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Argumento

Argumento

La palabra “argumento” viene del latín argumentum, compuesto del verbo arguere (argüir, dejar en claro) y el sufijo -mentum (-mento = instrumento, medio o resultado, como en monumento, instrumento y sacramento). Este verbo se relaciona con la raíz indoeuropea *arg- (brillar). Esta raíz está presente en argentum (plata, por su brillo) y de ahí Argentina y argentífero.

Las siguientes palabras derivan de argumento:
Argumentar – Acción (-ar) de formar argumentos.
ArgumentaciónAcción y efecto (-ción) de argumentar.
Argumentador – El que (-dor) argumenta.
Argumental – Perteneciente (-al) al argumento.
Argumentativo – Propio (-ivo) de los argumentos.
Argumentista – El que se dedica (-ista) a argumentar.

El ser humano se compone de diálogos. Gracias a que creamos un lenguaje hoy nos podemos comunicar. La evolución nos llevó a formular distintas maneras de comunicarnos, a las que ahora llamamos idiomas. A pesar de que es casi imposible saberlo se calcula que en el mundo se hablan de tres mil a cinco mil lenguas, de las cuales solamente 600 cuentan con más de 100 mil hablantes, cifra que se considera mínima para garantizar su supervivencia a medio plazo.

Si bien todos necesitamos comunicarnos, algo que también nos diferencia de otras especies es el diálogo. Al ser humano le gusta intercambiar puntos de vista, opiniones y formular argumentos para dar a conocer una “verdad”.

Encontrando la inconsistencia

Al plantear un argumento, un error muy común es la llamada falla lógica. Muchos de nosotros basamos las pláticas en lo que conocemos o creemos conocer a través de nuestras experiencias personales; por ende, llegamos a conclusiones generales y podemos caer en el engaño de creer que nuestra opinión es la única válida. Cuando hay una falla lógica existe una inconsistencia entre la causa y la consecuencia. Por ejemplo: existen estudios que aseguran que la alcachofa ayuda a bajar de peso, pero quizá yo la he probado y no me ha ayudado; por ende, asevero y concluyo que esto no es cierto y trato de convencer con ese argumento a otras personas.

Encontrando el contraargumento

Vivimos en un mundo dual y todo lo que sube tiene que bajar. En un argumento también debe haber siempre una contraproposición y para cada idea debe haber otra que la refute. Si existe la afirmación puede haber una negación también. Por ejemplo: el calentamiento global. De acuerdo con la BBC, en este tema hay un argumento y un contraargumento. El argumento es que “las mediciones muestran que ha habido un calentamiento en la superficie de la Tierra, pero hay muchos errores en cuanto a los valores”. El contraargumento asegura que “el calentamiento es inequívoco. Las mediciones oceánicas, la reducción de los glaciares y del hielo ártico, el cambio en el patrón de las estaciones y las diferentes mediciones muestran resultados consistentes con los provistos por las estaciones meteorológicas superficiales”.

Encuentra un contexto más amplio

Esta es una de las fallas más comunes. Hay veces en las que no tenemos el conocimiento necesario para considerar algún asunto en su totalidad. Quizá no siempre podemos señalar todos los factores que tiene una situación, por lo que Sontag considera que siempre debemos intentar ver un panorama más amplio para poder entender mejor el problema. Ejemplo: política y guerra. En estos temas complejos quizás es más fácil que olvidemos ver todos los detalles.

La maravilla de los argumentos y de las discusiones no siempre es tener la razón sino, en mi opinión, es enriquecernos con el conocimiento ajeno. Si nos empeñamos en querer imponer nuestra mente tal vez nos perdamos de muchas otras vertientes.

Según José Ferrater Mora, dicho término refiere: el que tiene como razonamiento mediante el cual se intenta probar o refutar una tesis, convenciendo a alguien de la verdad o falsedad de la misma. Se emplea también a este respecto el vocabloargumentación’. La diferencia a veces establecida entre el argumento y la argumentación que esta última es la acción en la cual se emplea un argumento es para nuestro caso poco pertinente.

