La palabra asistir viene del latín assistere, originalmente formada del prefijo ad (proximidad) y el verbo sistere (tomar posiciones, estar fijo en un sitio), verbo que es un reduplicado intensivo de stare (estar en pie, colocado, o parado) entonces lo entendemos como “estar posicionado junto a” e incluso “estar presente para sumarse (ad)”. Estando cerca uno puede tomar actitud pasiva (estar presente, acompañar) o activa (servir, ayudar o atender a alguien). De ahí que “asistir” puede tener múltiples significados.

Es interesante pues en castellano la palabra “asistir” es frecuentemente usada para referirse al acto de estar presente, mientras que en inglés assist es usada para referirse al acto de ayudar a alguien. Por otro lado, usamos la palabra “atender” para referirnos al acto de ayudar y en inglés usan attend para referirse al acto de estar presente.

En castellano el verbo asistir significa tanto estar presente como ayudar, según los contextos. Así decimos con toda normalidad tanto “asistió a un acto” (estuvo presente), como “el médico que asistió a fulano” (trató, ayudó), la “comadrona que la asistió en el parto” (ayudó), el “asistente del general” (el soldado ayudante o destinado a su servicio), etc. Es decir, conserva ambos significados del verbo latino assistere, tanto el de estar presente junto a, como el de servir o ayudar. De hecho en España es muy frecuente llamar “asistenta” a la mujer que presta servicios de limpieza u otras funciones de ayuda a las labores domésticas, generalmente por horas.

En la práctica se entiende como seguir y acompañar a alguien en una ceremonia publica. Atender a alguien en especial a un modo eventual o que se desempeña funciones específicas. Ejercer de manera interinamente. Favorecer, amparar, resguardar, socorrer, cooperar y auxiliar.  Cuidar a los enfermos y estar pendiente de la curación. Como intransitivo, estar en presente y en Colombia se refiere en habitar.

Sin embargo hay un hilo muy delgado entre los conceptos asistir y ayudar y tiene que ver con la intención del cuál parten ambos conceptos.

Al ayudar solemos asumir algo así como el arquetipo de “el salvador”, “la salvadora”. El que asiste, por su parte, sabe que cada uno tiene que resolver sus propios asuntos, y que solucionarle a otro sus temas prematuramente o cultivando en él su desidia sólo le privará de la madurez que le hubiera dado hacerse cargo de sí mismo. Ayudar no es lo mismo que Asistir.

El que asiste sabe esperar los tiempos del otro, y le brinda sólo el servicio necesario cuando es necesario, y a quien lo merezca cuando lo merezca, en tanto ese otro tenga una actitud recíproca (salvo que sea un niño o una persona en total estado de vulnerabilidad); el que sin darse cuenta (o dándose cuenta) está en actitud de salvador da antes de que el otro pida, más de lo que necesite (por las dudas) y cree que el “amor incondicional” es seguir dando aunque el otro responda con gestos indiferentes, ingratos o, -peor-, de evidente desprecio, maltratando a quien le da. Ayudar sanamente es apartarse de quien no sabe recibir. Y a veces, justamente, abstenerse de dar puede ser ayudar.

El que asiste jamás olvida una premisa: que para servir de manera emocionalmente inteligente necesita cuidarse a sí mismo (salvo situación límite, como una catástrofe o algo similar); quien encarna el arquetipo del salvador, en cambio, se inmola pretendiendo rescatar, y así pierde con frecuencia su salud, su estabilidad económica, o su vida personal en aras de que el otro “sea salvo” de todo dolor. Con frecuencia, ese “salvador” va teniendo cada vez más problemas personales a los que no presta atención por estar cien por ciento atento a los problemas de aquél a quien pretende salvar. Es más: muchas veces, cuando abandona este fatal arquetipo, reconoce que parte de su rol de “salvador” era ejercido para huir de sus propios problemas irresueltos!

El “salvador” suele fabricarse un destino doloroso: no salva a nadie (pues nadie puede ser “salvado” por otro”), y vive en estado de dependencia afectiva, generando mil y una estrategias para que “el otro cambie, para su bien”. Como si uno supiera por qué caminos tendrá que hallar el bien ese otro! Apenas si atisbamos por dónde va nuestro propio bien… Y si va por algún lugar, seguro que no es el por el camino de salvar a nadie. Sí de ayudar. Sobriamente. Lo otro suele ser un tipo de adicción a personas. Y ese fallido ayudador necesitará ayuda para desarrollar una vida vincular sana. Hasta que pueda ejecutar sus actos solidarios teniendo claro el límite entre ayudar y querer “salvar”.

Conociendo por mi propia experiencia de vida los dos lados de ese ancho paredón que diferencia ambas actitudes, y aprendiendo cada día a discernir cuándo estoy en asistencia y cuando en ayuda, mi compromiso está con la primea.

Para que tengas bien presente esta distinción te comparto los versos de la querida poeta estadounidense Mary Oliver en el poema llamado “El viaje”:

Un día finalmente supiste lo que tenías que hacer,
y comenzaste.

A pesar de que las voces a tu alrededor
continuaran gritando su mal consejo,
a pesar de que toda la casa
empezó a temblar,
y sentiste el familiar tironeo de los demás
en tus tobillos.

“Arregla mi vida!”, pedían sus voces.
Pero tú no te detuviste.

Sabías lo que tenías que hacer.
A pesar de que el viento fustigaba
con sus dedos de acero
hasta los mismos cimientos;
a pesar de que la melancolía era terrible.
Era tarde y la noche salvaje,
y el camino estaba lleno de piedras y ramas caídas.

Pero poco a poco,
a medida que dejaste las voces atrás,
las estrellas empezaron a brillar
a través de las capas de nubes.

Y apareció una nueva voz,
la que lentamente reconociste como tu propia voz,
la que te acompañó a medida que caminaste
más y más profundamente hacia el mundo,
determinado a hacer la única cosa posible,
decidido a salvar la única vida posible
que realmente puedes salvar.

Compilado por Fabián Sorrentino de las siguientes fuentes: Etimologías de ChileSophia.