garantizar la verdad de lo que debe ser explicado, pero donde pueden alcanzarse enunciados “probables”; (3) Las explicaciones funcionales o teleológicas, en las cuales se emplean locuciones tales como ‘con el fin de y otras similares y donde, en muchos casos, se hace referencia a un estado o acontecimiento futuro en función del cual la existencia de una cosa o el suceder de un acto resultan inteligibles; (4) las explicaciones genéticas, en las cuales se establece una secuencia de acontecimientos mediante la cual un sistema dado se transforma en otro sistema (posterior en tiempo). Hay algo de común en todos estos tipos de explicación: el hecho de que en todos ellos se intenta responder a la pregunta “¿por qué?” (“¿por qué algo es como es?” o “¿por qué sucede algo como sucede?”). Nagel coincide en este punto con Meyerson, en tanto que admite la posibilidad de “explicación verdadera” en las ciencias en vez de considerar que las ciencias se limitan a presentar descripciones, esto es, a responder a la pregunta “¿cómo?” El hecho de que no todas las explicaciones sean de naturaleza deductiva no significa que no sean auténticas explicaciones; ocurre sólo que en muchas de las explicaciones científicas las consecuencias no pueden derivarse simplemente de un modo formal de las premisas. Aun las ciencias que más se aproximan al modo deductivo (como la física teórica) requieren enunciados singulares por medio de los cuales se establecen las condiciones iniciales de un sistema. Para las obras de Dilthey, Meyerson, Lalande y Brunschvicg, véanse las bibliografías de los artículos sobre estos autores. Las tesis de Popper, en Logik der Forschung, 1935, especialmente págs. 29 y sigs. Trad. inglesa con numerosos nuevos apéndices: The Logic of Scientific Discovery, 1959. Trad. esp.: La lógica del descubrimiento científico, 1960 (lo característico de una proposición científica, según Popper, es la “falsicabilidad” más bien que la “verificabilidad”). Las tesis de Feigl, en “Some Remarks on the Meaning of Scientific Explanation”, The Psychological Review, XLV (1948). Las de Hempel y Oppenheim, en “Studies in the Logic of Explanation”, Philosophy of Science, XV (1948), 136-8.

Compilado por: Abasuly Reyes – martes, 23 de agosto de 2011, 14:50
Fuente: Diccionario José Ferrater Mora