Los antiguos sofistas, Platón, Aristóteles, escépticos

Ellos habían prestado considerable atención a la cuestión de la naturaleza de los argumentos y de su validez o falta de validez. Algunos de los argumentos estudiados eran de carácter lógico-formal, pero muchos no encajaban plenamente dentro de la lógica. Esto fue reconocido por Aristóteles; mientras en los Analíticos trató primariamente de argumentos de tipo estrictamente lógico, en los Tópicos y en la Retórica trató de los argumentos llamados “dialécticos” o argumentos meramente probables, o razonamientos a partir de opiniones generalmente aceptadas. Muchos autores modernos han aceptado esta división u otra similar.

La propuesta de Kant

Kant ha distinguido entre el fundamento de la prueba (Reweisgrund) y la demostración (Demonstration). El fundamento de la prueba es riguroso, mientras la demostración no lo es. Puede distinguirse asimismo entre prueba o demostración en cuanto son lógicamente rigurosos y argumento que no lo es, o no requiere serlo. A la vez, cuando se habla de argumento, se puede considerar: (1) como lo que Aristóteles llamaba “pruebas dialécticas” por medio de las cuales se intenta refutar a un adversario o convencerlo de la verdad de la opinión mantenida por el argumentador y (2) como razonamiento o pseudo-razonamiento encaminado ante todo al convencimiento o la persuasión. Los límites entre estas dos formas de argumento son imprecisos, pero puede considerarse que la persuasión es demostrativamente más “débil” que el convencimiento.

En la mayor parte de los estudios de los argumentos a diferencia de las pruebas estrictas se ha subrayado la importancia que tiene el que se consiga asentimiento a lo argumentado. Santo Tomás expresa este rasgo definiendo el argumento como sigue: “dicitur, quod arguit mentem ad assentiendum alicui” (Quaestiones disputatae de veritate, q. XIV a. 2 ob. 14). La persona —el aliquis— ante quien se desarrolla el argumento, el lector y especialmente el oyente u oyentes deben tenerse en cuenta, así como las diversas circunstancias que rodean la argumentción.

En el artículo sobre Retórica se había referido a las vicisitudes que ha experimentado esta noción en el curso de los siglos. Se Recuerda aquí que durante algún tiempo en el inmediato pasado se solía desdeñar todo argumento “meramente retórico”, pero que en los últimos años se ha manifestado de nuevo cierto interés por los problemas de la retórica y, de consiguiente, de los argumentos no estrictamente rigurosos. Entre otros ejemplos de tal interés mencionamos las obras de Ch. Perelman y L. OlbrechtsTyteca, y S. Toulmin, así como el libro de Henry W. Johnstone, Jr. relativos a la argumentación en filosofía. Ello no ha sucedido sin protestas (Cfr., por ejemplo, Raziel Abelson, “In Défense of Formal Logic”, Philosophy and Phenomenological Research, XXI [1960-1961], 334-45; Héctor Neri Castañeda, “On a Proposed Révolution in Logic”, Philosophy of Science, XXVII [1960], 279-92 [ambos relativos a la obra de Stephen Toulmin]). Se ha indicado que el hecho de subrayar que la “lógica” tiene un aspecto práctico, no debe conducir a descuidar su predominante aspecto teórico (Abelson, Cfr. supra, pág. 338) o que es mejor atenerse a la norma de que “se critica un argumento porque no es formalmente válido o bien porque tiene cuando menos una premisa falsa” (Neri Castañeda, Cfr. supra, pág. 292).


En no pocas ocasiones es difícil distinguir entre prueba estricta o demostración y argumento en el sentido aquí tratado. Con frecuencia se usan indistintamente los mismos términos. Se dice, por ejemplo, “argumento ontológico” y “prueba ontológica” (nosotros preferimos esta última expresión). También es difícil distinguir entre argumento y sofisma, puesto que algunos de los argumentos empleados habitualmente son de carácter claramente sofístico. Así ocurre, por ejemplo, con el llamado argumentum ad hominem: algunos estiman que es un sofisma; otros, que es un argumento perfectamente lícito. En el artículo SOFISMA hemos dado una lista de los llamados “argumentos aparentes” más conocidos. Sería largo dar una lista razonablemente completa de los que podrían calificarse de tipos de “argumentos lícitos” de carácter más o menos “retórico”; nos limitaremos a mencionar algunos de los registrados por Ch. Perelman y L, Olbrechts-Tyteca en su Traité de l’argumentation.

Argumento mediante analogía (no un concepto riguroso de analogía, sino un concepto laxo, como el ejemplificado en Joseph Butler. Argumento basado en la “autofagia” consistente en indicar que lo que se dice acerca de una doctrina no se aplica a la doctrina como uno de los argumentos dirigidos contra la noción positivista de verificación. Argumento de autoridad especialmente efectivo cuando la autoridad invocada mantiene en otros respectos opiniones opuestas a las del argumentador. Argumento fundado en un caso particular (que se supone típico, aunque a veces no lo sea, o sea difícil determinar si lo es). — Argumento ad hominem, también llamado ex concessis (que se refiere a la opinión mantenida por el interlocutor, a diferencia del argumento ad rem, que se refiere al asunto mismo), una forma del cual es el argumento ad humanitatem (cuando la opinión a la cual se refiere se supone ser la de la humanidad entera); ambos tienen en común el poner en tela de juicio los intereses de la persona o personas consideradas. Argumento por consecuencias (cuando se derivan consecuencias que se suponen inadmisibles, particularmente en la esfera moral, pues de lo contrario tenemos el tipo lógico-formal de la reductio ad absurdum). Argumento a pari (por el cual se procura aplicar una opinión o disposición a otra especie del mismo género). Argumento a contrario (por el cual se procura no aplicar una opinión o disposición a otra especie del mismo género). Argumento del dilema (véase DILEMA). — Argumento etimológico (en el cual el sentido de un término o expresión supuesto más originario es considerado como el sentido capital o verdadero). Argumento a fortiori (véase AFORTIORI). Argumento por el ridículo (donde se supone que ridiculizar la opinión de un interlocutor constituye un argumento contra ella). Argumento por lo superfetatorio (donde se rechaza una opinión por considerar que las consecuencias implícitas o explícitas de lo afirmado son innecesarias ). Hay muchos otros argumentos del tipo señalado; en el tratado de Perelman y Olbrechts-Tyteca se pueden encontrar no sólo descripciones detalladas de la mayor parte de esta clase de argumentos, sino asimismo ejemplos de ellos y variedades de tales ejemplos.

Como indicamos antes, se ha discutido asimismo la cuestión de la naturaleza de los argumentos filosóficos. Muchas son las tesis propuestas al respecto: los argumentos filosóficos deben ser (o tender a ser) de naturaleza estrictamente lógico-formal; deben ser principalmente (o exclusivamente) “retóricos” en el sentido antes indicado; deben “usar” los procedimientos establecidos por la lógica formal, pero no estar determinados por ellos (salvo en lo que toca a su validez o no validez lógica), sino por consideraciones de tipo “material” o relativas al “contenido” de los problemas tratados. Se ha indicado asimismo que los argumentos filosóficos se basan siempre en ciertos supuestos últimamente indemostrables, de modo que, como indica Henry W. Johnstone, Jr. “Las consideraciones lógicas no ejercen más peso en la crítica o defensa de un sistema ontológico que las consideraciones fundadas en hechos”. Por eso “un argumento filosófico constructivo, cuando es válido, se parece mucho a un argumentum ad hominem válido. La única diferencia importante es que el filósofo que usa un argumento constructivo considera lo que él mismo tiene que admitir, de conformidad con sus propios principios de razonamiento o en consistencia con su propia conducta o actuación más bien que considerar lo que otra persona tiene que admitir” (op. cit., pág. 79). Ch. Perelman y L. Olbrechts-Tyte-ca, Rhétorique et Philosophie, 1952.

Compilado por Fabián Sorrentino y Abasuly Reyes – viernes, 24 de junio de 2011, 14:28

— Íd., íd., Traité de l’argumentation. La nouvelle rhétorique, 2 vols., 1958 (trad. esp. de la “Introducción” en: Retórica y Lógica, 1959 [Suplementos del Seminario de Problemas Científi cos y Filosóficos. Univ. de México, N° 20, Segunda Serie).
— Stephen E. Toulmin, The Uses of Argument, 1958.
— Henry W. Johnstone, Jr., Philosophy and Argument, 1959.
— Argumento en Cicerón: Alain Michel, Rhétorique et philosophie chez Cice rón. Essai sur les fondements philoso phiques de fart de persuader, 1961.
— John Passmore, Philosophical Reasoning, 1961.
— Ch. Perelman, I. Belaval, H. W. Johnstone et al., artícu los sobre “L’Argumentation” en Re vue Internationale de Philosophie, año XV, Ν° 58 (1961), 327-432.
— Véase también bibliografía de RETÓRICA.